
Hoy pensando en la palabra me pregunto ¿Cómo se lleva la palabra hasta las últimas consecuencias sin caer en el típico desarme del vocablo, desmembrándolo de forma tal que carezca de sentido?
¿Puede darse a través de una idea o se puede simplemente optar por una palabra al azar y llevarla hasta su punto crítico?
De ser así estaría accionando de una manera inmóvil sin dejar de ser inquietante.
Digo: desde su inmovilidad en una hoja de papel producir modificaciones profundas en el lector. Podría darle movimiento a través de un trazo donde la hiciera enérgica o dibujarla con profunda sutileza y desde allí cambiar el sentido de profundidad.
Accionaría de esta forma con la recepción del lector, que la incorporaría a su caja de resonancia interna y quedaría dando vueltas como un eco confundido que se arroja a un abismo.
Podría leerla en voz alta, darle una entonación o una acentuación rígida involuntaria regida por su estado anímico.
Esto me llena de dudas.
¿Podría alguien comprender mi escritura en forma profunda si en realidad desde el momento en que entra por los ojos, penetra y pasa a formar parte de sí pasándolo por un tamiz propio que desdibuja el sentido puro que tuvo al ser escrita?
¿No estaría yo escribiendo para que me roben, las entrelacen y se las apropien?
Entonces las palabras son armas de mente
¿Que seria entonces el poeta?
¿Un fabricante de armas de la emoción o el enviado que distribuye pensamientos para ayudar a la raza a comprenderse en un marco inexplicable pero por lo menos apalabrado?
¿Enviados de Dios y el Diablo o constructores del exterminio?
Vanesa Aldunate
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