domingo, 27 de mayo de 2007

NACIMIENTO EN LA SALA 18



Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint-Tropez, Cap
St. Pierre, Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,

Santilla del Mar, Marbella,

Segovia, Ávila, Santiago,

Y tanto

Y tanto

Por no hablar de New York y del West Village con rastros de muchachas estranguladas

- quiero que me estrangule un negro - dijo-

-lo que querés es que te viole - dije (¡oh Sigmund ! con

vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté

en las mejores playas de Europa)

y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,

y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,

aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,

persuadiéndome día a día

de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,

- una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:

- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí

(se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.

Nietzche: "Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.

"Strindberg: "El sol, madre, el sol."

P. Éluard: "Hay que pegar a la madre mientras es joven."

Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación

lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido

de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,

pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,

después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi

útero

(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de

la oculta ocultadora cuya función es ocultar)

hablo de la concha y hablo de la muerte,

todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí

orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta,

la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino

entre pelos como de rabinos desaseados - oh el goce de la roña !

Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero

¿se casarían con el leproso?

Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,

sí, de eso son capaces,

pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como

ustedes:

- Podrías hacer un chiste con todo esto, no ?

Y sí, aquí en el Pirovano

hay almas que NO SABEN

por qué recibieron la visita de las desgracias.

Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que

la sala - verdadera pocilga - esté muy limpia, porque la roña les da terror,

y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos

fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la

infancia.

Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala

llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.

Pero

¿qué cosa curar?

Y ¿por qué empezar a curar?

Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es

casi tan bella como el suicidio.

Se habla.

Se amuebla el escenario vacío del silencio.

O, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.

- ¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?

No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable

fluir del murmullo. A veces - casi siempre - estoy húmeda. Soy

una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme

a mí y darmela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda

me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena

frigidez.

Húmeda.

Concha de corazón de criatura humana,

corazón que es un pequeño bebe inconsolable,

"Como un niño de pecho he acallado mi alma" (Salmo)

Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia

prestigiosa (si me quisiera un poquito me ayudarían a anularla)

oh no es que quiera coquetear con la muerte

yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a

fuerza de prolongarse,

(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz

apiadada de mí)

Y

Que te encuentres con vos misma - dijo.

Y yo le dije:

Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad

con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de

este modo, anulados los contrarios, la dialéctica suplicante finaliza en

la fusión de los contrarios.

El suicidio determina

un cuchillo sin hoja

al que le falta el mango.

Entonces: adiós sujeto y objeto,

todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos

para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,

ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio

vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión

y del encuentro,

fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,

y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante

relojes, calendarios y demás objetos hostiles,

lejos de las ciudades en las que se compra y vende (oh, en ese jardín

para la niña que fui, la pálida alucinada de los suburbios malsanos

por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que

no has tenido madre (ni padre, es obvio)

De modo que arrastre mi culo hasta la sala 18,

en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación

de absoluta NO-ALIANZA con Ellos

-Ellos son todos y yo soy yo -

finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de

buena voluntad (oh, los buenos sentimientos !) me podrán ayudar,

pero a veces - a menudo - los recontraputeo desde mis sombras interiores

que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad,

cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi

amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno

de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,

pero mi viejo se me muere y éstos hablan y , lo peor, éstos tienen

cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) y en tanto mi viejo agoniza en la

miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado

el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber

hurgado en lo oculto como un pirata - no poco funesto pues las monedas

de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto

lleno de espejos rotos y sal volcada -

viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifílicos,

como te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,

y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos

un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,

oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,

te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para

darte de beber de su sangre y que vos vivas un minutos, un siglo más,

(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)


Sala 18

cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en

ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,

15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las

analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,

porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud - la ciencia psicoanaítica

se olvidó la llave en algún lado:

abrir se abre

pero ¿cómo cerrar la herida?


El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos medicos no restañan

la herida que supura.

El hombre esta herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente,

le ha causado la vida que nos dan.

"Cambiar la vida" (Marx)

"Cambiar el hombre" (Rimbaud)

Freud:"La pequeña A. esta embellecida por la desobediencia". (Cartas...)


Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica.

