domingo, 15 de julio de 2007

SALTOS SIN RED



EL TELEVISOR NUEVO



Miró a su marido en éxtasis frente al televisor nuevo, desmesurado, que les había costado poco menos que una hipoteca y por el cual estarían pagando cuotas durante dos años. Los parlantes estereofónicos hacían temblar los vidrios del cristalero heredado de alguna abuela, único mueble con algo de historia en esa casa que había sido su prisión por casi un cuarto de siglo. No necesitaba ver el contenido para describirlo: cinco platos playos y cuatro hondos de lo que había sido un juego para doce personas; tres copitas de licor de color azul y otras dos, verdes; una tetera de porcelana con el pico roto, pero que se negaba a tirar porque le gustaba; ocho copas para vino tinto de distinto tamaño y origen (las de vino blanco hacía rato habían pasado a mejor vida); seis compoteras de vidrio, con florcitas pintadas; una sopera sin la tapa. Algún portarretratos con fotos de chicos, adornos baratos y una mala imitación de un Lladró.
El mueble resumía su vida y cómo le había ido en ella. A ella le hubiera gustado comprar uno nuevo, brilloso, bajito, con cajones y puertitas para preservar el deterioro de la vajilla de miradas indiscretas. O el lavarropas automático, sueño inalcanzable que las puyas maritales habían convertido en entelequia de una mente enfebrecida por la ambición.
Tan ensimismada estaba que su marido tuvo que aullar dos veces pidiendo el mate, antes de que ella se diera cuenta de que le estaba hablando. Se lo alcanzó y él tanteó el aire para agarrarlo, sin despegar los ojos de la pantalla monstruosa que transmitía la previa al partido.
- Está frío,- se lo devolvió brusco.
- Bueno, voy a calentar el agua. De paso le cambio la yerba.
El gruñó y se acomodó en el sofá veterano de varias campañas. También podrían haber comprado un juego de sillones. No muy grande, claro, porque no entraba, pero un sofá chiquito y dos silloncitos lindos con tapizado floreado, como había visto en la mueblería de la avenida. ¿Hacía falta un televisor nuevo, tan grande? Él se había puesto furioso. ¡Ella no entendía nada, nada!
- ¡El mundial se juega cada cuatro años y la tipa quiere verlo en un televisorcito de mierda!
La discusión había ido subiendo de tono hasta el clímax habitual. Ella se había quedado en casa con hielo en el ojo y él se había ido a la casa de artículos del hogar a comprarse el televisor. Ni siquiera esperó a que se lo mandaran y contrató un flete para traer al monstruo. Bajarlo de la camioneta junto con el fletero renuente que se quejaba de una hernia adquirida con el sudor de su frente fue una hazaña homérica. Había tenido que dejarlo en medio del piso del comedor porque la agitación le había ganado la cuerda y resollaba como un buey cuando se desparramó en el sofá desvencijado.
Le había pedido la sublingual a los gritos y ella había corrido solícita, con la tirita de pastillas. Él tomó una y después otra, y ella se asustó. Le preguntó si se sentía bien y él le contestó que no le rompiera las pelotas y lo ayudara a acomodar el televisor, ¡lechuza de mierda! Ella corrió a sacar el aparato viejo y de miserables veinte pulgadas, esquivando hábilmente el tortazo.
Desembalaron la maravilla de la tecnología y la pusieron en la mesita del televisor defenestrado; la pobrecita asomaba penosamente ridícula debajo de la mole faraónica. En un gesto de generosidad, él le dijo que podía llevarse la tele vieja al dormitorio. Así no lo jodía con los partidos, ¡lechuza! Las cajas del embalaje quedaron en un rincón a modo de monumento a la basura generada por la tecnología moderna.
En la cocina, cambió la yerba al mate y puso agua fresca en la pava. Mientras esperaba, revisó las cajas de medicamentos alineadas en la mesada. El hipotensor, el betabloqueante, la sublingual, el miorrelajante, el sedante. En un rinconcito de la alacena, escondidos detrás de la lata de pan rallado, estaban sus antidepresivos. Si él se enteraba de que los estaba tomando, la molía a palos. ¿Para qué mierda los quería? Si estaba más sana que un toro. “O que una vaca, je”, se burlaba. Los tomaba para joderle la vida, porque le gustaba estar enferma y no sabía de qué y entonces inventaba. Sufrir del corazón, eso era estar enfermo, se enorgullecía. Y que revisara bien la fecha de vencimiento, como le había dicho el cardiólogo, que ella era medio pelotuda y por ahí le daba un comprimido pasado. "Un medicamento vencido no tiene efectos terapéuticos, así que fíjese bien cuando los compre, señora". Obediente, ella siempre revisaba las fechas. Hasta las anotaba, para no equivocarse.
