domingo, 22 de julio de 2007

CLASE 1945


Diet


Era su propio
y único padre
Él lo enterró
Lo juro:
87.000 gramos
de una impenetrable

gelatina.

*************

Siniestra


Mi mano de 11 años de edad, diestra, se estuporiza:
lo que mi amiga de toda la vida, Eufemia
mientras merendamos solos en su casa
tiene y no tiene
son recién cumplidos 13 años
y bombacha

Que lo afirmen los dedos de esa mano:
se le fue la infancia a mi amiga
¡oh, su néctar!
*************

Aprovechamientos

A la tía la asaltábamos en su pieza
cada sábado después del mediodía
sus sobrinos
Púberes, adolescentes
sin adultos en la casa
jugábamos a que era nuestra
a que la tía nos estaba destinada
Aprendimos en ella
nos adiestramos
los dos hermanos y el primito
Estimulada así la tía
casi muda nos daba todo
en su delicado estupor
A su manera aguardaba
y se concedía sus raciones de vértigo
Manuable, dúctil nos complacía
en familia
Mi primo sobreactuaba para no derrumbarse
alardeaba de sádico
y me parece que estaba
caliente con mi hermano
A los tres en fila nos mamaba la tía
La mía se la dejaba más tiempo en la boca
Mi primo se aferraba la suya
él dirigía la batuta
y la descargaba antes que nosotros

Mi hermano fue encontrado
un jueves después de medianoche
sodomizando a la tía
Cegado, papá, el histórico
fornicador de su hermana
los acuchilló
Mi primo y yo nunca recordamos
estando juntos
a esos muertos
Dejó secuelas:
él se hizo striper
y yo
coleccionista y usuario de italianas
suecas, taiwanesas, mucamitas indias
embarazadas africanas, cadavéricas
muñecas inflables.
*************

La Corona complica

Esquivaría las formalidades
como un mortal cualquiera
si no tuviera que adiestrarme para Rey

La enoja mi recelo
a la nueva delfina de Francia
No sabría qué hacer con esa rubia

Prefiero al herrero con el que lucho
Es más fuerte que yo
Y me enseña.

***************
A mi amigo
Inspirado
mi amigo cumple
en mi culo
su misión

mientras en el espejo
del adusto roperito
de mis padres

se incentiva vigilando
su propio
culo.



*************

Comercio


Unas palabritas embaucadoras
en mis encantadoras orejitas

Fugaz el frotamiento en las escaleras del edificio
contigüo a mi escuela

Pongamos que fueron cincuenta
los centavos que acepté aquella noche
veraniega en Liniers

Precoz la eyaculación del pobre transeúnte
o vecino.
*************

Fascino


Los fascino con el tamaño
los alarmo
los reviento

Lo mío es, en ocasiones
-con fajada-
definitivo.
*************

Buen cliente


Expeditivo, lo trabaja

A sus requisitorias
no me presto:
sí me vendo –50 pesos-
por un rato

Indaga mi culo
y obtiene el vencimiento
de su interés.
*************
Márgenes

No puedo
sino
huir

Mi salvoconducto
es un kilo
de esta mierda

La noche
me va a calzar
como un ambo
de confección

En la otra margen
seré también
un soldado.
*************

Quererlo todo


Yo tenía un voraz medio hermano
banquero, financista, en mi última pesadilla
y le reprochaba:

“Vos lo querés todo:
el chiquero interplanetario
los inconmensurables beneficios
la casita en Belgrano
y un vistoso ejército de negros que te abaniquen!”

Y entonces él me regalaba
acallándome
la casita.
***************

Clase 45


Cantando bajo la lluvia de la ducha
soy Sandro
Habiendo yo nacido en Aries
soy tan de fuego como él

Examinados juntos para la colimba
sólo él firmaba autógrafos
en calzoncillos

Pasan las décadas y retiene
a ¡Rosa, Rosa! en los escenarios
pero la más codiciada Rosita de mi barrio
me tiene a mí

Sandro con sus fans
yo con sus discos
Cada cual con su vigencia
y achaques.
************

Esto no puede


Esto no puede estar sucediéndome
acabemos, señores, con esta insurgencia

Esta bella espada medieval
no puede estar atravesándome
de lado a lado
Esta cabeza introducida sin mi autorización
dentro del horno de mi propia cocina a gas
no puede ser la mía
Señores, acabemos con este guión

Esta botellita de Fanta
no puede estarse también introduciendo
en mi anillo anal
¿Qué tiene de jocoso?

Estas tenazas perfectas no pueden estar retorciendo
los verdaderos, únicos dedos
de mis manos.
*************

Daría lo que soy, etc.


Nadie
ha querido jamás
tanto a Analía
como yo la quise
casi

Soy
quien ha batallado inclaudicablemente
en pos de la obtención de las más altas reivindicaciones
casi

Daría mi fortuna
y hasta la propia vida
apenas me las reclamaran
para justas causas
casi

Analía
me ha querido tanto
tanto pero tanto
como yo la quise
casi.
**************

Continentalmente


Lincharon a mi padre
Los ingleses lincharon a mi padre
Todos los ingleses lincharon a mi padre

Raptaron a mis hijos
Los italianos raptaron a mis hijos
Todos los italianos raptaron a mis hijos

Encarcelaron a mis hermanos
Los españoles encarcelaron a mis hermanos
Todos los españoles encarcelaron a mis hermanos

¿Es una provocación?

Difamaron a mis amigos y a mi madre
Los portugueses difamaron a mis amigos y a mi madre
Todos los portugueses difamaron a mis amigos y a mi madre

Ultrajaron a mi esposa
Los alemanes ultrajaron a mi esposa
Todos los alemanes ultrajaron a mi esposa

Me expulsan
Los europeos me expulsan
Todos los europeos me expulsan

¿Por qué no cuajo en el Viejo Mundo?
*************
Rolando Revagliatti
Ver su frondosa producción en:

