jueves, 12 de abril de 2007

RIMBAUD


“Niño aún, ciertos cielos afinaron mi óptica...” Así comienza el Vidente una de sus Iluminaciones. El ligero espesor de una mirada lo pone en camino.

“La inflexión eterna de los momentos y el infinito de las matemáticas me impulsan por este mundo...”.Poeta de la inmensidad, leer a Rimbaud es expandir el cuerpo. Su escala es sideral. Adjetivando magnitudes grandiosas, desafía la mirada y la arroja al vértigo.

“Conocido bastante. Los altos de la vida. ¡Oh rumores y visiones!. Partida hacia el afecto y el ruido nuevos”. El Vidente anuncia y sostiene su poesía en la proximidad de lo desconocido. Esta inminencia dota al ser de una tensión abierta: la metafísica en su máxima lucidez.

Como testigo de una época convulsionada, descree de la ilusión democrática que deja intacto el paisaje de los márgenes: “Reclutas voluntarios, tendremos una filosofía feroz; ignorantes en cuanto a ciencia, molidos por lo confortable, y que revienten los demás...”. “Estos millones de gentes que no sienten la necesidad de conocerse...” . Su ironía derriba ciudades: “Soy un efímero y no demasiado descontento ciudadano de una metrópoli que se cree moderna porque todo gusto conocido ha sido eludido en el mobiliario y el exterior de las casas, al igual que en la planificación de la ciudad”.

“Tendiendo cuerdas de campanario a campanario” el poeta eleva su canto desenfrenado y baila. Invoca la pasión y su videncia: “ La música sabia, falta a nuestro deseo”.

Rimbaud nos trae la guerra “ de derecho o de fuerza, de lógica imprevista”. La guerra del Instante, la libre simultaneidad de un tiempo vertical (Bachelard) se alza contra la palabra encadenada. Hace herida. Cae como el hacha sobre un mar de hielo (Kafka) y arranca a golpes el nuevo sonido.

“Tuve que viajar, dispersar los sortilegios acumulados en mi cerebro”. Amante de los intersticios, descubre una suerte de epifanía: “La verdadera vida está ausente”. La felicidad nos aleja de la tormenta de los dioses. “ La felicidad era mi fatalidad, mi remordimiento, mi gusano: mi vida sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza” . “¡La felicidad! Su diente, dulce para la muerte...”



¿Es la poesía un balbuceo, denuncia una especie insuficiente? . Tal vez esta videncia sea la clave de su silencio: “Espero a Dios con glotonería. Soy de una raza inferior desde toda la eternidad”. “Comprendo, y no sabiendo expresarme sin palabras paganas, quisiera enmudecer”.

Liliana Piñeiro.