Sin suda, muchas claves las extrajo de "los filósofos de la naturaleza",

de "los románticos alemanes" y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg,

el genial físico y matemático que escribía en su diario cosas

como:

"Él le había puesto nombre a sus dos pantuflas"

Algo solo estaba, no ? ;)

(Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)

Y a Kierkegaard

Y a Dostoyevski

Y sobre todo a Kafka

a quien le pasó lo mismo que a mí,

si bien él era pudico y casto"¿Qué

hice del don del sexo?" - y yo soy una pajera como no existe otra;

pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:

se separó

fue demasiado lejos en la soledad

y supo - tuvo que saber -

que de allí no se vuelve


se alejó - me alejé -

no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)

sino porque una es extranjera

una es de otra parte,

ellos se casan,

procrean,

veranean,

tienen horarios,

no se asustan por la tenebrosa

ambigüedad del lenguaje

(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)

El lenguaje

- yo no puedo más,

alma mía, pequeña inexistente,

decidíte;

te las picás o te quedás,

pero no me toques así,

con pavura, con confusión,

o te vas o te las picás,

yo, por mi parte, no puedo más.


Alejandra Pizarnik (1971)



AP escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano. El texto, tal como se lo reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición de 1982 de sus textos póstumos.

domingo, 20 de mayo de 2007

EL VERDADERO MOMENTO DEL SILENCIO





Agradezco si la lengua me abandona y surge el silencio.


Es que no hay palabras para expresar el verdadero silencio.
Decir silencio es decir algo que no se compara simplemente con lo inaudible, es mucho más que eso.
Decir silencio no expresa la soledad que lo acompaña, ni la dulzura en la que se recuesta, ni lo placido que resulta algunas veces, ni el dolor que conlleva cuando atormenta, ni la desprotección en la que te sumerge, ni el dominio que ejerce, ni la confrontación entre el silencio del cuerpo y del pensamiento.
Decir silencio no es decir Todo sino decir Nada que comprometa.
Decir silencio es enmascarar el verdadero momento del privilegio, lo sublime ante un papel, un paisaje, un cuerpo, un deseo.


El verdadero Silencio es Supremacía.


Decir silencio es callar el habla, es estrangular la autentica expresión del momento.
Silencio es pedir un permiso que debiera ser un derecho adquirido.
Decir silencio es decir ahogo.
Solo silencio no expresa, no ahuyenta, no rompe, no subleva como el verdadero instante.


El silencio se oye con el alma, se entiende en el cuerpo mediante una mirada intima hacia el eterno cosmos del espíritu.
Cada palabra se desarma y desarticula para conformar en el silencio un momento único donde pueden surgir palabras que “parecen” no tener sentido pero que expresan la emoción, la profundidad, la inmensidad adentrada que la lengua no puede entender ni expresar a través de la palabra conformada.


El silencio escapa a todo tiempo, a toda ley, escapa a todo lo definido y a la posibilidad de tal.
Cada palabra es seguida por un silencio minúsculo que se impone luego de pronunciar otra, esto lo conecta con el habla, esto resuena destacando que en cualquier discurso seguramente hay mas silencios que palabras, entonces ¿Cuánto mas hablamos al callar y sentir, al intentar entender, al tomar aire? Lo mismo pasa en forma visual, cada palabra es precedida y seguida de un espacio, un vacío que no se transforma en otra cosa que en un mínimo silencio.


La soledad como silencio exalta el espíritu, desarrollando así un pensamiento libre en una sinuosidad única seguida por el alma, con una sincronía mental que desarregla la lengua existente.
Redobla las apuestas al pensamiento desprotegido donde surgen los desordenes de mejor alcance, en una lengua propia que se enaltece al escribirse.


Vivimos en estado de silencio colapsado.


La palabra es un instrumento invalorable pero no único.
La expresión surge a través del idioma interno exclusivo.


“Agradezco y reverencio si la lengua me abandona y surge el Silencio”



