domingo, 22 de abril de 2007

LA PERFECCIÓN NO PUEDE TENER HIJOS


PRIMERA VOZ


¿Quién nos lanza esas criaturas
inocentes?
Mira, ellas están extenuadas, todas
flácidas
En su cuna de tela, con su nombre anudado
en la muñeca.
Esta medallita de plata que ellas
vinieron a buscar de tan lejos.
Algunas tienen los cabellos negros y densos,
otras están calvas.
El color de su piel es rosa, pálido,
moreno o rojo.
Ellas comienzan a recordar sus
diferencias.
Parecen hechas de agua: no tienen
expresión.


Sus facciones duermen, como la luz
en el agua quieta.
Son verdaderos frailes
y monjas con hábitos idénticos.
Las veo como cuerpos celestes que
llueven sobre la tierra.
Estas pequeñas maravillas,
estos ídolos puros
llueve. En la India, en el Africa, las Américas.
Huelen a leche.
Sus talones no fueron tocados
caminan en el aire.
¿Cómo puede ser tan pródiga la nada?
Ese es mi hijo.
Su ojo desorbitado es por esta vaga,
terrible banalidad.
Se vuelve hacia mí como una plantita,
ciega y alegre.
Un grito. Es el tejido del que
Cuelgo.
Me vuelvo un río de leche.
Soy una montaña caliente.

Sylvia Plath
Tres Mujeres