sábado, 30 de junio de 2007

" Y ES MENESTER PREGUNTAR AL CIELO"

(Foto gentileza Miriam Bercovich)





Oh vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero
pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes;
muchas son recuerdos. Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, desde asolaciones, tentaciones de los santos
pues inicialmente se ha configurado la obra
sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura y el cielo ancho, claro velo en seguida
apareciendo cantan nubes de cánticos.
Pues firme es el ombligo
de la tierra. Captadas en efecto en orillas de hierba están
las llamas y los universales
elementos. Pura meditación sin embargo arriba vive el éter. Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.
[Pero como el cortejo
a la boda,]
a lo escaso también puede llegar
un gran comienzo.
Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su rostro
y cubre los párpados con arte.
Y aire y tiempo cubren
lo espantable, para que ni uno demasiado
lo ame con oraciones o
el alma. Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu
con más comunidad se una a los hombres.

*

Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles
y colinas habitar, soleados, donde está
pavimentado el camino a la iglesia.
Pero a los viajeros, a quienes
por amor a la vida, midiendo, sin embargo,
obedecen los pies, florecen
más bellos los caminos, donde la tierra

*


Reposo pleno. Rojo de oro. Y la nervadura resuena
del arenoso globo terráqueo en la obra de Dios
arquitectura explícita, verde noche
y espíritu, la ordenación de las columnas, realmente
según la total pertenencia, junto con el centro,
y brillantes

*

pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.

*

... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...

*
Como el pellejo del tambor golpeado repercute tronando a su modo con los golpes
de los palillos, así ante los golpes del rayo y de las «flechas de la lluvia»,

*

Siempre, ¡ amada! va
la tierra y sostiene el cielo.

*
¿A dónde va la tierra y por qué caminos?

*
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...
... sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura ...

*
Pero cuando los celestiales han
edificado, está en paz
en la tierra, y bien conformadas se yerguen
las montañas alcanzadas.


No de hoy, pues, y de ayer, sino durante siempre y siempre
se levanta (la indicación) y nadie ha mirado
allá de donde llegó a aparecer a la luz.

*

Celeste amor! ¡ Tierno! ¡ si de ti
me olvidara, si, oh vosotras, conformes al destino,
oh fogosas, que estáis llenas de ceniza y
baldías y solitarias además ya,
oh vosotras, queridas islas, ojos del mundo de las maravillas!
Pues de vosotras me importa ahora solamente ...

*

... y el cielo, en lo ancho, claro velo, después
apareciendo cantan nubes de cánticos.

*
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes ...

*

Pues demasiado agradecidos los santos han
servido allí en días de belleza y
los irascibles héroes

Cuanto más es uno
invisible, se destina a lo extraño.

*
Y es menester
preguntar al cielo

*

Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su, rostro
y cubre los párpados con arte.

*

ahuecado desde lo hondo
edificado de arriba abajo.

*

Pues hace ya mucho obran
las nubes hacia abajo
y echa raíz, preparando mucho, santa selva.
Ardiente es la riqueza. Pues falta
el cántico, que desata el espíritu.
Consumiría
y estaría contra sí mismo,
pues nunca consiente
la cautividad del fuego celeste.

*

... Pura meditación, empero, vive arriba el éter.
Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.

*

Pero cuando se ha encendido
el día ocupado
y pura la luz y ebrios
los celestiales están
de lo verdadero, de modo que cada cosa
sea como es,

*

Qué es la vida de los hombres una imagen de la divinidad.
Como bajo el cielo vagan los terrestres todos, ven
a éste. Pero leyendo casi como
en una escritura, imitan la infinitud y 1a riqueza los hombres. ¿Es pues rico
el sencillo cielo? Como flores son, en efecto,
las nubes plateadas. Pero de ellas llueve
el rocío y la humedad. Pero cuando
se extingue el azul, lo sencillo, parece
lo mate, semejante a la piedra de mármol, como mineral,
indicación de la riqueza.

*

Pero ahora florece
en pobre lugar.
Y maravillosamente grande quiere
Erguirse


*
... Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
y más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma,
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu con más comunidad se una a los hombres.

*
Pero es difícil
en lo grande conservar lo grande.


Friedrich Hölderlin
(Fragmentos extraídos de Hölderlin El Cielo y la Tierra de M. Heidegger)

jueves, 21 de junio de 2007

EXPIACION DE LA NOCHE




TAROT

Pero habías sido tú mismo quien pidiera ese lance de barajas, en una casa extraña. Y ellas cayeron como piedras: estaban la Papisa y la carta de la muerte, y el amor en ese lugar entre las dos que nunca sabrías alcanzar


***




Una noche de octubre se hiela el rocío sobre la hierba y queda una fina capa de hielo en las carreteras como cuando una estrella de otoño de repente se hace añicos.
Stein Mehren: Tarde otoñal (1981)


A LA SOMBRA DEL TIEMPO


Gira y gira, lenta luz a la sombra del tiempo,
gira y vuelve a ser una copia de ti misma,
vuelve como arremolinada rosa, sobre tí misma
vuelve y en tu viaje circular apenas eso, y sólo
preserva cierto instante al borde del agua clara;


sólo esta marca de sol de las horas que cubren
la herida celeste: donde sangra el costado negro
de la Historia, y ha sangrado, y nada deja de sí.
Dame una máscara blanca y la boda del cuchillo:
ahora mismo, antes que sea invierno, silencio, nada.