- ¿Y…?¿El mate? ¡Dale que está por empezar!
- Ya voy.
Rezó un padrenuestro, dos, tres. El himno nacional brotó triunfal por los parlantes estereofónicos, ella se persignó y apagó la hornalla. Delante del televisor, él estaba de pie, tembloroso, mientras modulaba hipnótico las estrofas patrias. Ella se asombró de los milagros que conseguía el fútbol y por las dudas se quedó parada, no fuera cosa de ligar un sopapo por falta de fervor patriótico-futbolero.
El primer tiempo transcurrió sin más sobresaltos que los que generaba el relator, ansioso por un poco de emoción en un partido semejante.
- ¡Es la final, muchachos, vamos, pongan sangre, pongan garra, carajo!- su marido se desgañitaba como un poseso-. ¡Metan pata, la puta que los parió, maricones!
Ella no se atrevía a mirar y cebaba mate con la cabeza gacha.
Casi a los cuarenta y cinco minutos, después de una gambeta magistral, la pelota pasó a medio centímetro del travesaño. El público del estadio rugió, el relator estuvo a punto de ahogarse de la emoción y su marido saltó del sofá gritando el gol que no había sido e insultando a todos los familiares, amigos y deudos del jugador en cuestión. Cuando se sentó, jadeaba y se agarraba el costado izquierdo.
- ¡Qué pedazo de hijo de puta, podés creer, errarle así, así!- y separaba el pulgar y el índice derechos un centímetro. - ¡Así, así!- seguía gritando, pero no se soltaba el costado izquierdo. Ella desvió la mirada. No quería que él leyera en sus ojos y se fue a la cocina con el pretexto de traer los bizcochitos.
- ¿Caliento más agua?
- No, que me dan ganas de mear y me va a agarrar el segundo tiempo.
- Bueno. Me voy a hacer un té.
Preparó la taza de té con parsimonia mientras murmuraba otro padrenuestro. Dudaba si acompañarlo con un avemaría cuando lo escuchó salir del baño. Seguro que ni había levantado la tapa. Se asomó para verificar la presencia de las gotitas delatoras y descargó el tanque para que se llevara la evidencia.
Volvió a su puesto con la taza de té y la bolsa de bizcochitos en el momento en que el árbitro daba inicio al segundo tiempo. Los bizcochitos desaparecían con progresión aritmética y las puteadas crecían con progresión geométrica a medida que pasaban los minutos y no había señales de actitud goleadora por parte de la selección blanquiceleste.
A los treinta y tres minutos, un Aquiles nativo, un cruzado, un Galahad, inscribió su nombre en la gloria con un gol. La pantalla del televisor se cubrió de papelitos, el barrio entero estalló en un único clamor y su marido saltó encima del sofá para gritar mejor, más alto, más lejos, mientras se agarraba el costado izquierdo con las dos manos.
- Sentáte que te va a hacer mal.
- ¡Calláte, lechuza de mierda! ¡Andáte a la cocina, querés!
La prudencia aconsejaba retroceder y así lo hizo, pero se quedó en el comedor, vigilante. A los cuarenta y cinco minutos treinta segundos, un gol de los contrarios planchó las esperanzas de treinta y ocho millones de argentinos desesperados por ser los primeros del mundo en algo más que inflación, corrupción y desempleo.
-No lo puedo creer, no lo puedo creer - , murmuraba su marido en una letanía de sufrimiento agónico.- Qué manga de pelotudos, pero dónde estaba ese arquero de mierda, no lo puedo creer, no lo puedo creer...
El árbitro, implacable, adamantino, pitó el final del partido y el inicio de la segunda parte de la sesión de tortura. Dos tiempos de quince minutos y si no había definición, los penales. La posibilidad de los penales la hizo estremecer y sintió que el sudor le brotaba frío de las axilas y la espalda.
- ¿Querés que te haga un tecito?
Él la miró asesino y durante un parpadeo, ella creyó que se soltaría el costado para tirarle una piña.
- No. Hacé un café. Dale, antes que empiece el alargue.
No le dijo que el café lo pondría más nervioso. Tampoco le recordó que el cardiólogo se lo había prohibido. ¿Para qué? No tenía ganas de irse a la cama con los huesos apaleados y no poder dormir por el dolor.
- ¿Le pusiste azúcar? - preguntó él cuando le alcanzó la taza.
- Dos cucharadas.
El primer tiempo del alargue transcurrió entre ansiedades, gritos y puteadas y sin goles, igualito al segundo. Las patadas parecían calcadas y los expulsados, uno para cada equipo, también.
- ¡Se vienen los penales!- anunció el relator con voz estrangulada por la emoción.