Vanesa Aldunate

sábado, 5 de mayo de 2007

EL MOTIVO


EL MOTIVO

Hace rato que ella bordea la cornisa. Camina, la cabeza gacha, arrastrando los pies, hacia su trabajo, que odia. Tiene la indefinición de los cuarenta y tantos marcándole la columna: no es linda, ni fea, no es alta, ni baja, un rostro pálido que frunce el ceño, rodando por las calles atestadas de Once.
Trabaja en una importadora de productos “made in Taiwan” esos que se venden a todo por dos pesos. A pesar de tener título universitario, se dedica durante nueve horas de Lunes a Viernes, a imputar en la PC boletas de movimiento de la mercadería. Una tarea por la que recibe un sueldo con el que apenas sobrevive. Encerrada en un cubil de dos por dos, lleno de cajas amontonadas, donde apenas tiene lugar para apoyar la cartera y el abrigo.
Pero ella lo prefiere así. Saluda parca a sus compañeros de infortunio, con el primer café que parece petróleo ya está la pila de comprobantes esperándola. Es todo lo que ha podido conseguir, una pantalla en fondo negro. titilando con letras verdes y minúsculos casilleros que completa con la velocidad de la experiencia.
A su Jefe le agrada esa mujer callada que entra como un fantasma y apoya el traste para no volver a levantarlo hasta la hora del almuerzo. Breve intervalo en que come un yogur, mirando distraída por la vidriera del bar. Le gusta observar el paso de la gente, su cabeza es una calculadora descompuesta que da cifras imposibles, se tilda en “error”, pero no siempre fue así.
Vive en un departamento no mucho mas grande que el cuartucho de la oficina. Tiene la mesa de luz repleta de remedios: un cóctel de antidepresivos y sedantes. Se los fueron dando, cuando dejó de dormir. La habían echado de su trabajo de años, al cerrar la empresa. El médico diagnosticó: ansiedad. Los diarios publicaron: trepa el desempleo al 20%.
Fue duro patear por las agencias, sintiéndose como el regreso de los muertos vivos, una especie de material radiactivo decantado, del que todos huyen. Después murió su madre, último eslabón con la palabra familia. Se siente perdida los Domingos, sin hacer el largo viaje para verla en el geriátrico. Por alguna razón no se acuerda de su cara, sino de las palomas que alimentaban las dos con los restos de la merienda. La quiso a su modo, incapaz de decírselo. El médico concluyó: depresión.
Luego empezaron a aparecer figuras fantasmales que la señalaban con el dedo, acusadoras, plantadas en el umbral entre vigilia y sueño. El médico anotó: alucinaciones. Por cada uno de los episodios se fue agregando una pastilla nueva. Ahora duerme mas de la cuenta, al despertar por la mañana, escurre de un baño de plomo en los pies. No tiene mas sueños. No se inquieta por los titulares de los diarios. Ni por los mediocres programas de televisión.
Ella tiene un amante de años. Un hombre que la visita de vez en cuando. Le prepara café que sirve con budín de chocolate, comprado especialmente para él (a ella no le gusta el chocolate). Desde hace un tiempo su cuerpo es un murallón infranqueable. Por mas que el hombre la escarba, la chupa y la amasa, no siente nada. No siempre fue así.
Hubo un tiempo en que le gustaba, le gustaban las manos fuertes del hombre que la sacudían y su propio cuerpo sudoroso. Eran instantes donde perdía su habitual palidez, encendida como una estufa de cuarzo. Lo que queda, es la dureza de la carne que se resiste a cualquier intento de amor y la mirada vacía que contempla el techo, preguntando cuando termina todo.
A medida que se pierde en los laberintos del vacío emocional, el hombre más insiste en montarla. Pensando tal vez, que el frenesí del sexo sea un exorcismo para liberarla del hielo. Ella no entiende esa actitud, pero no se opone, piensa que no es un mal tipo, es lo que hay. Alguien que se desliza con la aceitada maquinaria de la costumbre, alguien al que no es necesario hablar demasiado, un ser con el que puede hacer durar los silencios.
Pese al embotamiento afectivo, encuentra instantes en que la puerta se abre con sigilo y ella observa el panorama, casi idéntica a la mujer que sentía. Quizás el perfil del hombre dormido, un chico que se la queda mirando en la calle, un perro flaco husmeando en la basura, o un viejo pidiendo por las mesas de un bar, los ojos enloquecidos, bastan para que las lágrimas se deslicen quietas. Son pequeños lapsos, espaciándose a medida que el frío hace estragos en su corazón y el cuerpo gana peso.
Por las tardes, se sienta largo rato al volver de la oficina con la televisión prendida, sin ver nada. Permanece en tal estado de calma que se pregunta si la vida no será una ilusión de magos de circo y ella hace rato que está muerta. Lee los prospectos de la medicación y se percata que los médicos juegan con fuego, pero jamás pregunta ni se resiste a las indicaciones. Los días se entrelazan uno tras otro, formando un cordón ajustado que la ciñe sin permitir movimiento alguno.
Un día el hombre se queda a dormir y ella despierta en medio de la noche, extrañada por el peso de otro cuerpo en su cama. La mente se le ha despistado y
aunque intente volver al carril, una sensación de futilidad le produce cansancio infinito. Se deja llevar y va hasta la cocina donde abre las llaves del gas. Todas las ventanas están cerradas. Hace frío y el vapor se forma cuando sopla sobre el vidrio, un modo pueril de comprobar que aún respira. Se acuesta pero no toca al hombre, permanece quieta boca arriba unos minutos. Después se da vuelta para prender el velador y mira todos los remedios, ensimismada.
Se oye un clic pero no es el velador que se apaga, mas bien algo que se enciende en ella, quizás el último chispazo que le devuelva la magia del circo. Un temblor y se levanta. Se viste en puntas de pie, sin hacer ruido. Toma de su escondite los pocos pesos que le quedan. En una bolsa mete todas las pastillas y las deja en el cesto de basura. Se toma un minuto más para mirar desde la puerta del dormitorio, la figura del hombre, que ronca combinando soplidos. Muy despacio, abre la puerta del departamento y sale. Ni un sonido se escucha al cerrarla. Se abotona la campera gastada y con las manos en los bolsillos camina hacia el ascensor y luego se pierde en la noche.