***
IN ABSENTIA

Padre nuestro que estás en tu sitio
de un cielo remoto, a tantos años luz
de la sangre disuelta en el polvo
de las herrumbrosas alianzas de ayer,
de la historia escanciada en pesadas
copas de uranio por gentes sin casa.


Padre de una podrida especie de simios
que cortaran en pedazos la raíz de sus ramas
y estrecharon a las putas en el templo
y elevan ahora sus himnos al oscuro
dueño de las llaves de tu reino yacente,
borroso bajo las estrellas, tan fuera del mundo.


Ni pescado ni barca, ni la sola multiplicación
de los dones se recuerdan aquí, ni la sombra
oscilante que proyecta el ojo apagado del sol.
Y arde la zarza de Irak con petróleo encendido,
los fuegos de Palestina como líneas de tu mano:
y ya nadie te lee el destino en las cartas, in absentia.


Alejandro Drewes

Buenos Aires (1963). Poeta, crítico y traductor

Moderador del Foro literario Azulypalabras. azulypalabras@yahoogroups.com
Moderador del Foro literario AERA.
Coordinador de lecturas poéticas mensuales del grupo AERA en la S.A.D.E., con Silvia Long-Ohni.
Miembro de la World Poets Society
Editor responsable de la revista AERA. www.AERArevistadepoesia.yahoogroups.com
Miembro del staff en Argentina de la revista internacional de arte y literatura Francachela

miércoles, 20 de junio de 2007

VIERNES



VIERNES


“El deber del escritor, del poeta, no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto, un libro, una revista de donde nunca más saldrá, sino por el contrario, salir fuera para sacudir, para atacar al espíritu público, de lo contrario ¿para qué sirve? ¿Y por qué ha nacido?

Antonin Artaud.


“La poesía es violencia contra el uso cristalizado de la lengua”

Jacques Lacan.


Cada vez es más firme mi convicción de que ciertos sucesos nos abren a dimensiones insospechadas. La lógica previsible y cotidiana no es compacta: a veces tropezamos con una grieta, para alegría de nuestras fuerzas domesticadas.
Un corte de luz en una institución literaria encendió la chispa. Ante el desconcierto de los poetas, alguien propuso trasladarse a un café cercano, y realizar allí la lectura de poesía programada para ese viernes.
Desde la puerta, el Melody me resultó sospechoso. Las mesas vacías en un bar pequeño, la estética del nombre, en fin...
Después de algunos cabildeos, entramos. La camarera agrupó las mesas con desgano y los poetas se sentaron. Los mayores juntos, algún adolescente en el medio y en otra mesa, el grupo de mediana edad.
Las señoras elegantemente vestidas rodearon a la Poeta Mayor, quien luego de una breve presentación, comenzó su lectura. Desafortunadamente, eligió en primer lugar el prólogo de uno de sus libros, plagado de elogios. Este hecho dejó atónito al resto de los asistentes: ¿quién osaría admitir, ante tantas alabanzas, su aburrimiento?
La camarera iba y venía con los pedidos, apoyando sobre la mesa vasos y tazas con una delicadeza ausente. Alguien le sugirió la posibilidad de bajar la música, hasta entonces apenas un sonido entre las bocinas y el rumor de los autos en la calle.
Pero el sonido subió, revelándose como una auténtica FM con comentarios y publicidad intercalados. Fue entonces que la máquina de café entró en escena. Un ruido insoportable se incorporó al ambiente, y empezaron algunos cuchicheos.
A todo esto, la Poeta Mayor se deleitaba con su propia voz, en un mundo cerrado donde sólo ella estaba. De mala gana cedió su lugar a una chica que leyó, con voz entonada, unos poemas que parecían buenos, si no fuera porque apenas se escuchaban.
La provocación era inocultable. El sonido de la radio había subido dos tonos, y la máquina de café era prendida a intervalos regulares (cada minuto, aproximadamente).
Las caras se iban enrojeciendo. Entre el dueño del bar y la camarera las miradas eran cómplices.
Vino el turno de Javier. “A pesar del contexto irrespetuoso, voy a tratar de hacerme oír”- anticipó de entrada, y su voz se elevó sobre el ruido imperante como una bandera.
Sentí un placer inmenso. “El grito de Artaud” – pensé un segundo.
A partir de ese momento, los hechos se precipitaron. Desde la única mesa ocupada en el fondo se levantó una mujer y se dirigió hacia la puerta, intentando salir. La silla de Javier se lo impidió. El dueño del bar, desencajado y vulgar, se desgañitaba: “¡Señor, señor!”.
Pero la puerta no se abría.¿Sordera, contra-provocación?. Poco importaba. Javier seguía gritando su bello poema, y un aire de triunfo flotaba entre las mesas del Melody.
Recuperando la voz, los poetas se levantaron, desafiantes. Con una velocidad inusitada, se arrojaron sobre el dueño del bar, quien se defendía vociferando...
Algún cenicero voló, quizá una servilleta. Javier se levantó con una sonrisa, en medio de la confusión general.
Entre indignada y divertida, salí a la calle con los otros. Se había producido un acontecimiento. El orden público había sido quebrado, por fin. Llegué a pensar, parafraseando a Lacan, que la poesía también es violencia contra el uso cristalizado... de los bares.
Iluminando la escena, la luna se abría paso en el cielo de noviembre. Algunos de nosotros, Javier a la cabeza, enfilamos hacia una plaza cercana.
Uno a uno leímos los poemas, bajo los árboles de una noche hospitalaria.