domingo, 15 de julio de 2007

SALTOS SIN RED



EL TELEVISOR NUEVO



Miró a su marido en éxtasis frente al televisor nuevo, desmesurado, que les había costado poco menos que una hipoteca y por el cual estarían pagando cuotas durante dos años. Los parlantes estereofónicos hacían temblar los vidrios del cristalero heredado de alguna abuela, único mueble con algo de historia en esa casa que había sido su prisión por casi un cuarto de siglo. No necesitaba ver el contenido para describirlo: cinco platos playos y cuatro hondos de lo que había sido un juego para doce personas; tres copitas de licor de color azul y otras dos, verdes; una tetera de porcelana con el pico roto, pero que se negaba a tirar porque le gustaba; ocho copas para vino tinto de distinto tamaño y origen (las de vino blanco hacía rato habían pasado a mejor vida); seis compoteras de vidrio, con florcitas pintadas; una sopera sin la tapa. Algún portarretratos con fotos de chicos, adornos baratos y una mala imitación de un Lladró.
El mueble resumía su vida y cómo le había ido en ella. A ella le hubiera gustado comprar uno nuevo, brilloso, bajito, con cajones y puertitas para preservar el deterioro de la vajilla de miradas indiscretas. O el lavarropas automático, sueño inalcanzable que las puyas maritales habían convertido en entelequia de una mente enfebrecida por la ambición.
Tan ensimismada estaba que su marido tuvo que aullar dos veces pidiendo el mate, antes de que ella se diera cuenta de que le estaba hablando. Se lo alcanzó y él tanteó el aire para agarrarlo, sin despegar los ojos de la pantalla monstruosa que transmitía la previa al partido.
- Está frío,- se lo devolvió brusco.
- Bueno, voy a calentar el agua. De paso le cambio la yerba.
El gruñó y se acomodó en el sofá veterano de varias campañas. También podrían haber comprado un juego de sillones. No muy grande, claro, porque no entraba, pero un sofá chiquito y dos silloncitos lindos con tapizado floreado, como había visto en la mueblería de la avenida. ¿Hacía falta un televisor nuevo, tan grande? Él se había puesto furioso. ¡Ella no entendía nada, nada!
- ¡El mundial se juega cada cuatro años y la tipa quiere verlo en un televisorcito de mierda!
La discusión había ido subiendo de tono hasta el clímax habitual. Ella se había quedado en casa con hielo en el ojo y él se había ido a la casa de artículos del hogar a comprarse el televisor. Ni siquiera esperó a que se lo mandaran y contrató un flete para traer al monstruo. Bajarlo de la camioneta junto con el fletero renuente que se quejaba de una hernia adquirida con el sudor de su frente fue una hazaña homérica. Había tenido que dejarlo en medio del piso del comedor porque la agitación le había ganado la cuerda y resollaba como un buey cuando se desparramó en el sofá desvencijado.
Le había pedido la sublingual a los gritos y ella había corrido solícita, con la tirita de pastillas. Él tomó una y después otra, y ella se asustó. Le preguntó si se sentía bien y él le contestó que no le rompiera las pelotas y lo ayudara a acomodar el televisor, ¡lechuza de mierda! Ella corrió a sacar el aparato viejo y de miserables veinte pulgadas, esquivando hábilmente el tortazo.
Desembalaron la maravilla de la tecnología y la pusieron en la mesita del televisor defenestrado; la pobrecita asomaba penosamente ridícula debajo de la mole faraónica. En un gesto de generosidad, él le dijo que podía llevarse la tele vieja al dormitorio. Así no lo jodía con los partidos, ¡lechuza! Las cajas del embalaje quedaron en un rincón a modo de monumento a la basura generada por la tecnología moderna.
En la cocina, cambió la yerba al mate y puso agua fresca en la pava. Mientras esperaba, revisó las cajas de medicamentos alineadas en la mesada. El hipotensor, el betabloqueante, la sublingual, el miorrelajante, el sedante. En un rinconcito de la alacena, escondidos detrás de la lata de pan rallado, estaban sus antidepresivos. Si él se enteraba de que los estaba tomando, la molía a palos. ¿Para qué mierda los quería? Si estaba más sana que un toro. “O que una vaca, je”, se burlaba. Los tomaba para joderle la vida, porque le gustaba estar enferma y no sabía de qué y entonces inventaba. Sufrir del corazón, eso era estar enfermo, se enorgullecía. Y que revisara bien la fecha de vencimiento, como le había dicho el cardiólogo, que ella era medio pelotuda y por ahí le daba un comprimido pasado. "Un medicamento vencido no tiene efectos terapéuticos, así que fíjese bien cuando los compre, señora". Obediente, ella siempre revisaba las fechas. Hasta las anotaba, para no equivocarse.
- ¿Y…?¿El mate? ¡Dale que está por empezar!
- Ya voy.
Rezó un padrenuestro, dos, tres. El himno nacional brotó triunfal por los parlantes estereofónicos, ella se persignó y apagó la hornalla. Delante del televisor, él estaba de pie, tembloroso, mientras modulaba hipnótico las estrofas patrias. Ella se asombró de los milagros que conseguía el fútbol y por las dudas se quedó parada, no fuera cosa de ligar un sopapo por falta de fervor patriótico-futbolero.
El primer tiempo transcurrió sin más sobresaltos que los que generaba el relator, ansioso por un poco de emoción en un partido semejante.
- ¡Es la final, muchachos, vamos, pongan sangre, pongan garra, carajo!- su marido se desgañitaba como un poseso-. ¡Metan pata, la puta que los parió, maricones!
Ella no se atrevía a mirar y cebaba mate con la cabeza gacha.
Casi a los cuarenta y cinco minutos, después de una gambeta magistral, la pelota pasó a medio centímetro del travesaño. El público del estadio rugió, el relator estuvo a punto de ahogarse de la emoción y su marido saltó del sofá gritando el gol que no había sido e insultando a todos los familiares, amigos y deudos del jugador en cuestión. Cuando se sentó, jadeaba y se agarraba el costado izquierdo.
- ¡Qué pedazo de hijo de puta, podés creer, errarle así, así!- y separaba el pulgar y el índice derechos un centímetro. - ¡Así, así!- seguía gritando, pero no se soltaba el costado izquierdo. Ella desvió la mirada. No quería que él leyera en sus ojos y se fue a la cocina con el pretexto de traer los bizcochitos.
- ¿Caliento más agua?
- No, que me dan ganas de mear y me va a agarrar el segundo tiempo.
- Bueno. Me voy a hacer un té.
Preparó la taza de té con parsimonia mientras murmuraba otro padrenuestro. Dudaba si acompañarlo con un avemaría cuando lo escuchó salir del baño. Seguro que ni había levantado la tapa. Se asomó para verificar la presencia de las gotitas delatoras y descargó el tanque para que se llevara la evidencia.
Volvió a su puesto con la taza de té y la bolsa de bizcochitos en el momento en que el árbitro daba inicio al segundo tiempo. Los bizcochitos desaparecían con progresión aritmética y las puteadas crecían con progresión geométrica a medida que pasaban los minutos y no había señales de actitud goleadora por parte de la selección blanquiceleste.
A los treinta y tres minutos, un Aquiles nativo, un cruzado, un Galahad, inscribió su nombre en la gloria con un gol. La pantalla del televisor se cubrió de papelitos, el barrio entero estalló en un único clamor y su marido saltó encima del sofá para gritar mejor, más alto, más lejos, mientras se agarraba el costado izquierdo con las dos manos.
- Sentáte que te va a hacer mal.
- ¡Calláte, lechuza de mierda! ¡Andáte a la cocina, querés!
La prudencia aconsejaba retroceder y así lo hizo, pero se quedó en el comedor, vigilante. A los cuarenta y cinco minutos treinta segundos, un gol de los contrarios planchó las esperanzas de treinta y ocho millones de argentinos desesperados por ser los primeros del mundo en algo más que inflación, corrupción y desempleo.
-No lo puedo creer, no lo puedo creer - , murmuraba su marido en una letanía de sufrimiento agónico.- Qué manga de pelotudos, pero dónde estaba ese arquero de mierda, no lo puedo creer, no lo puedo creer...
El árbitro, implacable, adamantino, pitó el final del partido y el inicio de la segunda parte de la sesión de tortura. Dos tiempos de quince minutos y si no había definición, los penales. La posibilidad de los penales la hizo estremecer y sintió que el sudor le brotaba frío de las axilas y la espalda.
- ¿Querés que te haga un tecito?
Él la miró asesino y durante un parpadeo, ella creyó que se soltaría el costado para tirarle una piña.
- No. Hacé un café. Dale, antes que empiece el alargue.
No le dijo que el café lo pondría más nervioso. Tampoco le recordó que el cardiólogo se lo había prohibido. ¿Para qué? No tenía ganas de irse a la cama con los huesos apaleados y no poder dormir por el dolor.
- ¿Le pusiste azúcar? - preguntó él cuando le alcanzó la taza.
- Dos cucharadas.
El primer tiempo del alargue transcurrió entre ansiedades, gritos y puteadas y sin goles, igualito al segundo. Las patadas parecían calcadas y los expulsados, uno para cada equipo, también.
- ¡Se vienen los penales!- anunció el relator con voz estrangulada por la emoción.
Ella lo espió sin levantar demasiado la cabeza para que él no se diera cuenta: estaba rojo; la vena de la frente le culebreaba desde el nacimiento de la pelambre exigua hasta las cejas tupidas; el cuello de toro estaba hinchado y violáceo y por la camisa entreabierta asomaban los pelos ralos y blancos del pecho, que se agitaba brilloso de transpiración. Casi cedió al impulso de preguntarle cómo se sentía y si no quería la sublingual, pero su instinto de supervivencia le cerró la boca y la mantuvo sentada y quietecita en su lugar.
Para no tentarse, clavó la mirada en el piso de parquet desparejo y astillado, repasando el lustre desvahído y los agujeros del plastificado. Podríamos haber pulido el piso y arreglado las sillas del comedor con lo que gastamos en ese televisor. Y encima hubiera sobrado plata. La voz seca del relator le informó que del otro lado del planeta festejaban "su" primer penal. Quién sabe, podríamos haber pintado. Apretó los dientes para no largarse a llorar. Tres minutos después, todos sus pensamientos decorativos quedaron ahogados por los festejos del primer penal argentino. Otro penal convertido, otro alarido cósmico. Y el tercero. De "ellos" y de los "otros". Tres a tres y faltan dos, contabilizó. No quería mirar y se fue a la cocina. Se obró el milagro: los "otros" erraron el tiro.
- ¡Dios es argentino, carajo, vamos todavía!- él resoplaba y ella se escondió detrás de un vaso de agua. El grito de desesperación la hizo salpicarse. Se asomó justito para verlo llorar, putear y retorcerse de rabia y de dolor.
- ¡Ese pelotudo erró el penal, podés creer, no, si es un paralítico hijo de mil putas, habría que cortarle las piernas, es increíble!
Lo vio vacilar, frotarse el brazo y el hombro izquierdos, pararse y volver a sentarse, abrir la boca en una mueca sardónica, con los tendones del cuello estirados como elásticos a punto de romperse. El vaso de agua le tembló en la mano. Los "otros" se preparaban para el quinto penal. El arquero argentino voló hacia el ángulo exacto en el momento preciso, como un ángel, y detuvo el objeto infernal, anatemizando el gol.
- ¡Qué grande que sos, papá! ¡Sos Dios, maestro, ídolo, te van a hacer un monumento!- pero él ya no tenía más voz y las palabras le siseaban entre los dientes. Ella no podía, no quería mirar y cerró los ojos muy fuerte, hasta que vio estrellitas.
Entonces, el universo se llenó de voces que gritaron el gol. El último, el único, el que los consagraba campeones indiscutidos e indiscutibles y les compraba la gloria hasta el siguiente campeonato. Abrió los ojos para ver que ese gol también le compraba la libertad. En la pantalla y en la calle, nevaban papelitos. Los bocinazos los oyó a través de una muralla de algodones. Él la miró por primera vez desde que comenzara el partido y ella le vio la muerte en los ojos enormes, en la boca abierta y muda; en las manos que agarraban el costado izquierdo inútil y traidor. Él intentó levantarse pero se escurrió de cara al suelo con un ruido blando. Una mancha comenzó a oscurecerle los pantalones gastados y el parquet.
Sin atreverse a respirar, ella se acercó despacio. Se agachó y le puso dos dedos en el cuello; después corrió hasta el teléfono y llamó al SAME.
Los hombres de verde se miraron y negaron con la cabeza.
- No hay nada que hacer- dijo uno y enarcó las cejas.
- ¿Estaba tomando alguna medicación?- preguntó el otro y ella le contestó que sí y le llevó todas las cajitas de medicamentos.
- Ah, bueno, el hombre tenía un cuadro severo.
- Y sí, doctor, hace ya como seis años que se trata. Que se trataba, bueno- y aguantó un sollozo.
- Quédese tranquila, señora. No sufrió nada.
- No, claro, los que sufrimos somos los que nos quedamos- murmuró mirando el televisor indiferente y bestial, que transmitía la alegría de los restantes casi treinta y ocho millones de habitantes. Los hombres de verde fueron gentiles: le hicieron el certificado de defunción - “causa de la muerte, infarto masivo de miocardio”-, y la ayudaron a llamar a una empresa de pompas fúnebres. Una vecina la acompañó a hacer los trámites.
Dos días después del entierro, regaló la ropa de él. Sacó todos los comprimidos de las cajitas de medicamentos, los tiró al inodoro, hizo correr el agua dos veces y bajó la tapa. En la alacena, atrás del tarro del pan rallado, escondidas con los antidepresivos, estaban las tiras de comprimidos nuevos y sin abrir, compradas en la farmacia de la otra cuadra a lo largo del último año. También las tiró, aunque le dio pena, porque alguien que las necesitara podría haberlas aprovechado.
Después, llamó a la casa de electrodomésticos para negociar el cambio del televisor por un lavarropas. No muy grande, total era para ella sola.


