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miércoles, 8 de octubre de 2008

EL TEATRO DE LA TRISTEZA


Duelo imposible, balbuceo, efervescencia amorosa y criminal, una saga lírica regida por un voluntarioso desamparo: la melancolía también es una estética, y la sensibilidad gótica finisecular (la nuestra) acaso sea uno de sus nombres. Detrás, como antecedente, habría que enumerar lo que otros llamaron el Bizancio anglofrancés del siglo XIX, la literatura charrogne y ese culto de la belleza manchada, emparentada con la desdicha, que popularizó Baudelaire en El pintor de la vida moderna.
Hay una vida afectiva del verbo donde éste se decanta, pasando del sonido natural al puro sonido del sentimiento. Para este verbo, el lenguaje no es más que un estado intermedio en el ciclo de su transformación, describe el trayecto que va del sonido a la música, descomponiéndose con la lentitud de los cortejos. En este verbo, hablan la melancolía y los poemas. A la manera de una enfermedad fatal, corrompen la lengua para amplificar lo eterno de lo efímero, lo ilusorio de lo verdadero. La estética es errática. No se buscan esencias, sino monogramas que cifren misterios, alguna traición, una voluptuosidad inútil, un gabinete fantástico donde un niño pueda perderse bajo la mirada de Novalis. En este verbo, el torpor se trastoca en audacia, lo banal en contemplación de lo banal, la proclamación en cosa rota. En este verbo, la tristeza se fragua a sí misma para salvarse.
María Negroni
El teatro ejemplar de la Tristeza
(Fragmento)

sábado, 28 de julio de 2007

Marguerite Durás y Esa enfermedad Extraña

El mal de la muerte de Marguerite Durás es un texto inclasificablemente bello.
Pasa desde la novela a la prosa erótico-poética y al texto teatral enlazado de una manera imperceptible generando así la sensación de que todo esta escrito en términos de acotación, especificando conscientemente la orden directa del escritor, desde la acción hasta la contención emocional que lo guía.

Extraño lenguaje donde se funden varios estilos.

Comienza el texto con una posibilidad de lo que podría haber sido y cuando uno ha entrado en su dominio el tiempo se transforma. El principio es un acuerdo de partes entre un hombre y una mujer que estipulan algo que está condenado y finalizado antes de comenzar, de todos modos deciden hacerlo.

Él está solo, ella lo sabe desde siempre.

Desde el posicionamiento de los personajes Él se encuentra en insatisfacción buscando sin saber que le pasa o necesita. Ella simplemente sonríe, habla cuando se le pide, duerme y goza simplemente de saber que es lo que Él busca.


“Otra tarde usted lo hace, como estaba previsto, duerme con el rostro en lo alto de sus piernas separadas, contra su sexo, ya en la humedad de su cuerpo, allí donde ella se abre.

Ella le deja hacer.

Otra tarde, por distracción, usted la hace gozar y ella grita”


Pero a pesar de ello Él percibe “el sordo y lejano zumbido de su goce en su respiración”
Él quiere alejarse de ese cuerpo perfecto que lo incita a matarla.

Porqué?

Porque nunca ha amado a nadie. Porque Él es portador del mal de la muerte, aquel que no mata, no vive, ni sabe aún que no ha vivido y ya estaba muerto desde antes.
Él reconoce el mal que Ella sabe que padece en su cuerpo dormido, reposando contra las sábanas, que las cubren y la velan, en la inmovilidad insípida de las respuestas, en el color mentiroso del mar.
Así sin saberlo Él se encuentra viviendo la muerte. Llora por no imponer la muerte. Llora por no amar.

De este modo plantea la duda desde el principio de las cosas, estamos condenados antes de nacer así como la cotidianeidad en la que nos perdemos y abstraemos es vivir nuestra muerte.


El texto funde el cuerpo de los personajes, el cuerpo del escritor, la muerte y el amor donde la belleza produce violencia.

Indudablemente es el cuerpo de Ella el que habla generando violencia producida por la perfección que conlleva.

Como no cuestionarse luego de leer a Durás sobre el comienzo y fin de nuestros días, sobre nuestra condena antes de nacer, sobre los refugios encontrados, sobre los ojos que vemos a diario, sobre la muerta cotidianeidad que desanudamos por las noches para cubrir el día, sobre una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide donde no contentos a vivir con lo planteado por la sociedad, damos gracias a la noche para desnudar nuestros mas íntimos y oscuros deseos vitales aunque sepamos de su condena. Son aquellos actos, los cuestionables, los indescifrables los que alimentan nuestros sueños en la fijación de una noche que se devela para que hagamos de ella nuestra cálida compañera.

“…Y en el hueco de sus piernas separadas ve Usted por fin la negra noche. Usted dice: Era ahí, la noche negra, es ahí…”



Vanesa Aldunate

miércoles, 20 de junio de 2007

VIERNES



VIERNES


“El deber del escritor, del poeta, no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto, un libro, una revista de donde nunca más saldrá, sino por el contrario, salir fuera para sacudir, para atacar al espíritu público, de lo contrario ¿para qué sirve? ¿Y por qué ha nacido?

