domingo, 22 de abril de 2007

MADRE HAY UNA SOLA...



CARTA DE CHARLES BAUDELAIRE A SU MADRE
6 de mayo de 1861

Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás
harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones
terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de
ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún
día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible
verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de
quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.
No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero,
cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te
digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen
numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y
que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.
Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte,
de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde
del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu
entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he
querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado
al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de
respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre,
nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones
sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis
faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho,
hecho por tus imprudencias y por mis faltas.
Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a
acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y
no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy
convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por
matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso
está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte,
sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría,
eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada
resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no
iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la
horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es
cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás.
A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares
que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! »
dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué
sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino;
pero ¿qué hacer para creerlo?
(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa
impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi
enemigo, tal vez por pura estupidez.)
Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas
periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en
orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una
enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez
allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba
a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías
loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las
deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso
resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me
demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú
en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome.
Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la
haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo
que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular,
ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que
tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida.
Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los
cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi
situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un
momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y
que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad;
si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERIA RICO,
fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi
caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha
provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota
y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización
insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado,
etc...
Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad,
necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo.
Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis
penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.

Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de
1844. Una resignación peor que la indignación.
Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa
sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes
tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día
a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con
demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor
contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más
tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De
nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de
una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo
que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me
haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida
que llevo como podré librarme de aquello.
Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee
sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de
salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para
demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho
para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de
Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo
aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!
Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época
feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti;
tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te
sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo
estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir,
cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.
Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo
cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el
temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás,
tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue
poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus
ojos.
Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo.
Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles
preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por
ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor
del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él;
concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi
bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado.
¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es
posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse
en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre
notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble
existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto,
odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez
una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y
tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría
llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo.
Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento
desgraciado.
Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el
pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas
disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo
que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi
admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te
has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te
pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente
bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los
nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto
de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria
obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda
pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por
verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo.
París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú
calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.
Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de
conocerla.
Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término
medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil
para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades
imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne
estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra
parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por
último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a
poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de
diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.
Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un
pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado
durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus
manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar
huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los
años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado
ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil
sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así
se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre
presente.
Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo
a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda
comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una
palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu
consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra,
que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse
obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?

En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a
las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina
de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de
los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que
contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de
creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.
Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal
sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre
importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en
el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida.
En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos
meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos
juntos a París.
El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.
Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en
tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único
es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto.
Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o
presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que
decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones
horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud!
No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible
sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir
a nadie más que a ti.
A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella
se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le
ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y
cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario
y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado
siete francos.
Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.
Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes;
así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de
los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de
francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que
decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres,
me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne
trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible
valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser
la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia.
Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un
escándalo y se querrá esperar.
Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido
desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.
No, no te diré adiós, pues espero verte.
Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender.
Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro
un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.
Y te quiero.

Charles

2 comentarios:

niñoespina dijo...

Estoy esperando algo de tu autoría.
Absolutamente.

Abrazo de Blog.

Meridiana dijo...

Bueno, hay algunas cosas de "nuestra" autoría (somos tres)
y también otras donde preferimos exponer textos que nos son imprescindibles. El que busca encuentra...

Lilián