Liliana Piñeiro.

viernes, 8 de junio de 2007

LA BALADA DE LA TRAIDORA SOLITARIA








ANNE GRAY HARVEY (ANNE SEXTON)
Estados Unidos, Massachusetts (1928-1974)


Deseando morir
Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,he poseído al enemigo, comido al enemigo, he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,más tibia que el aceite o el agua,he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año, para reparar delicadamente una vieja herida, para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

Los bombarderos

Nosotros somos América.
Somos los que rellenan los ataúdes.
Somos los tenderos de la muerte.
Los envolvemos como si fuesen coliflores
La bomba se abre como una caja de zapatos.
¿Y el niño?El niño decididamente no bosteza.
¿Y la mujer?La mujer lava su corazón.
Se lo han arrancado
y se lo han quemado y como último actolo enjuaga en el río.
Este es el mercado de la muerte.
¿Dónde están tus méritos, América?

La música se desliza hacia mí

Espere señor. ¿Para qué lado queda casa?
Ellos apagaron la luz
Y la sombra se mueve en la esquina.
No hay señales en este cuarto,
Cuatro mujeres, de más de ochenta,
Cada una con pañales.La la la, oh… la música se desliza hacia mí,
Y puedo sentir la melodía que tocaban
La noche en que me dejaron
En este instituto privado sobre la colina.
Imagínenlo. Una radio sonando
Y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
Y, de una manera divertida
La música ve más que yo.
Quiero decir que se acuerda mejor;
Recuerda la primer noche aquí.
Estaba el sofocante frío de Noviembre,
Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo
Y esa luna demasiado brillante,
Pasando a través de los barrotes para pegarme
Con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.
Me atan a esta silla a las 8 A.M.
Y no hay señales que indiquen el camino,
Sólo la radio, sonando para ella misma
Y la canción que recuerda
Más que yo. Oh, la la la
Esta música se desliza hacia mí.
La noche en que llegué bailé en un círculo
Y no tuve miedo.¿Señor?

PERDIDOS EN LA NOCHE


MONÓLOGO DE EURIDICE


quisiera encantarme una vez más en las melodías de tu
condenada lira
pero todo lo que digo y hago me excede está mas allá
no deja de no decirme no cesa de no escribirme a cada
instante
nada hay que me circunscriba
nada
que me limite o delimite
apenas
algo de buen dolor, perdición y magia de antaño


¿como sostendré entre mis brazos las dimensiones
de esta sombra que soy
que fui
que fuimos
todo esto que aún tiembla
entre nosotros convocando el mito y la leyenda?

Javier Galarza


jueves, 7 de junio de 2007

ARTAUD: VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD



Introducción

Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno. Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra. Es así como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmación -la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que presunta nobleza, de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado. Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad. Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban. Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad. No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III. Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación. Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh. Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados. En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción. Conozco uno que se rebeló, hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes crápulas y embaucadores patentados al que pertenecía. En lo que me a mí respecta, señor Artaud -me decía- no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba para fundamentar su acusación. No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., como prueba; lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo. Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo. A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien. Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho. En el curso de esas sacudidas orgánicas internas, ha adquirido usted cierta propensión que es testimonio encarnado de un estupro inmundo, que usted cultiva de año en año, cada vez más, porque socialmente hablando, no cae bajo la férula de la ley, pero cae bajo la férula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar. Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro estrangula con su innoble sexualidad. Y ése es, precisamente, el plano en el que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un serafín ni una virgen, porque son precisamente ellos los que han fomentado y alimentado en sus orígenes la gran máquina del pecado. Por otra parte, quizás pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos, el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de la locura que, por otra parte, sólo se origina en el pecado. Y conste que no creo en el pecado católico, pero creo en el crimen erótico del que justamente todos los genios de la tierra, los auténticos alienados de los asilos, se han abstenido, o, en caso contrario, es porque no eran (auténticamente) alienados. ¿Qué se entiende por auténtico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en un sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano. Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar. Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente. Así es como con motivo de la guerra, de una revolución, de un cataclismo social todavía en germen, la conciencia unánime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio. También puede suceder que se le haya incitado a salir de sí misma en ciertos casos individuales resonantes. Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge,y lo hubo en el caso de Van Gogh. Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche. Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes. Así es como las escasas y bien intencionadas voluntades lúcidas que ha tenido que debatirse en la tierra, se ven a sí mismas, en ciertas horas del día o de la noche, profundamente sumidas en auténticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succión, de la formidable opresión tentacular de una especie de magia cívica que no tardará en aparecer abiertamente en las costumbres. Confrontado con esa inmundicia unánime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros análogos ritos psíquicos, como base o puntal, no es índice de ningún delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce bujías para pintar un paisaje al natural;¿pues de qué otro modo habría podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blin. En lo que respecta a la mano asada, se trata de un heroísmo puro y simple; y en cuanto a la oreja cortada no se trata más que de lógica directa, e insisto: a un mundo que tanto de día como de noche, y cada vez más, come lo incomible para dirigir su maléfica voluntad al logro de sus fines, sobre este punto no le queda más remedio que enmudecer.


Post-scriptum


Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno u otra. ¿y dónde está, en este delirio, el lugar del yo humano? Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales. Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó. Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación. Así se produjo en su cuerpo esta sociedad absuelta consagrada santificada y poseída borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno, lo sumergió en una última oleada, y tomando su lugar, lo mató. Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir, ni pensar en vivir, sino como poseído.