Mónica Sacco


Ha publicado una novela "La Grieta Mínima"
y en Transdisciplina Creativa se puede seguir la saga en capítulos
de "El Folletín del Crimen Triste" y acceder a otros cuentos de
la autora









sábado, 7 de julio de 2007

CANTO DESDE LA FRONTERA




OTOÑO SECRETO


Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y la tristeza ha sido un anillo perdido bajo nieve,
y el recuerdo una falsa esperanza de mendigo,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.

Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada por la turbia
memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer:
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.



De Para ángeles y gorriones, 1956



PAISAJE DE CLINICA

A Rolando Cárdenas

Ha llegado el tiempo
En que los poetas residentes
Escriban acrósticos
A las hermanas de los maníaco-depresivos
Y a las telefonistas.

Los alcohólicos en receso
Miran el primer volantín
Elevado por el joven psicópata.

Sólo un loco rematado
Descendiente de alemanes
Tiene permiso para ir a comprar "El Mercurio".

Tratemos de descifrar
Los mensajes clandestinos
Que una bandada de tordos
Viene a transmitir a los almendros
Que traspasan los alambres de púa.

William Gray, marino escocés,
Pasado su quinto delirium
Nos dice que fue peor el que sufrió en el Golfo Pérsico
Y recita a Robert Burns
Mientras el "Clanmore", su barco, ya está en Tocopilla.

Ha llegado el tiempo
En que de nuevo se obedece a las campanas
Y es bueno comprar coca-cola
A los Hermanos Hospitalarios.

El Pintor no cree
En los tréboles de cuatro hojas
Y planea su próximo suicidio
Heborizando entre yuyos donde espera hallar cannabis
Para enviarla como tarjeta de Pascua
A los parientes que lo encerraron.

Los caballos aran preparando el barbecho.
En labor-terapia
Los mongólicos comen envases de clorpromazina.

Saludo a los amigos muertos de cirrosis
Que me alargan la punta florida de las yemas
De la avenida de los ciruelos.

La Virgen del Carmen
Con su sonrisa de yeso azul
Contempla a su ahijado
Que con los nudillos rotos
Dormita al sol atiborrado de Valium 10.

(En el Reino de los Cielos
Todos los médicos serán dados de baja).

Aquí por fin puedes tener
Un calendario con todos los días
Marcados de rojo
O de blanco.

Es la hora de dormir -oh abandonado-
Que junto al inevitable crucifijo de la cabecera
Velen por nosotros
Nuestra Señora la Apomorfina
Nuestro Señor el Antabus
El Mogadón, el Pentotal, el Electroshock.