Antonin Artaud.


“La poesía es violencia contra el uso cristalizado de la lengua”

Jacques Lacan.


Cada vez es más firme mi convicción de que ciertos sucesos nos abren a dimensiones insospechadas. La lógica previsible y cotidiana no es compacta: a veces tropezamos con una grieta, para alegría de nuestras fuerzas domesticadas.
Un corte de luz en una institución literaria encendió la chispa. Ante el desconcierto de los poetas, alguien propuso trasladarse a un café cercano, y realizar allí la lectura de poesía programada para ese viernes.
Desde la puerta, el Melody me resultó sospechoso. Las mesas vacías en un bar pequeño, la estética del nombre, en fin...
Después de algunos cabildeos, entramos. La camarera agrupó las mesas con desgano y los poetas se sentaron. Los mayores juntos, algún adolescente en el medio y en otra mesa, el grupo de mediana edad.
Las señoras elegantemente vestidas rodearon a la Poeta Mayor, quien luego de una breve presentación, comenzó su lectura. Desafortunadamente, eligió en primer lugar el prólogo de uno de sus libros, plagado de elogios. Este hecho dejó atónito al resto de los asistentes: ¿quién osaría admitir, ante tantas alabanzas, su aburrimiento?
La camarera iba y venía con los pedidos, apoyando sobre la mesa vasos y tazas con una delicadeza ausente. Alguien le sugirió la posibilidad de bajar la música, hasta entonces apenas un sonido entre las bocinas y el rumor de los autos en la calle.
Pero el sonido subió, revelándose como una auténtica FM con comentarios y publicidad intercalados. Fue entonces que la máquina de café entró en escena. Un ruido insoportable se incorporó al ambiente, y empezaron algunos cuchicheos.
A todo esto, la Poeta Mayor se deleitaba con su propia voz, en un mundo cerrado donde sólo ella estaba. De mala gana cedió su lugar a una chica que leyó, con voz entonada, unos poemas que parecían buenos, si no fuera porque apenas se escuchaban.
La provocación era inocultable. El sonido de la radio había subido dos tonos, y la máquina de café era prendida a intervalos regulares (cada minuto, aproximadamente).
Las caras se iban enrojeciendo. Entre el dueño del bar y la camarera las miradas eran cómplices.
Vino el turno de Javier. “A pesar del contexto irrespetuoso, voy a tratar de hacerme oír”- anticipó de entrada, y su voz se elevó sobre el ruido imperante como una bandera.
Sentí un placer inmenso. “El grito de Artaud” – pensé un segundo.
A partir de ese momento, los hechos se precipitaron. Desde la única mesa ocupada en el fondo se levantó una mujer y se dirigió hacia la puerta, intentando salir. La silla de Javier se lo impidió. El dueño del bar, desencajado y vulgar, se desgañitaba: “¡Señor, señor!”.
Pero la puerta no se abría.¿Sordera, contra-provocación?. Poco importaba. Javier seguía gritando su bello poema, y un aire de triunfo flotaba entre las mesas del Melody.
Recuperando la voz, los poetas se levantaron, desafiantes. Con una velocidad inusitada, se arrojaron sobre el dueño del bar, quien se defendía vociferando...
Algún cenicero voló, quizá una servilleta. Javier se levantó con una sonrisa, en medio de la confusión general.
Entre indignada y divertida, salí a la calle con los otros. Se había producido un acontecimiento. El orden público había sido quebrado, por fin. Llegué a pensar, parafraseando a Lacan, que la poesía también es violencia contra el uso cristalizado... de los bares.
Iluminando la escena, la luna se abría paso en el cielo de noviembre. Algunos de nosotros, Javier a la cabeza, enfilamos hacia una plaza cercana.
Uno a uno leímos los poemas, bajo los árboles de una noche hospitalaria.


Liliana Piñeiro.