El suicidado por la sociedad

Durante mucho tiempo me apasionó la pintura lineal pura hasta que descubrí a Van Gogh, quien pintaba, en lugar de líneas y formas, cosas de la naturaleza inerte como agitadas por convulsiones. E inerte. Como bajo el terrible embate de esa fuerza de inercia a la que todos se refieren con medias palabras, y que nunca ha sido tan oscura como desde que la totalidad de la tierra y de la vida presente se combinaron para esclarecerla. Ahora bien, con mazazos, realmente mazazos los que Van Gogh aplica sin cesar a todas las formas de la naturaleza y a los objetos. Cardados por el punzón de Van Gogh, los paisajes exhiben su carne hostil, el encono de sus entrañas reventadas, que no se sabe, por lo demás, qué fuerza insólita está metamorfoseando. Una exposición de cuadros de Van Gogh es siempre una fecha culminante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la misma historia histórica. Pues no hay hambre, epidemia, erupción volcánica, terremoto, guerra, que aparten las mónadas del aire, que retuerzan el pescuezo a la cara torva de fama fatum, el destino neurótico de las cosas, como una pintura de Van Gogh, -expuesta a la luz del día,colocada directamente ante la vista, el oído, el tacto, el aroma, en los muros de una exposición-, lanzada por fin como nueva a la actualidad cotidiana, puesta otra vez en circulación. En la última exposición en el Palacio de l'Orangerie no se exhibieron todas las telas de gran formato del desventurado pintor. Pero había, entre las que estaban, suficientes desfiles giratorios tachonados con penachos de plantas de carmín, caminos desiertos coronados por un tejo, soles violáceos que giraban sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y retratos de Van Gogh por Van Gogh, para recordar de que mísera simplicidad de objetos, personas, materiales, elementos, Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá. No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. ¿Y de qué se queja la tierra aquí, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos sólo, sin duda, para Van Gogh y, además, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle? Pues hasta entonces nadie como él había convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino. En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, violáceo como los márgenes del rayo. La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago. A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto. Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio. Cuadro soberbio, suntuoso y sereno. Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado. Por eso el tono de la última tela pintada por Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un propósito deliberado. La candela encendida, sobre el sillón de paja verde, pareciera indicar la línea de demarcación luminosa que separa las dos individualidades antagónicas de Van Gogh y Gauguin. El motivo estético de su disputa, podría no ofrecer interés si se lo relatara, pero serviría para señalar una fundamental escisión humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin. Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito. Mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso, carajo que estaba en lo cierto. Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad. No se necesita más que el genio de saber interpretarla. Lo que ningún pintor, antes que el pobre Van Gogh, había hecho, lo que ningún pintor volverá a hacer después de él, pues yo creo que esta vez, hoy mismo, ahora, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la realidad misma, la realidad mística misma, la que está en vías de incorporarse. Así nadie, después de Van Gogh, ha sabido sacudir el gran címbalo, el timbre suprahumano según el orden rechazado que hace sonar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a aguzar suficientemente el oído para advertir la hinchazón de su macareo. De ese modo resuena la luz de la candela, la luz de la candela como la respiración de un cuerpo amante frente al cuerpo de un enfermo dormido. Resuena como una crítica extraña, un juicio profundo y sorprendente, del cual es probable que Van Gogh pueda permitirnos presumir el fallo más tarde, mucho más tarde, el día en que la luz violeta del sillón de paja haya logrado sumergir totalmente el cuadro. Y no se pude dejar de advertir esa cortadura de luz lila que muerde los travesaños del gran sillón torvo, del viejo sillón esparrancado de paja verde, aunque no se la descubra a la primer mirada. Pues el foco está como ubicado en otra parte, y su fuente es extrañamente oscura, como secreto del cual sólo Van Gogh habría conservado la llave. No necesito interrogar a la Gran Plañidera para que me diga de qué supremas obras maestras se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 años, pues no puedo resolverme, después de "Los cuervos", a creer que Van Gogh hubiera pintado un cuadro más. Creo que murió a los 37 años porque había, ay, llegado al término de su fúnebre y lamentable historia de agarrotado por un espíritu maléfico. Pues no fue por sí mismo, por efecto de su propia locura, que Van Gogh abandonó la vida. Fue por la presión, dos días antes de su muerte, de ese espíritu maléfico que se llamaba doctor Gachet, improvisado psiquiatra, causa directa, eficaz y suficiente de esa muerte. Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano he llegado a la firme y sincera convicción de que el doctor Gachet, "psiquiatra", detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio. Es casi imposible ser a la vez médico y hombre honrado, pero es vergonzosamente imposible ser psiquiatra sin estar al mismo tiempo marcado a fuego por la más indiscutible insanía: la de no poder luchar contra ese viejo reflejo atávico de la turba que convierte a cualquier hombre de ciencia aprisionado en la turba, en una especie de enemigo nato e innato de todo genio. La medicina ha nacido del mal, si no ha nacido de la enfermedad, y si, por el contrario, ha provocado y creado por completo la enfermedad para darse una razón de ser; pero la psiquiatría ha nacido de la turba plebeya de los seres que han querido conservar el mal de la fuente de la enfermedad, y que han arrancado así de su propia nada una especie de guardia suizo para liquidar en su base el impulso de rebelión reivindicatoria que está en el origen de todo genio. En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida. El doctor Gachet no le decía a Van Gogh que estaba allí para rectificar su pintura (como le oí decir al doctor Gastón Ferdière, médico-jefe del asilo de Rodez, que estaba allí para rectificar mi poesía), pero lo enviaba a pintar al natural, a sepultarse en un paisaje para evitarle la tortura de pensar. Ahora bien, tan pronto como Van Gogh volvía la cabeza, el doctor Gachet le cerraba el conmutador del pensamiento. Como sin querer la cosa, pero mediante uno de esos despectivos e insignificantes fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgués de la tierra ha inscripto la antigua fuerza mágica de un pensamiento cien veces reprimido. Al hacer esto no solamente