De Para un pueblo fantasma, 1978


AHORA QUE DE NUEVO


Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
enemigo de los vagos y los ebrios,
el viento los arrastra como a las hojas del diario de la tarde
y los deja fuera de las Hospederías,
los hace entrar a escondidas a dormir hasta en los confesionarios.

Conozco esas madrugadas
donde buscas a un desconocido y un conocido te busca
sin que nadie llegue a encontrarse
y los radiopatrullas aúllan amenazantes
y el Teniente de Guardia espera con su bigotito de aprendiz de nazi
a quienes sufrirán la resaca por no pagar la multa.

Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
pienso en escribir
sobre los areneros amenazados por la creciente
sobre un reo meditabundo
que va silbando una canción,
sobre las calles del barrio
donde los muchachos hostiles al forastero buscan las monedas para el flipper
y los dueños del almacén de la esquina
esperan entumecidos al último cliente,
mientras en el clandestino
los parroquianos no terminan nunca su partida de dominó.

Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
pienso que debe estar lloviendo en la Frontera.
sobre los castillos de madera,
sobre los perros encadenados,
sobre los últimos trenes al ramal.
Y vivo de nuevo
junto a Pan de Knunt Hamsun lleno de fría luz nórdica y exactos gritos de aves acuáticas,
veo a Block errando por San Peterburgo contemplado por el jinete de Bronce
y saludo a Sharp, a Dampier y a Ringrose jugándose en Juan Fernández el botín robado en la Serena.

Me han llegado poemas de amigos de provincia
hablando de una gaviota muerta sobre el techo de la casa
del rincón más oscuro de una estrella lejana
de navíos roncos de mojarse los dedos.

Y pienso frente a una chimenea que no encenderé
en largas conversaciones junto a las cocinas económicas
y en los hermanos despojados de sus casas y dispersos por todo el mundo huyendo de los Ogros
esos hermanos que han llegado a ser mis hermanos
y ahora espero para encender el fuego.


De Cartas para reinas de otras primaveras, 1985.


TÚ QUE DE LA NADA SABES MÁS QUE LOS MUERTOS


"Tú que de la nada sabes más que los muertos"
Tú que temblabas sobre el papel en blanco
Acuérdate de mí que ya no llevo archivos.

Acuérdate de mí que ya no llevo archivos
Ni me conmueven estas líneas que escribo
Ni el vuelo de las golondrinas cada vez más oscuro
Y que no cambiaría por un oro invencible.

Tú que tiemblas sobre el papel en blanco
Acuérdate de mí que escribo cuando me da la gana
Y que no he renegado de una sola palabra
Y no espero oír el canto de los Tripulantes.

He encontrado la nada en unos brazos desnudos
He encontrado la nada en el llanto de un recién nacido
He encontrado la nada en flippers y museos
"Tú que de la nada sabes más que los muertos"


De El molino y la higuera, 1993

HERMANA

Vivo en la apariencia de un mundo
Tú no sabes ni puedes saberlo
Tú no puedes conocer a mi hermana.
Yo mismo apenas la conozco
Porque murió antes de que yo naciera
Y esa llaga adelantó mi llegada.
Por eso crecí antes de lo debido
Y la primavera es una rápida hojarasca
Y el verano un congelado reloj de arena
Ya sólo puedo yacer en el lecho de mi hermana muerta.
El vacío de mi hermana me sigue cada día.
Cuando yo muera habré muerto antes de su muerte

De Cartas para reinas de otras primaveras, 1985


DÍAS DE OCIO EN LA CIUDAD QUE FUE

Nadie me entiende sino el Gato Pedro
Le daré una botas para que llegue a la Ciudad que Fue
Y deje de dormir frente a la chimenea que en el Molino encienden en pleno verano
En el Sur Profundo tendrá que cazar ratones
Y vivir con colores propios
Mientras yo voy al cementerio
Del brazo de la hija del capitán del Puerto
Donde hace cuarenta años que no pasa ninguna nave
El tontito del pueblo me pregunta si yo soy poeta
Y yo le recito "Asteroides" de Pedro Antonio González
Todos creen que yo lo escribí
Y firmo autógrafos para los hijos de los parroquianos
Ya no hay barcos
Ya no hay trenes
Los diarios de la Capital llegan al día siguiente de su aparición
Le regalé al Cura Párroco
"La Mente Drogada. Cómo Librarse de las Dependencias"
De los doctores Hudgson y Miller
Mientras un niño echa anilina a la pila del agua bendita
Que Nuestro Señor me libre del trabajo
Sólo quiero que se abran para mí las puertas de marfil del ocio
Y yo quiero que esto no sea un poema
Sino una página en blanco.



De En el mudo corazón del bosque, 1997

Jorge Teillier

(1935-1996)

domingo, 1 de julio de 2007

EL PADRE Y LA PIEDRA EN EL ZAPATO

(Foto Otto Plath)



Daddy
Ya no me quedas no me calzas más
zapato negro, nunca más.
Allí dentro vivía como un pie
durante treintaitantos años, pobre y blanca,
sin atreverme a respirar ni decir achú.
Papacito he tenido que liquidarte.
Estabas muerto antes de que hubiese tenido tiempo
Pesado como mármol, talega llena de Dios,
estatua lúgubre una sola pezuña parda
Grande como un sello de San Francisco.
Una sola cabeza sobre el caprichoso Atlántico
Donde derrama granos verdes sobre el azul
Aguas afuera de la hermosa Nauset.
Me acostumbré a rezar para que volvieras.
Ach, du.
En la lengua alemana, en el pueblo polaco,
Raídos, nivelados por la aplanadora
De las guerras, las guerras, las guerras.
Pero el nombre del pueblo no es extraño.
Dice mi amigo el polaco.
Que hay más de una docena
De modo que no puedo acertar dónde
Tú pusiste la planta, tu raíz,
Yo nunca pude hablarte
Se me pegaba la lengua al paladar.
Se trabó en una trampa alambrada de púas
Ich, ich, yo, yo.
Apenas si podía hablar,
Creía que todo alemán eras tú
Y el obsceno lenguaje
Una máquina, era una máquina
Insultándome como a una judía.
Otro judío a Dachau, Auschwitz, Belsen.
Como judía empecé a hablar
Y pienso que muy bien judía puedo ser.
Las nieves del Tirol, la cerveza de Viena
No son tan puras ni tan auténticas.
Con mi linaje gitano y mi extraña suerte
Y mi mazo de Tarot, mis cartas de Tarot
Muy bien puedo ser algo judía.
Siempre te he tenido a ti
Con tu Luftwaffe, con tu glugluglú,
Y tu recortado bigote
Y tu ojo ario, azul celeste.
Hombre-panzer. Oh, tú...
No Dios, sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podría cernirse.
Toda mujer adora a un fascista,
la bota en la cara, el brutal
brutal corazón de una bestia como tú.
De pie estás en la pizarra, papi,
En la fotografía que tengo de ti,
Una hendidura en la barbilla
En vez de en tu pie.
Pero no menos demonio por eso, no,
No menos que el hombre de negro.
Qué puso freno a mi lindo y rojo corazón
Tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté morir
Y regresé, regresé a ti
Pensé que hasta mis huesos volverían también.
Pero me sacaron de la talega
Y me reconstruyeron con goma.
Y entonces supe qué hacer.
Hice un modelo de ti.
Un hombre de negro con aire de Meinkampf.
Amante del tormento y la deformación
Yo dije sí, sí quiero.
Así, papito, he terminado al fin.
El teléfono se arrancó de raíz,
Las voces ya no pueden carcomerme más.
He matado a un hombre, he matado a dos
Al vampiro que dijo ser tú
Y bebió de mi sangre todo un año,
Siete años si quieres enterarte,
Papito, puedes descansar en paz ahora.
Hay una estaca en tu negro, burdo corazón,
A los aldeanos nunca les gustaste.
Están bailando y zapateando sobre ti,
siempre supieron que eras tú
Papito, papito: escúchame bastardo, acabada estoy.