Ella lo espió sin levantar demasiado la cabeza para que él no se diera cuenta: estaba rojo; la vena de la frente le culebreaba desde el nacimiento de la pelambre exigua hasta las cejas tupidas; el cuello de toro estaba hinchado y violáceo y por la camisa entreabierta asomaban los pelos ralos y blancos del pecho, que se agitaba brilloso de transpiración. Casi cedió al impulso de preguntarle cómo se sentía y si no quería la sublingual, pero su instinto de supervivencia le cerró la boca y la mantuvo sentada y quietecita en su lugar.
Para no tentarse, clavó la mirada en el piso de parquet desparejo y astillado, repasando el lustre desvahído y los agujeros del plastificado. Podríamos haber pulido el piso y arreglado las sillas del comedor con lo que gastamos en ese televisor. Y encima hubiera sobrado plata. La voz seca del relator le informó que del otro lado del planeta festejaban "su" primer penal. Quién sabe, podríamos haber pintado. Apretó los dientes para no largarse a llorar. Tres minutos después, todos sus pensamientos decorativos quedaron ahogados por los festejos del primer penal argentino. Otro penal convertido, otro alarido cósmico. Y el tercero. De "ellos" y de los "otros". Tres a tres y faltan dos, contabilizó. No quería mirar y se fue a la cocina. Se obró el milagro: los "otros" erraron el tiro.
- ¡Dios es argentino, carajo, vamos todavía!- él resoplaba y ella se escondió detrás de un vaso de agua. El grito de desesperación la hizo salpicarse. Se asomó justito para verlo llorar, putear y retorcerse de rabia y de dolor.
- ¡Ese pelotudo erró el penal, podés creer, no, si es un paralítico hijo de mil putas, habría que cortarle las piernas, es increíble!
Lo vio vacilar, frotarse el brazo y el hombro izquierdos, pararse y volver a sentarse, abrir la boca en una mueca sardónica, con los tendones del cuello estirados como elásticos a punto de romperse. El vaso de agua le tembló en la mano. Los "otros" se preparaban para el quinto penal. El arquero argentino voló hacia el ángulo exacto en el momento preciso, como un ángel, y detuvo el objeto infernal, anatemizando el gol.
- ¡Qué grande que sos, papá! ¡Sos Dios, maestro, ídolo, te van a hacer un monumento!- pero él ya no tenía más voz y las palabras le siseaban entre los dientes. Ella no podía, no quería mirar y cerró los ojos muy fuerte, hasta que vio estrellitas.
Entonces, el universo se llenó de voces que gritaron el gol. El último, el único, el que los consagraba campeones indiscutidos e indiscutibles y les compraba la gloria hasta el siguiente campeonato. Abrió los ojos para ver que ese gol también le compraba la libertad. En la pantalla y en la calle, nevaban papelitos. Los bocinazos los oyó a través de una muralla de algodones. Él la miró por primera vez desde que comenzara el partido y ella le vio la muerte en los ojos enormes, en la boca abierta y muda; en las manos que agarraban el costado izquierdo inútil y traidor. Él intentó levantarse pero se escurrió de cara al suelo con un ruido blando. Una mancha comenzó a oscurecerle los pantalones gastados y el parquet.
Sin atreverse a respirar, ella se acercó despacio. Se agachó y le puso dos dedos en el cuello; después corrió hasta el teléfono y llamó al SAME.
Los hombres de verde se miraron y negaron con la cabeza.
- No hay nada que hacer- dijo uno y enarcó las cejas.
- ¿Estaba tomando alguna medicación?- preguntó el otro y ella le contestó que sí y le llevó todas las cajitas de medicamentos.
- Ah, bueno, el hombre tenía un cuadro severo.
- Y sí, doctor, hace ya como seis años que se trata. Que se trataba, bueno- y aguantó un sollozo.
- Quédese tranquila, señora. No sufrió nada.
- No, claro, los que sufrimos somos los que nos quedamos- murmuró mirando el televisor indiferente y bestial, que transmitía la alegría de los restantes casi treinta y ocho millones de habitantes. Los hombres de verde fueron gentiles: le hicieron el certificado de defunción - “causa de la muerte, infarto masivo de miocardio”-, y la ayudaron a llamar a una empresa de pompas fúnebres. Una vecina la acompañó a hacer los trámites.
Dos días después del entierro, regaló la ropa de él. Sacó todos los comprimidos de las cajitas de medicamentos, los tiró al inodoro, hizo correr el agua dos veces y bajó la tapa. En la alacena, atrás del tarro del pan rallado, escondidas con los antidepresivos, estaban las tiras de comprimidos nuevos y sin abrir, compradas en la farmacia de la otra cuadra a lo largo del último año. También las tiró, aunque le dio pena, porque alguien que las necesitara podría haberlas aprovechado.
Después, llamó a la casa de electrodomésticos para negociar el cambio del televisor por un lavarropas. No muy grande, total era para ella sola.