martes, 1 de mayo de 2007

VARIACIONES KAFKIANAS


VARIACIÓN KAFKIANA





Buenos Aires, un día de Invierno del Siglo XXI


Mi estimada Señorita Gregoria:
Ud. me conoce, nos hemos cruzado a veces en los ascensores. Yo la recuerdo perfectamente porque Ud. me ha provocado una especial simpatía. Y es en virtud de este sentimiento que me atrevo a escribirle.
En principio, debo decirle que su nombre me provoca una vaga inquietud. Creo haberlo escuchado antes, posiblemente asociado a alguna experiencia de transformación...Pero como mi memoria es más bien escasa, he decidido no dedicarle a esta impresión más tiempo que el necesario.
Soy una persona franca. En los tiempos que corren, la sinceridad puede considerarse una virtud, aunque llevada a sus extremos algunos la ven como un defecto. En mi caso, va acompañada por un impulso piadoso, producto quizá de una educación religiosa ya lejana (no soy muy joven, como podrá apreciar) .
Debo confesarle que le he escrito algunas pequeñas misivas anteriormente, con el objeto de advertirle...Su tono ha sido más bien poético, tomando en cuenta a Rilke, para quien la belleza nos permitiría soportar cierto grado de lo terrible...Parafraseando a una de nuestras mejores poetas místicas, podríamos decir que la poesía sería el andamio de la Verdad.
Pero no quiero aburrirla con mis disquisiciones. El motivo de esta carta es decirle, directa y francamente, que Ud. está mutando. Es un fenómeno que he observado varias veces en mi vida, y ésta parece ser una más.
Tomé la decisión de decírselo porque, como ha sucedido en otras ocasiones, los mutantes son incapaces de ver los cambios que se van produciendo en su propio cuerpo, mientras que sus allegados disimulan frecuentemente sus impresiones, con el objeto de no provocarles pánico o fastidio, ambas reacciones totalmente justificadas en este tipo de casos. (Seguramente conoce Ud. aquella fábula del Rey desnudo al que los súbditos alababan sus vestidos...).
A continuación, paso a detallarle los signos que he registrado hasta el momento, como claros indicadores de su mutación.
Cierta mañana de mayo, he advertido algo que otros calificarían (eufemísticamente, claro) de “ojos hinchados”, propios del despertar reciente. Sin embargo, yo advierto que sus globos oculares pugnan por avanzar sobre la cara, elevándose interiormente, y produciendo un efecto de promontorio debajo del párpado inferior. Es obvio que su crecimiento va avanzando bajo la piel.
Asimismo, hace aproximadamente unos quince días, ha cambiado Ud. su peinado. Posiblemente tenga un peluquero piadoso, decidido a disimular tras un nuevo look esa especie de antenas con las que Ud. se orienta en la calle tan bien, últimamente. Le puedo asegurar que ha hecho milagros: su cabello luce prolijo como siempre. Nada se eleva sobre él, afeando su contorno...
Más o menos desde esa fecha, he notado el uso frecuente que Ud. hace de ciertos abrigos largos (algunos llegan incluso más allá de la rodilla) que la gente suele llamar “tapados”. Sería demasiado fácil pensar que esto se debe a las bajas temperaturas. Pero a mí no me engaña: Ud.“tapa”con ellos la caparazón algo rígida que va cubriendo su cuerpo. Al bajar del ascensor, cierto crujido debajo del mismo, la delató.
Sé también, por experiencia, la utilidad de dicha prenda para ocultar las alas incipientes...Y su caso, seguramente, no es la excepción. ¿Por qué habría Ud. de darle otro uso sino éste?
Cabe señalar aquí que sus movimientos también fueron objeto de mi atención. Camina Ud. ligeramente más rápido que lo habitual...Ayer mismo, al salir del edificio, casi se lleva por delante al encargado, quien disimuló su terror al ver una cara cada vez más alejada de lo humano...
¿Tan apurada estaba? No, en absoluto. Estoy plenamente convencida de que esa brusquedad para deslizarse es propio de ciertas patas...Sobre todo cuando los ejemplares son jóvenes y carecen de entrenamiento.
Y, finalmente, como una prueba irrefutable de su cambio, está la reacción de Washington. ¿No ha notado Ud. que la huele con extrañeza y que su ladrido, al verla aparecer, es diferente a otros ladridos?. Los animales suelen ser particularmente sensibles a las mutaciones, y generalmente reaccionan con desesperación. Así es que Washington se agita y ladra descontroladamente. Yo he intentado calmarlo con la potencia de mis gritos y un golpe (no demasiado cariñoso, debo admitirlo) sobre su hocico, tras lo cual W emite una especie de quejido, confuso y melancólico.
Hasta aquí mi registro, el cual, por supuesto, no pretende ser exhaustivo. Lamentaría mucho que Ud. desechase esta carta sin prestarle la suficiente atención. Lejos de mí está el provocarle algún temor...Yo cumplo con mi deber de buena vecina, es decir, ser absolutamente sincera para con una compañera de condominio que está experimentando tal cambio en su naturaleza.
La vida me ha enseñado que es un signo de madurez asumir nuestra identidad. Ud. sabe: las mínimas diferencias en la cadena evolutiva suelen dar como resultado grandes transformaciones, las cuales se manifiestan a lo largo de varias centurias (algunos llaman a este fenómeno “efecto mariposa”, pero yo preferiría esperar la denominación científica adecuada). Debo decirle que he hablado con varios profesionales sobre este tema y, aunque ellos discrepan ligeramente con algunas conclusiones a las que arribo (tengo entendido que contradecir a los pacientes forma parte del tratamiento) estimo que, secretamente, me admiran... Hay que tener una mente abierta para poder captar estas sutilezas.
Seguiré observándola (disimuladamente, claro, para no incomodarla), y puede Ud. estar segura de que todo indicio que descubra lo registraré con minuciosidad (como es mi costumbre) para luego comunicárselo a la mayor brevedad posible. Estaré así cumpliendo con una misión sagrada: develar el misterio de las mutaciones que, año tras año, se producen a nuestro alrededor, dando origen a nuevas especies en los siglos venideros.

Siempre suya

Una Vecina fiel a la Verdad.



Liliana Piñeiro