el doctor Gachet impedía los daños del problema, sino la siembre azufrada, el tormento del punzón que gira en la garganta del único paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh suspendido sobre el abismo del aliento, pintaba. Pues Van Gogh era una sensibilidad terrible. Para convencerse no hay más que echar una mirada a su rostro siempre como jadeante, y, desde cierto ángulo, también hechizante, de carnicero. Como el del antiguo carnicero tranquilizado, y ahora retirado de los negocios, ese rostro en sombras me persigue. Van Gogh se representó a sí mismo en gran número de telas, y por bien iluminadas que estuvieran siempre tuve la penosa impresión de que les habían hecho mentir acerca de la luz, que habían quitado a Van Gogh una luz indispensable para cavar y trazar su camino dentro de sí. Y ese camino, no era sin duda el doctor Gachet el capacitado para indicárselo. Pero como ya dije, en todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo. Y no ignoro que el doctor Gachet ha dejado en la historia, con relación a Van Gogh, que él atendía, y que terminó por suicidarse en su casa, la impresión de haber sido su último amigo en la tierra, algo así como un consolador providencial. Sin embargo creo más que nunca que es el doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el día que se suicidó en Auvers-sur-Oise, debe, repito, el haber dejado la vida, pues Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de lucidez superior, que les permite, en cualquier circunstancia, ver más allá, infinita y peligrosamente más allá de lo real inmediato y aparente de los hechos. Quiero decir, más allá de la conciencia que la conciencia ordinariamente conserva de los hechos. En el fondo de sus ojos, como depilados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin descanso a una de esas operaciones de alquimia sombría que toman a la naturaleza por objeto y al cuerpo humano por marmita o crisol. Y sé que según el doctor Gachet esas cosas a Van Gogh lo fatigaban. Lo que no era en el doctor el resultado de una simple preocupación médica, sino la manifestación de celos tan conscientes como inconfesados. Porque Van Gogh había alcanzado ese estado de iluminación en el cual el pensamiento en desorden refluye ante las descargas invasoras de la materia, en el cual el pensar ya no es consumirse, y ni siquiera es, y en el cual no queda más que reunir cuerpos, mejor dicho ACUMULAR CUERPOS. No es el mundo de lo astral sino el de la creación directa el que se recupera de ese modo, más allá de la conciencia y del cerebro. Y jamás vi que un cuerpo sin cerebro se fatigara por paneles inertes. Paneles de lo inerte son esos puentes, esos girasoles, esos tejos, esas recolecciones de olivas, esas siegas de heno. Ya no se mueven. Están congelados. Pero quién podría soñarlos más duros bajo el tajo seco que pone al descubierto su impenetrable estremecimiento. No, doctor Gachet, un panel nunca ha fatigado a nadie. Son energías frenéticas en reposo, que no determinan agitación. Yo estoy como el pobre Van Gogh; también he dejado de pensar, pero dirijo, cada día de más cerca, formidables ebulliciones internas, y sería digno de verse que un médico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigo. Alguien debía a Van Gogh cierta suma de dinero, y a propósito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hacía mala sangre desde varios días atrás. Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad maléfica, consciente, inteligente y concertada. Cosa que los psiquiatras no creen jamás. Cosa que los genios creen siempre. Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene interés en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud. También Van Gogh creía estar embrujado y lo decía. En lo que a mí respecta creo firmemente que lo estuvo, y un día diré dónde y cómo sucedió. El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra encontrarían su libertad. Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. "Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas". "Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas". "Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida". "Pero no, señor Van Gogh, vamos, convénzase usted, todo es pura casualidad; y además no está bien querer examinar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor Fulano de Tal, es una excelente persona; su espíritu de persecución lo lleva a usted a creer que él practica la magia en secreto". "Le han prometido pagarle esa suma y se la pagarán. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad". Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse. Sobrevienen días en que el corazón siente tan terriblemente la falta de salida, que lo sorprende, como un mazazo en la cabeza, la idea de que ya no podrá ir adelante. Pues fue precisamente después de una conversación con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada pasara, entró en su cuarto y se suicidó. Yo mismo he estado 9 años en un asilo de alienados y nunca tuve la obsesión del suicidio, pero sé que cada conversación con un psiquiatra, por la mañana a la hora de la visita, me hacía surgir el deseo de ahorcarme, al comprender que no podría degollarlo. Y Théo era quizás muy bueno para su hermano, desde el punto de vista material, pero eso no le impedía considerarlo un delirante, un iluminado, un alucinado, y se obstinaba, en lugar de acompañarlo en su delirio, en calmarlo. Que después haya muerto de pesar, no cambia en nada la cosa. Lo que a Van Gogh le importaba más en el mundo era su idea de pintor, su terrible idea fanática, apocalíptica de iluminado. El mundo debía someterse al mandato de su propia matriz, retomar su ritmo comprimido, antipsíquico de festival secreto en lugar público y, delante de todos, volver a ser puesto en el crisol sobrecalentado. Eso quiere decir que el Apocalipsis, la consumación de un Apocalipsis se incuba en este momento en las telas del viejo Van Gogh martirizado, y que la tierra tiene necesidad de él para lanzar coces con pies y cabeza. No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno. Y para salir del infierno prefiero las naturalezas de ese convulsionario tranquilo, a las hormigueantes composiciones de Breughel el viejo o de Jerónimo Bosch que frente a él no son más que artistas, allí donde Van Gogh no es sino un pobre ignorante empeñado en no engañarse. Pero cómo hacer comprender a un sabio que hay algo definitivamente desordenado en el cálculo diferencial, la teoría de los quanta o las obscenas y tan torpemente litúrgicas ordalías de la precisión de los equinoccios, frente a ese edredón de un rosa de camarones que Van Gogh hace espumar tan suavemente en el lugar elegido de su cama, frente a la pequeña insurrección de un verde Veronés o de un azul que empapa esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-sur-Oise se incorpora después del trabajo, frente también a ese sol atornillado detrás del ángulo gris del campanario del pueblo, en punta, allá en el fondo de esa enorme masa de tierra que, en el primer plano de la música, busca la ola donde congelarse.