Sylvia Plath

sábado, 30 de junio de 2007

" Y ES MENESTER PREGUNTAR AL CIELO"

(Foto gentileza Miriam Bercovich)





Oh vosotras, voces del destino, oh caminos del viajero
pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes;
muchas son recuerdos. Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, desde asolaciones, tentaciones de los santos
pues inicialmente se ha configurado la obra
sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura y el cielo ancho, claro velo en seguida
apareciendo cantan nubes de cánticos.
Pues firme es el ombligo
de la tierra. Captadas en efecto en orillas de hierba están
las llamas y los universales
elementos. Pura meditación sin embargo arriba vive el éter. Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.
[Pero como el cortejo
a la boda,]
a lo escaso también puede llegar
un gran comienzo.
Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su rostro
y cubre los párpados con arte.
Y aire y tiempo cubren
lo espantable, para que ni uno demasiado
lo ame con oraciones o
el alma. Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu
con más comunidad se una a los hombres.

*

Dulce es, entonces, bajo altas sombras de árboles
y colinas habitar, soleados, donde está
pavimentado el camino a la iglesia.
Pero a los viajeros, a quienes
por amor a la vida, midiendo, sin embargo,
obedecen los pies, florecen
más bellos los caminos, donde la tierra

*


Reposo pleno. Rojo de oro. Y la nervadura resuena
del arenoso globo terráqueo en la obra de Dios
arquitectura explícita, verde noche
y espíritu, la ordenación de las columnas, realmente
según la total pertenencia, junto con el centro,
y brillantes

*

pues en el azul, escuela [de los ojos]
de lejos, en el tumulto del cielo
resuena como el canto del mirlo
la [segura] serena disposición de las nubes bien
dispuesta por la existencia de Dios, la tormenta.

*

... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...

*
Como el pellejo del tambor golpeado repercute tronando a su modo con los golpes
de los palillos, así ante los golpes del rayo y de las «flechas de la lluvia»,

*

Siempre, ¡ amada! va
la tierra y sostiene el cielo.

*
¿A dónde va la tierra y por qué caminos?

*
... Donde allá arriba
resonando, como piel de ternera
la tierra, ...
... sigue grandes leyes, la ciencia
y la ternura ...

*
Pero cuando los celestiales han
edificado, está en paz
en la tierra, y bien conformadas se yerguen
las montañas alcanzadas.


No de hoy, pues, y de ayer, sino durante siempre y siempre
se levanta (la indicación) y nadie ha mirado
allá de donde llegó a aparecer a la luz.

*

Celeste amor! ¡ Tierno! ¡ si de ti
me olvidara, si, oh vosotras, conformes al destino,
oh fogosas, que estáis llenas de ceniza y
baldías y solitarias además ya,
oh vosotras, queridas islas, ojos del mundo de las maravillas!
Pues de vosotras me importa ahora solamente ...

*

... y el cielo, en lo ancho, claro velo, después
apareciendo cantan nubes de cánticos.

*
Y llamadas, como mirar afuera, hacia
la inmortalidad y los héroes ...

*

Pues demasiado agradecidos los santos han
servido allí en días de belleza y
los irascibles héroes

Cuanto más es uno
invisible, se destina a lo extraño.

*
Y es menester
preguntar al cielo

*

Pero todos los días maravillosamente por amor a los hombres
Dios lleva una vestidura.
Y a los conocimientos se oculta su, rostro
y cubre los párpados con arte.

*

ahuecado desde lo hondo
edificado de arriba abajo.

*

Pues hace ya mucho obran
las nubes hacia abajo
y echa raíz, preparando mucho, santa selva.
Ardiente es la riqueza. Pues falta
el cántico, que desata el espíritu.
Consumiría
y estaría contra sí mismo,
pues nunca consiente
la cautividad del fuego celeste.

*

... Pura meditación, empero, vive arriba el éter.
Pero plateada
en días puros
es la luz. Como signo del amor
violeta la tierra.

*

Pero cuando se ha encendido
el día ocupado
y pura la luz y ebrios
los celestiales están
de lo verdadero, de modo que cada cosa
sea como es,

*

Qué es la vida de los hombres una imagen de la divinidad.
Como bajo el cielo vagan los terrestres todos, ven
a éste. Pero leyendo casi como
en una escritura, imitan la infinitud y 1a riqueza los hombres. ¿Es pues rico
el sencillo cielo? Como flores son, en efecto,
las nubes plateadas. Pero de ellas llueve
el rocío y la humedad. Pero cuando
se extingue el azul, lo sencillo, parece
lo mate, semejante a la piedra de mármol, como mineral,
indicación de la riqueza.

*

Pero ahora florece
en pobre lugar.
Y maravillosamente grande quiere
Erguirse


*
... Pues hace mucho ya que está abierta
como hojas, para aprender, o líneas y ángulos
la Naturaleza
y más amarillos los soles y las lunas,
pero a veces
cuando quiere surgir la vieja formación
de la tierra, esto es, en historias,
convertida, animosamente combatiendo, como a cimas lleva
Dios la tierra. Pasos desmesurados
sin embargo limita él, pero como floraciones de oro se reúnen
las fuerzas del alma, entonces, las afinidades del alma,
para que mejor en la tierra
habite la belleza y algún espíritu con más comunidad se una a los hombres.

*
Pero es difícil
en lo grande conservar lo grande.


Friedrich Hölderlin
(Fragmentos extraídos de Hölderlin El Cielo y la Tierra de M. Heidegger)

jueves, 21 de junio de 2007

EXPIACION DE LA NOCHE




TAROT

Pero habías sido tú mismo quien pidiera ese lance de barajas, en una casa extraña. Y ellas cayeron como piedras: estaban la Papisa y la carta de la muerte, y el amor en ese lugar entre las dos que nunca sabrías alcanzar


***




Una noche de octubre se hiela el rocío sobre la hierba y queda una fina capa de hielo en las carreteras como cuando una estrella de otoño de repente se hace añicos.
Stein Mehren: Tarde otoñal (1981)


A LA SOMBRA DEL TIEMPO


Gira y gira, lenta luz a la sombra del tiempo,
gira y vuelve a ser una copia de ti misma,
vuelve como arremolinada rosa, sobre tí misma
vuelve y en tu viaje circular apenas eso, y sólo
preserva cierto instante al borde del agua clara;


sólo esta marca de sol de las horas que cubren
la herida celeste: donde sangra el costado negro
de la Historia, y ha sangrado, y nada deja de sí.
Dame una máscara blanca y la boda del cuchillo:
ahora mismo, antes que sea invierno, silencio, nada.




***
IN ABSENTIA

Padre nuestro que estás en tu sitio
de un cielo remoto, a tantos años luz
de la sangre disuelta en el polvo
de las herrumbrosas alianzas de ayer,
de la historia escanciada en pesadas
copas de uranio por gentes sin casa.


Padre de una podrida especie de simios
que cortaran en pedazos la raíz de sus ramas
y estrecharon a las putas en el templo
y elevan ahora sus himnos al oscuro
dueño de las llaves de tu reino yacente,
borroso bajo las estrellas, tan fuera del mundo.