Mónica Sacco


Ha publicado una novela "La Grieta Mínima"
y en Transdisciplina Creativa se puede seguir la saga en capítulos
de "El Folletín del Crimen Triste" y acceder a otros cuentos de
la autora









2 comentarios:

Hugo dijo...

Lo peor de todo es que es un caso que muchas veces se da. Los factores de riesgo de los cuales hablan los cardiólogos existen, poco los respetan los pacientes, pero no están incluídos en los mismos los partidos de fútbol, sobre todo si el paciente es fanático.
Tabaquismo, Diabetes, Obesidad, Colesterol elevado, Sedentarismo, Hipertensión, Predisposición familiar y STRESS... sobre todo STRESSSSSSSSSSSSSS.
Cuándo aprenderemos a no stresarnos por estupideces ?
Nunc, tal vez, porue la estupidez es una de las condiciones básicas del ser humano.
Muy buena la descripcion...un beso

Meridiana dijo...

Bueno Hugo, yo diría que en este caso hubo una "ayudita" extra. De todas maneras el cuento intenta poner de relieve la situación extrema de la mujer, llevada a un acto inimaginable, gracias al comportamiento bestial de su cónyuge.
Podríamos decir sí que uno aguanta, aguanta, hasta que reamente estalla o... implota.

Saludos
Lilián