O VIO PROFE,

O VIO PROTO,

O VIO LOTO,

O THETÉ.

¡Para qué describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripción intentada por quienquiera que sea podrá equipararse a la simple alineación de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a propósito de la obra que describe la impresión de la más desconcertante autenticidad.
Antonin Artaud

domingo, 27 de mayo de 2007

NACIMIENTO EN LA SALA 18



Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint-Tropez, Cap
St. Pierre, Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,

Santilla del Mar, Marbella,

Segovia, Ávila, Santiago,

Y tanto

Y tanto

Por no hablar de New York y del West Village con rastros de muchachas estranguladas

- quiero que me estrangule un negro - dijo-

-lo que querés es que te viole - dije (¡oh Sigmund ! con

vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté

en las mejores playas de Europa)

y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,

y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,

aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,

persuadiéndome día a día

de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,

- una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:

- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí

(se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.

Nietzche: "Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.

"Strindberg: "El sol, madre, el sol."

P. Éluard: "Hay que pegar a la madre mientras es joven."

Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación

lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido

de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,

pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,

después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi

útero

(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de

la oculta ocultadora cuya función es ocultar)

hablo de la concha y hablo de la muerte,

todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí

orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta,

la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino

entre pelos como de rabinos desaseados - oh el goce de la roña !

Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero

¿se casarían con el leproso?

Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,

sí, de eso son capaces,

pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como

ustedes:

- Podrías hacer un chiste con todo esto, no ?

Y sí, aquí en el Pirovano

hay almas que NO SABEN

por qué recibieron la visita de las desgracias.

Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que

la sala - verdadera pocilga - esté muy limpia, porque la roña les da terror,

y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos

fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la

infancia.

Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala

llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.

Pero

¿qué cosa curar?

Y ¿por qué empezar a curar?

Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es

casi tan bella como el suicidio.

Se habla.

Se amuebla el escenario vacío del silencio.

O, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.

- ¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?

No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable

fluir del murmullo. A veces - casi siempre - estoy húmeda. Soy

una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme

a mí y darmela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda

me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena

frigidez.

Húmeda.

Concha de corazón de criatura humana,

corazón que es un pequeño bebe inconsolable,

"Como un niño de pecho he acallado mi alma" (Salmo)

Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia

prestigiosa (si me quisiera un poquito me ayudarían a anularla)

oh no es que quiera coquetear con la muerte

yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a

fuerza de prolongarse,

(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz

apiadada de mí)

Y

Que te encuentres con vos misma - dijo.

Y yo le dije:

Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad

con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de

este modo, anulados los contrarios, la dialéctica suplicante finaliza en

la fusión de los contrarios.

El suicidio determina

un cuchillo sin hoja

al que le falta el mango.

Entonces: adiós sujeto y objeto,

todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos

para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,

ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio

vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión

y del encuentro,

fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,

y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante

relojes, calendarios y demás objetos hostiles,

lejos de las ciudades en las que se compra y vende (oh, en ese jardín

para la niña que fui, la pálida alucinada de los suburbios malsanos

por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que

no has tenido madre (ni padre, es obvio)

De modo que arrastre mi culo hasta la sala 18,

en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación

de absoluta NO-ALIANZA con Ellos

-Ellos son todos y yo soy yo -

finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de

buena voluntad (oh, los buenos sentimientos !) me podrán ayudar,

pero a veces - a menudo - los recontraputeo desde mis sombras interiores

que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad,

cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi

amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno

de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,

pero mi viejo se me muere y éstos hablan y , lo peor, éstos tienen

cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) y en tanto mi viejo agoniza en la

miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado

el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber

hurgado en lo oculto como un pirata - no poco funesto pues las monedas

de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto

lleno de espejos rotos y sal volcada -

viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifílicos,

como te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,

y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos

un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,

oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,

te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para

darte de beber de su sangre y que vos vivas un minutos, un siglo más,

(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)


Sala 18

cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en

ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,

15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las

analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,

porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud - la ciencia psicoanaítica

se olvidó la llave en algún lado:

abrir se abre

pero ¿cómo cerrar la herida?


El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos medicos no restañan

la herida que supura.