Ni pescado ni barca, ni la sola multiplicación
de los dones se recuerdan aquí, ni la sombra
oscilante que proyecta el ojo apagado del sol.
Y arde la zarza de Irak con petróleo encendido,
los fuegos de Palestina como líneas de tu mano:
y ya nadie te lee el destino en las cartas, in absentia.


Alejandro Drewes

Buenos Aires (1963). Poeta, crítico y traductor

Moderador del Foro literario Azulypalabras. azulypalabras@yahoogroups.com
Moderador del Foro literario AERA.
Coordinador de lecturas poéticas mensuales del grupo AERA en la S.A.D.E., con Silvia Long-Ohni.
Miembro de la World Poets Society
Editor responsable de la revista AERA. www.AERArevistadepoesia.yahoogroups.com
Miembro del staff en Argentina de la revista internacional de arte y literatura Francachela

miércoles, 20 de junio de 2007

VIERNES



VIERNES


“El deber del escritor, del poeta, no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto, un libro, una revista de donde nunca más saldrá, sino por el contrario, salir fuera para sacudir, para atacar al espíritu público, de lo contrario ¿para qué sirve? ¿Y por qué ha nacido?

Antonin Artaud.


“La poesía es violencia contra el uso cristalizado de la lengua”

Jacques Lacan.


Cada vez es más firme mi convicción de que ciertos sucesos nos abren a dimensiones insospechadas. La lógica previsible y cotidiana no es compacta: a veces tropezamos con una grieta, para alegría de nuestras fuerzas domesticadas.
Un corte de luz en una institución literaria encendió la chispa. Ante el desconcierto de los poetas, alguien propuso trasladarse a un café cercano, y realizar allí la lectura de poesía programada para ese viernes.
Desde la puerta, el Melody me resultó sospechoso. Las mesas vacías en un bar pequeño, la estética del nombre, en fin...
Después de algunos cabildeos, entramos. La camarera agrupó las mesas con desgano y los poetas se sentaron. Los mayores juntos, algún adolescente en el medio y en otra mesa, el grupo de mediana edad.
Las señoras elegantemente vestidas rodearon a la Poeta Mayor, quien luego de una breve presentación, comenzó su lectura. Desafortunadamente, eligió en primer lugar el prólogo de uno de sus libros, plagado de elogios. Este hecho dejó atónito al resto de los asistentes: ¿quién osaría admitir, ante tantas alabanzas, su aburrimiento?
La camarera iba y venía con los pedidos, apoyando sobre la mesa vasos y tazas con una delicadeza ausente. Alguien le sugirió la posibilidad de bajar la música, hasta entonces apenas un sonido entre las bocinas y el rumor de los autos en la calle.
Pero el sonido subió, revelándose como una auténtica FM con comentarios y publicidad intercalados. Fue entonces que la máquina de café entró en escena. Un ruido insoportable se incorporó al ambiente, y empezaron algunos cuchicheos.
A todo esto, la Poeta Mayor se deleitaba con su propia voz, en un mundo cerrado donde sólo ella estaba. De mala gana cedió su lugar a una chica que leyó, con voz entonada, unos poemas que parecían buenos, si no fuera porque apenas se escuchaban.
La provocación era inocultable. El sonido de la radio había subido dos tonos, y la máquina de café era prendida a intervalos regulares (cada minuto, aproximadamente).
Las caras se iban enrojeciendo. Entre el dueño del bar y la camarera las miradas eran cómplices.
Vino el turno de Javier. “A pesar del contexto irrespetuoso, voy a tratar de hacerme oír”- anticipó de entrada, y su voz se elevó sobre el ruido imperante como una bandera.
Sentí un placer inmenso. “El grito de Artaud” – pensé un segundo.
A partir de ese momento, los hechos se precipitaron. Desde la única mesa ocupada en el fondo se levantó una mujer y se dirigió hacia la puerta, intentando salir. La silla de Javier se lo impidió. El dueño del bar, desencajado y vulgar, se desgañitaba: “¡Señor, señor!”.
Pero la puerta no se abría.¿Sordera, contra-provocación?. Poco importaba. Javier seguía gritando su bello poema, y un aire de triunfo flotaba entre las mesas del Melody.
Recuperando la voz, los poetas se levantaron, desafiantes. Con una velocidad inusitada, se arrojaron sobre el dueño del bar, quien se defendía vociferando...
Algún cenicero voló, quizá una servilleta. Javier se levantó con una sonrisa, en medio de la confusión general.
Entre indignada y divertida, salí a la calle con los otros. Se había producido un acontecimiento. El orden público había sido quebrado, por fin. Llegué a pensar, parafraseando a Lacan, que la poesía también es violencia contra el uso cristalizado... de los bares.
Iluminando la escena, la luna se abría paso en el cielo de noviembre. Algunos de nosotros, Javier a la cabeza, enfilamos hacia una plaza cercana.
Uno a uno leímos los poemas, bajo los árboles de una noche hospitalaria.


Liliana Piñeiro.

viernes, 8 de junio de 2007

LA BALADA DE LA TRAIDORA SOLITARIA








ANNE GRAY HARVEY (ANNE SEXTON)
Estados Unidos, Massachusetts (1928-1974)


Deseando morir
Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,he poseído al enemigo, comido al enemigo, he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,más tibia que el aceite o el agua,he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año, para reparar delicadamente una vieja herida, para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

Los bombarderos

Nosotros somos América.
Somos los que rellenan los ataúdes.
Somos los tenderos de la muerte.
Los envolvemos como si fuesen coliflores
La bomba se abre como una caja de zapatos.
¿Y el niño?El niño decididamente no bosteza.
¿Y la mujer?La mujer lava su corazón.
Se lo han arrancado
y se lo han quemado y como último actolo enjuaga en el río.
Este es el mercado de la muerte.
¿Dónde están tus méritos, América?

La música se desliza hacia mí

Espere señor. ¿Para qué lado queda casa?
Ellos apagaron la luz
Y la sombra se mueve en la esquina.
No hay señales en este cuarto,
Cuatro mujeres, de más de ochenta,
Cada una con pañales.La la la, oh… la música se desliza hacia mí,
Y puedo sentir la melodía que tocaban
La noche en que me dejaron
En este instituto privado sobre la colina.
Imagínenlo. Una radio sonando
Y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
Y, de una manera divertida
La música ve más que yo.
Quiero decir que se acuerda mejor;
Recuerda la primer noche aquí.
Estaba el sofocante frío de Noviembre,
Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo
Y esa luna demasiado brillante,
Pasando a través de los barrotes para pegarme
Con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.
Me atan a esta silla a las 8 A.M.
Y no hay señales que indiquen el camino,
Sólo la radio, sonando para ella misma
Y la canción que recuerda
Más que yo. Oh, la la la
Esta música se desliza hacia mí.
La noche en que llegué bailé en un círculo
Y no tuve miedo.¿Señor?

PERDIDOS EN LA NOCHE


MONÓLOGO DE EURIDICE


quisiera encantarme una vez más en las melodías de tu
condenada lira
pero todo lo que digo y hago me excede está mas allá
no deja de no decirme no cesa de no escribirme a cada
instante
nada hay que me circunscriba
nada
que me limite o delimite
apenas
algo de buen dolor, perdición y magia de antaño


¿como sostendré entre mis brazos las dimensiones
de esta sombra que soy
que fui
que fuimos
todo esto que aún tiembla
entre nosotros convocando el mito y la leyenda?

Javier Galarza


jueves, 7 de junio de 2007

ARTAUD: VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD



Introducción

Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno. Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra. Es así como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmación -la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que presunta nobleza, de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado. Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad. Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban. Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad. No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III. Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación. Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh. Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados. En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción. Conozco uno que se rebeló, hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes crápulas y embaucadores patentados al que pertenecía. En lo que me a mí respecta, señor Artaud -me decía- no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba para fundamentar su acusación. No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., como prueba; lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo. Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo. A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien. Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho. En el curso de esas sacudidas orgánicas internas, ha adquirido usted cierta propensión que es testimonio encarnado de un estupro inmundo, que usted cultiva de año en año, cada vez más, porque socialmente hablando, no cae bajo la férula de la ley, pero cae bajo la férula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar. Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro estrangula con su innoble sexualidad. Y ése es, precisamente, el plano en el que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un serafín ni una virgen, porque son precisamente ellos los que han fomentado y alimentado en sus orígenes la gran máquina del pecado. Por otra parte, quizás pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos, el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de la locura que, por otra parte, sólo se origina en el pecado. Y conste que no creo en el pecado católico, pero creo en el crimen erótico del que justamente todos los genios de la tierra, los auténticos alienados de los asilos, se han abstenido, o, en caso contrario, es porque no eran (auténticamente) alienados. ¿Qué se entiende por auténtico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en un sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano. Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar. Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente. Así es como con motivo de la guerra, de una revolución, de un cataclismo social todavía en germen, la conciencia unánime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio. También puede suceder que se le haya incitado a salir de sí misma en ciertos casos individuales resonantes. Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge,y lo hubo en el caso de Van Gogh. Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche. Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes. Así es como las escasas y bien intencionadas voluntades lúcidas que ha tenido que debatirse en la tierra, se ven a sí mismas, en ciertas horas del día o de la noche, profundamente sumidas en auténticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succión, de la formidable opresión tentacular de una especie de magia cívica que no tardará en aparecer abiertamente en las costumbres. Confrontado con esa inmundicia unánime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros análogos ritos psíquicos, como base o puntal, no es índice de ningún delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce bujías para pintar un paisaje al natural;¿pues de qué otro modo habría podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blin. En lo que respecta a la mano asada, se trata de un heroísmo puro y simple; y en cuanto a la oreja cortada no se trata más que de lógica directa, e insisto: a un mundo que tanto de día como de noche, y cada vez más, come lo incomible para dirigir su maléfica voluntad al logro de sus fines, sobre este punto no le queda más remedio que enmudecer.


Post-scriptum


Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno u otra. ¿y dónde está, en este delirio, el lugar del yo humano? Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales. Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó. Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación. Así se produjo en su cuerpo esta sociedad absuelta consagrada santificada y poseída borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno, lo sumergió en una última oleada, y tomando su lugar, lo mató. Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir, ni pensar en vivir, sino como poseído.