El hombre esta herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente,

le ha causado la vida que nos dan.

"Cambiar la vida" (Marx)

"Cambiar el hombre" (Rimbaud)

Freud:"La pequeña A. esta embellecida por la desobediencia". (Cartas...)


Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica.

Sin suda, muchas claves las extrajo de "los filósofos de la naturaleza",

de "los románticos alemanes" y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg,

el genial físico y matemático que escribía en su diario cosas

como:

"Él le había puesto nombre a sus dos pantuflas"

Algo solo estaba, no ? ;)

(Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)

Y a Kierkegaard

Y a Dostoyevski

Y sobre todo a Kafka

a quien le pasó lo mismo que a mí,

si bien él era pudico y casto"¿Qué

hice del don del sexo?" - y yo soy una pajera como no existe otra;

pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:

se separó

fue demasiado lejos en la soledad

y supo - tuvo que saber -

que de allí no se vuelve


se alejó - me alejé -

no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)

sino porque una es extranjera

una es de otra parte,

ellos se casan,

procrean,

veranean,

tienen horarios,

no se asustan por la tenebrosa

ambigüedad del lenguaje

(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)

El lenguaje

- yo no puedo más,

alma mía, pequeña inexistente,

decidíte;

te las picás o te quedás,

pero no me toques así,

con pavura, con confusión,

o te vas o te las picás,

yo, por mi parte, no puedo más.


Alejandra Pizarnik (1971)



AP escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano. El texto, tal como se lo reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición de 1982 de sus textos póstumos.

domingo, 20 de mayo de 2007

EL VERDADERO MOMENTO DEL SILENCIO





Agradezco si la lengua me abandona y surge el silencio.


Es que no hay palabras para expresar el verdadero silencio.
Decir silencio es decir algo que no se compara simplemente con lo inaudible, es mucho más que eso.
Decir silencio no expresa la soledad que lo acompaña, ni la dulzura en la que se recuesta, ni lo placido que resulta algunas veces, ni el dolor que conlleva cuando atormenta, ni la desprotección en la que te sumerge, ni el dominio que ejerce, ni la confrontación entre el silencio del cuerpo y del pensamiento.
Decir silencio no es decir Todo sino decir Nada que comprometa.
Decir silencio es enmascarar el verdadero momento del privilegio, lo sublime ante un papel, un paisaje, un cuerpo, un deseo.


El verdadero Silencio es Supremacía.


Decir silencio es callar el habla, es estrangular la autentica expresión del momento.
Silencio es pedir un permiso que debiera ser un derecho adquirido.
Decir silencio es decir ahogo.
Solo silencio no expresa, no ahuyenta, no rompe, no subleva como el verdadero instante.


El silencio se oye con el alma, se entiende en el cuerpo mediante una mirada intima hacia el eterno cosmos del espíritu.
Cada palabra se desarma y desarticula para conformar en el silencio un momento único donde pueden surgir palabras que “parecen” no tener sentido pero que expresan la emoción, la profundidad, la inmensidad adentrada que la lengua no puede entender ni expresar a través de la palabra conformada.


El silencio escapa a todo tiempo, a toda ley, escapa a todo lo definido y a la posibilidad de tal.
Cada palabra es seguida por un silencio minúsculo que se impone luego de pronunciar otra, esto lo conecta con el habla, esto resuena destacando que en cualquier discurso seguramente hay mas silencios que palabras, entonces ¿Cuánto mas hablamos al callar y sentir, al intentar entender, al tomar aire? Lo mismo pasa en forma visual, cada palabra es precedida y seguida de un espacio, un vacío que no se transforma en otra cosa que en un mínimo silencio.


La soledad como silencio exalta el espíritu, desarrollando así un pensamiento libre en una sinuosidad única seguida por el alma, con una sincronía mental que desarregla la lengua existente.
Redobla las apuestas al pensamiento desprotegido donde surgen los desordenes de mejor alcance, en una lengua propia que se enaltece al escribirse.


Vivimos en estado de silencio colapsado.


La palabra es un instrumento invalorable pero no único.
La expresión surge a través del idioma interno exclusivo.


“Agradezco y reverencio si la lengua me abandona y surge el Silencio”



Vanesa Aldunate

sábado, 5 de mayo de 2007

EL MOTIVO


EL MOTIVO

Hace rato que ella bordea la cornisa. Camina, la cabeza gacha, arrastrando los pies, hacia su trabajo, que odia. Tiene la indefinición de los cuarenta y tantos marcándole la columna: no es linda, ni fea, no es alta, ni baja, un rostro pálido que frunce el ceño, rodando por las calles atestadas de Once.
Trabaja en una importadora de productos “made in Taiwan” esos que se venden a todo por dos pesos. A pesar de tener título universitario, se dedica durante nueve horas de Lunes a Viernes, a imputar en la PC boletas de movimiento de la mercadería. Una tarea por la que recibe un sueldo con el que apenas sobrevive. Encerrada en un cubil de dos por dos, lleno de cajas amontonadas, donde apenas tiene lugar para apoyar la cartera y el abrigo.
Pero ella lo prefiere así. Saluda parca a sus compañeros de infortunio, con el primer café que parece petróleo ya está la pila de comprobantes esperándola. Es todo lo que ha podido conseguir, una pantalla en fondo negro. titilando con letras verdes y minúsculos casilleros que completa con la velocidad de la experiencia.
A su Jefe le agrada esa mujer callada que entra como un fantasma y apoya el traste para no volver a levantarlo hasta la hora del almuerzo. Breve intervalo en que come un yogur, mirando distraída por la vidriera del bar. Le gusta observar el paso de la gente, su cabeza es una calculadora descompuesta que da cifras imposibles, se tilda en “error”, pero no siempre fue así.
Vive en un departamento no mucho mas grande que el cuartucho de la oficina. Tiene la mesa de luz repleta de remedios: un cóctel de antidepresivos y sedantes. Se los fueron dando, cuando dejó de dormir. La habían echado de su trabajo de años, al cerrar la empresa. El médico diagnosticó: ansiedad. Los diarios publicaron: trepa el desempleo al 20%.
Fue duro patear por las agencias, sintiéndose como el regreso de los muertos vivos, una especie de material radiactivo decantado, del que todos huyen. Después murió su madre, último eslabón con la palabra familia. Se siente perdida los Domingos, sin hacer el largo viaje para verla en el geriátrico. Por alguna razón no se acuerda de su cara, sino de las palomas que alimentaban las dos con los restos de la merienda. La quiso a su modo, incapaz de decírselo. El médico concluyó: depresión.
Luego empezaron a aparecer figuras fantasmales que la señalaban con el dedo, acusadoras, plantadas en el umbral entre vigilia y sueño. El médico anotó: alucinaciones. Por cada uno de los episodios se fue agregando una pastilla nueva. Ahora duerme mas de la cuenta, al despertar por la mañana, escurre de un baño de plomo en los pies. No tiene mas sueños. No se inquieta por los titulares de los diarios. Ni por los mediocres programas de televisión.
Ella tiene un amante de años. Un hombre que la visita de vez en cuando. Le prepara café que sirve con budín de chocolate, comprado especialmente para él (a ella no le gusta el chocolate). Desde hace un tiempo su cuerpo es un murallón infranqueable. Por mas que el hombre la escarba, la chupa y la amasa, no siente nada. No siempre fue así.
Hubo un tiempo en que le gustaba, le gustaban las manos fuertes del hombre que la sacudían y su propio cuerpo sudoroso. Eran instantes donde perdía su habitual palidez, encendida como una estufa de cuarzo. Lo que queda, es la dureza de la carne que se resiste a cualquier intento de amor y la mirada vacía que contempla el techo, preguntando cuando termina todo.
A medida que se pierde en los laberintos del vacío emocional, el hombre más insiste en montarla. Pensando tal vez, que el frenesí del sexo sea un exorcismo para liberarla del hielo. Ella no entiende esa actitud, pero no se opone, piensa que no es un mal tipo, es lo que hay. Alguien que se desliza con la aceitada maquinaria de la costumbre, alguien al que no es necesario hablar demasiado, un ser con el que puede hacer durar los silencios.
Pese al embotamiento afectivo, encuentra instantes en que la puerta se abre con sigilo y ella observa el panorama, casi idéntica a la mujer que sentía. Quizás el perfil del hombre dormido, un chico que se la queda mirando en la calle, un perro flaco husmeando en la basura, o un viejo pidiendo por las mesas de un bar, los ojos enloquecidos, bastan para que las lágrimas se deslicen quietas. Son pequeños lapsos, espaciándose a medida que el frío hace estragos en su corazón y el cuerpo gana peso.
Por las tardes, se sienta largo rato al volver de la oficina con la televisión prendida, sin ver nada. Permanece en tal estado de calma que se pregunta si la vida no será una ilusión de magos de circo y ella hace rato que está muerta. Lee los prospectos de la medicación y se percata que los médicos juegan con fuego, pero jamás pregunta ni se resiste a las indicaciones. Los días se entrelazan uno tras otro, formando un cordón ajustado que la ciñe sin permitir movimiento alguno.
Un día el hombre se queda a dormir y ella despierta en medio de la noche, extrañada por el peso de otro cuerpo en su cama. La mente se le ha despistado y
aunque intente volver al carril, una sensación de futilidad le produce cansancio infinito. Se deja llevar y va hasta la cocina donde abre las llaves del gas. Todas las ventanas están cerradas. Hace frío y el vapor se forma cuando sopla sobre el vidrio, un modo pueril de comprobar que aún respira. Se acuesta pero no toca al hombre, permanece quieta boca arriba unos minutos. Después se da vuelta para prender el velador y mira todos los remedios, ensimismada.
Se oye un clic pero no es el velador que se apaga, mas bien algo que se enciende en ella, quizás el último chispazo que le devuelva la magia del circo. Un temblor y se levanta. Se viste en puntas de pie, sin hacer ruido. Toma de su escondite los pocos pesos que le quedan. En una bolsa mete todas las pastillas y las deja en el cesto de basura. Se toma un minuto más para mirar desde la puerta del dormitorio, la figura del hombre, que ronca combinando soplidos. Muy despacio, abre la puerta del departamento y sale. Ni un sonido se escucha al cerrarla. Se abotona la campera gastada y con las manos en los bolsillos camina hacia el ascensor y luego se pierde en la noche.

Lilián Cámera

martes, 1 de mayo de 2007

OTRO ANÓNIMO DE LA MANO DE CELIBÉ ...



Mística trasnochada, deja pedacitos de papel y un vago olor a incienso. Entre rezos y altares se hace tiempo para recomendar a sus vecinos lo que les conviene.... Guardaos de su misericordia!

(Ver Pérfil)


Vanesa Aldunate