El suicidado por la sociedad

Durante mucho tiempo me apasionó la pintura lineal pura hasta que descubrí a Van Gogh, quien pintaba, en lugar de líneas y formas, cosas de la naturaleza inerte como agitadas por convulsiones. E inerte. Como bajo el terrible embate de esa fuerza de inercia a la que todos se refieren con medias palabras, y que nunca ha sido tan oscura como desde que la totalidad de la tierra y de la vida presente se combinaron para esclarecerla. Ahora bien, con mazazos, realmente mazazos los que Van Gogh aplica sin cesar a todas las formas de la naturaleza y a los objetos. Cardados por el punzón de Van Gogh, los paisajes exhiben su carne hostil, el encono de sus entrañas reventadas, que no se sabe, por lo demás, qué fuerza insólita está metamorfoseando. Una exposición de cuadros de Van Gogh es siempre una fecha culminante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la misma historia histórica. Pues no hay hambre, epidemia, erupción volcánica, terremoto, guerra, que aparten las mónadas del aire, que retuerzan el pescuezo a la cara torva de fama fatum, el destino neurótico de las cosas, como una pintura de Van Gogh, -expuesta a la luz del día,colocada directamente ante la vista, el oído, el tacto, el aroma, en los muros de una exposición-, lanzada por fin como nueva a la actualidad cotidiana, puesta otra vez en circulación. En la última exposición en el Palacio de l'Orangerie no se exhibieron todas las telas de gran formato del desventurado pintor. Pero había, entre las que estaban, suficientes desfiles giratorios tachonados con penachos de plantas de carmín, caminos desiertos coronados por un tejo, soles violáceos que giraban sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y retratos de Van Gogh por Van Gogh, para recordar de que mísera simplicidad de objetos, personas, materiales, elementos, Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá. No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. ¿Y de qué se queja la tierra aquí, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos sólo, sin duda, para Van Gogh y, además, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle? Pues hasta entonces nadie como él había convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino. En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, violáceo como los márgenes del rayo. La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago. A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto. Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio. Cuadro soberbio, suntuoso y sereno. Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado. Por eso el tono de la última tela pintada por Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un propósito deliberado. La candela encendida, sobre el sillón de paja verde, pareciera indicar la línea de demarcación luminosa que separa las dos individualidades antagónicas de Van Gogh y Gauguin. El motivo estético de su disputa, podría no ofrecer interés si se lo relatara, pero serviría para señalar una fundamental escisión humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin. Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito. Mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso, carajo que estaba en lo cierto. Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad. No se necesita más que el genio de saber interpretarla. Lo que ningún pintor, antes que el pobre Van Gogh, había hecho, lo que ningún pintor volverá a hacer después de él, pues yo creo que esta vez, hoy mismo, ahora, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la realidad misma, la realidad mística misma, la que está en vías de incorporarse. Así nadie, después de Van Gogh, ha sabido sacudir el gran címbalo, el timbre suprahumano según el orden rechazado que hace sonar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a aguzar suficientemente el oído para advertir la hinchazón de su macareo. De ese modo resuena la luz de la candela, la luz de la candela como la respiración de un cuerpo amante frente al cuerpo de un enfermo dormido. Resuena como una crítica extraña, un juicio profundo y sorprendente, del cual es probable que Van Gogh pueda permitirnos presumir el fallo más tarde, mucho más tarde, el día en que la luz violeta del sillón de paja haya logrado sumergir totalmente el cuadro. Y no se pude dejar de advertir esa cortadura de luz lila que muerde los travesaños del gran sillón torvo, del viejo sillón esparrancado de paja verde, aunque no se la descubra a la primer mirada. Pues el foco está como ubicado en otra parte, y su fuente es extrañamente oscura, como secreto del cual sólo Van Gogh habría conservado la llave. No necesito interrogar a la Gran Plañidera para que me diga de qué supremas obras maestras se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 años, pues no puedo resolverme, después de "Los cuervos", a creer que Van Gogh hubiera pintado un cuadro más. Creo que murió a los 37 años porque había, ay, llegado al término de su fúnebre y lamentable historia de agarrotado por un espíritu maléfico. Pues no fue por sí mismo, por efecto de su propia locura, que Van Gogh abandonó la vida. Fue por la presión, dos días antes de su muerte, de ese espíritu maléfico que se llamaba doctor Gachet, improvisado psiquiatra, causa directa, eficaz y suficiente de esa muerte. Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano he llegado a la firme y sincera convicción de que el doctor Gachet, "psiquiatra", detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio. Es casi imposible ser a la vez médico y hombre honrado, pero es vergonzosamente imposible ser psiquiatra sin estar al mismo tiempo marcado a fuego por la más indiscutible insanía: la de no poder luchar contra ese viejo reflejo atávico de la turba que convierte a cualquier hombre de ciencia aprisionado en la turba, en una especie de enemigo nato e innato de todo genio. La medicina ha nacido del mal, si no ha nacido de la enfermedad, y si, por el contrario, ha provocado y creado por completo la enfermedad para darse una razón de ser; pero la psiquiatría ha nacido de la turba plebeya de los seres que han querido conservar el mal de la fuente de la enfermedad, y que han arrancado así de su propia nada una especie de guardia suizo para liquidar en su base el impulso de rebelión reivindicatoria que está en el origen de todo genio. En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida. El doctor Gachet no le decía a Van Gogh que estaba allí para rectificar su pintura (como le oí decir al doctor Gastón Ferdière, médico-jefe del asilo de Rodez, que estaba allí para rectificar mi poesía), pero lo enviaba a pintar al natural, a sepultarse en un paisaje para evitarle la tortura de pensar. Ahora bien, tan pronto como Van Gogh volvía la cabeza, el doctor Gachet le cerraba el conmutador del pensamiento. Como sin querer la cosa, pero mediante uno de esos despectivos e insignificantes fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgués de la tierra ha inscripto la antigua fuerza mágica de un pensamiento cien veces reprimido. Al hacer esto no solamente el doctor Gachet impedía los daños del problema, sino la siembre azufrada, el tormento del punzón que gira en la garganta del único paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh suspendido sobre el abismo del aliento, pintaba. Pues Van Gogh era una sensibilidad terrible. Para convencerse no hay más que echar una mirada a su rostro siempre como jadeante, y, desde cierto ángulo, también hechizante, de carnicero. Como el del antiguo carnicero tranquilizado, y ahora retirado de los negocios, ese rostro en sombras me persigue. Van Gogh se representó a sí mismo en gran número de telas, y por bien iluminadas que estuvieran siempre tuve la penosa impresión de que les habían hecho mentir acerca de la luz, que habían quitado a Van Gogh una luz indispensable para cavar y trazar su camino dentro de sí. Y ese camino, no era sin duda el doctor Gachet el capacitado para indicárselo. Pero como ya dije, en todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo. Y no ignoro que el doctor Gachet ha dejado en la historia, con relación a Van Gogh, que él atendía, y que terminó por suicidarse en su casa, la impresión de haber sido su último amigo en la tierra, algo así como un consolador providencial. Sin embargo creo más que nunca que es el doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el día que se suicidó en Auvers-sur-Oise, debe, repito, el haber dejado la vida, pues Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de lucidez superior, que les permite, en cualquier circunstancia, ver más allá, infinita y peligrosamente más allá de lo real inmediato y aparente de los hechos. Quiero decir, más allá de la conciencia que la conciencia ordinariamente conserva de los hechos. En el fondo de sus ojos, como depilados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin descanso a una de esas operaciones de alquimia sombría que toman a la naturaleza por objeto y al cuerpo humano por marmita o crisol. Y sé que según el doctor Gachet esas cosas a Van Gogh lo fatigaban. Lo que no era en el doctor el resultado de una simple preocupación médica, sino la manifestación de celos tan conscientes como inconfesados. Porque Van Gogh había alcanzado ese estado de iluminación en el cual el pensamiento en desorden refluye ante las descargas invasoras de la materia, en el cual el pensar ya no es consumirse, y ni siquiera es, y en el cual no queda más que reunir cuerpos, mejor dicho ACUMULAR CUERPOS. No es el mundo de lo astral sino el de la creación directa el que se recupera de ese modo, más allá de la conciencia y del cerebro. Y jamás vi que un cuerpo sin cerebro se fatigara por paneles inertes. Paneles de lo inerte son esos puentes, esos girasoles, esos tejos, esas recolecciones de olivas, esas siegas de heno. Ya no se mueven. Están congelados. Pero quién podría soñarlos más duros bajo el tajo seco que pone al descubierto su impenetrable estremecimiento. No, doctor Gachet, un panel nunca ha fatigado a nadie. Son energías frenéticas en reposo, que no determinan agitación. Yo estoy como el pobre Van Gogh; también he dejado de pensar, pero dirijo, cada día de más cerca, formidables ebulliciones internas, y sería digno de verse que un médico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigo. Alguien debía a Van Gogh cierta suma de dinero, y a propósito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hacía mala sangre desde varios días atrás. Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad maléfica, consciente, inteligente y concertada. Cosa que los psiquiatras no creen jamás. Cosa que los genios creen siempre. Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene interés en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud. También Van Gogh creía estar embrujado y lo decía. En lo que a mí respecta creo firmemente que lo estuvo, y un día diré dónde y cómo sucedió. El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra encontrarían su libertad. Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. "Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas". "Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas". "Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida". "Pero no, señor Van Gogh, vamos, convénzase usted, todo es pura casualidad; y además no está bien querer examinar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor Fulano de Tal, es una excelente persona; su espíritu de persecución lo lleva a usted a creer que él practica la magia en secreto". "Le han prometido pagarle esa suma y se la pagarán. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad". Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse. Sobrevienen días en que el corazón siente tan terriblemente la falta de salida, que lo sorprende, como un mazazo en la cabeza, la idea de que ya no podrá ir adelante. Pues fue precisamente después de una conversación con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada pasara, entró en su cuarto y se suicidó. Yo mismo he estado 9 años en un asilo de alienados y nunca tuve la obsesión del suicidio, pero sé que cada conversación con un psiquiatra, por la mañana a la hora de la visita, me hacía surgir el deseo de ahorcarme, al comprender que no podría degollarlo. Y Théo era quizás muy bueno para su hermano, desde el punto de vista material, pero eso no le impedía considerarlo un delirante, un iluminado, un alucinado, y se obstinaba, en lugar de acompañarlo en su delirio, en calmarlo. Que después haya muerto de pesar, no cambia en nada la cosa. Lo que a Van Gogh le importaba más en el mundo era su idea de pintor, su terrible idea fanática, apocalíptica de iluminado. El mundo debía someterse al mandato de su propia matriz, retomar su ritmo comprimido, antipsíquico de festival secreto en lugar público y, delante de todos, volver a ser puesto en el crisol sobrecalentado. Eso quiere decir que el Apocalipsis, la consumación de un Apocalipsis se incuba en este momento en las telas del viejo Van Gogh martirizado, y que la tierra tiene necesidad de él para lanzar coces con pies y cabeza. No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno. Y para salir del infierno prefiero las naturalezas de ese convulsionario tranquilo, a las hormigueantes composiciones de Breughel el viejo o de Jerónimo Bosch que frente a él no son más que artistas, allí donde Van Gogh no es sino un pobre ignorante empeñado en no engañarse. Pero cómo hacer comprender a un sabio que hay algo definitivamente desordenado en el cálculo diferencial, la teoría de los quanta o las obscenas y tan torpemente litúrgicas ordalías de la precisión de los equinoccios, frente a ese edredón de un rosa de camarones que Van Gogh hace espumar tan suavemente en el lugar elegido de su cama, frente a la pequeña insurrección de un verde Veronés o de un azul que empapa esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-sur-Oise se incorpora después del trabajo, frente también a ese sol atornillado detrás del ángulo gris del campanario del pueblo, en punta, allá en el fondo de esa enorme masa de tierra que, en el primer plano de la música, busca la ola donde congelarse.

O VIO PROFE,

O VIO PROTO,

O VIO LOTO,

O THETÉ.

¡Para qué describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripción intentada por quienquiera que sea podrá equipararse a la simple alineación de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a propósito de la obra que describe la impresión de la más desconcertante autenticidad.
Antonin Artaud