Lilián Cámera

martes, 1 de mayo de 2007

OTRO ANÓNIMO DE LA MANO DE CELIBÉ ...



Mística trasnochada, deja pedacitos de papel y un vago olor a incienso. Entre rezos y altares se hace tiempo para recomendar a sus vecinos lo que les conviene.... Guardaos de su misericordia!

(Ver Pérfil)


Vanesa Aldunate

VARIACIONES KAFKIANAS


VARIACIÓN KAFKIANA





Buenos Aires, un día de Invierno del Siglo XXI


Mi estimada Señorita Gregoria:
Ud. me conoce, nos hemos cruzado a veces en los ascensores. Yo la recuerdo perfectamente porque Ud. me ha provocado una especial simpatía. Y es en virtud de este sentimiento que me atrevo a escribirle.
En principio, debo decirle que su nombre me provoca una vaga inquietud. Creo haberlo escuchado antes, posiblemente asociado a alguna experiencia de transformación...Pero como mi memoria es más bien escasa, he decidido no dedicarle a esta impresión más tiempo que el necesario.
Soy una persona franca. En los tiempos que corren, la sinceridad puede considerarse una virtud, aunque llevada a sus extremos algunos la ven como un defecto. En mi caso, va acompañada por un impulso piadoso, producto quizá de una educación religiosa ya lejana (no soy muy joven, como podrá apreciar) .
Debo confesarle que le he escrito algunas pequeñas misivas anteriormente, con el objeto de advertirle...Su tono ha sido más bien poético, tomando en cuenta a Rilke, para quien la belleza nos permitiría soportar cierto grado de lo terrible...Parafraseando a una de nuestras mejores poetas místicas, podríamos decir que la poesía sería el andamio de la Verdad.
Pero no quiero aburrirla con mis disquisiciones. El motivo de esta carta es decirle, directa y francamente, que Ud. está mutando. Es un fenómeno que he observado varias veces en mi vida, y ésta parece ser una más.
Tomé la decisión de decírselo porque, como ha sucedido en otras ocasiones, los mutantes son incapaces de ver los cambios que se van produciendo en su propio cuerpo, mientras que sus allegados disimulan frecuentemente sus impresiones, con el objeto de no provocarles pánico o fastidio, ambas reacciones totalmente justificadas en este tipo de casos. (Seguramente conoce Ud. aquella fábula del Rey desnudo al que los súbditos alababan sus vestidos...).
A continuación, paso a detallarle los signos que he registrado hasta el momento, como claros indicadores de su mutación.
Cierta mañana de mayo, he advertido algo que otros calificarían (eufemísticamente, claro) de “ojos hinchados”, propios del despertar reciente. Sin embargo, yo advierto que sus globos oculares pugnan por avanzar sobre la cara, elevándose interiormente, y produciendo un efecto de promontorio debajo del párpado inferior. Es obvio que su crecimiento va avanzando bajo la piel.
Asimismo, hace aproximadamente unos quince días, ha cambiado Ud. su peinado. Posiblemente tenga un peluquero piadoso, decidido a disimular tras un nuevo look esa especie de antenas con las que Ud. se orienta en la calle tan bien, últimamente. Le puedo asegurar que ha hecho milagros: su cabello luce prolijo como siempre. Nada se eleva sobre él, afeando su contorno...
Más o menos desde esa fecha, he notado el uso frecuente que Ud. hace de ciertos abrigos largos (algunos llegan incluso más allá de la rodilla) que la gente suele llamar “tapados”. Sería demasiado fácil pensar que esto se debe a las bajas temperaturas. Pero a mí no me engaña: Ud.“tapa”con ellos la caparazón algo rígida que va cubriendo su cuerpo. Al bajar del ascensor, cierto crujido debajo del mismo, la delató.
Sé también, por experiencia, la utilidad de dicha prenda para ocultar las alas incipientes...Y su caso, seguramente, no es la excepción. ¿Por qué habría Ud. de darle otro uso sino éste?
Cabe señalar aquí que sus movimientos también fueron objeto de mi atención. Camina Ud. ligeramente más rápido que lo habitual...Ayer mismo, al salir del edificio, casi se lleva por delante al encargado, quien disimuló su terror al ver una cara cada vez más alejada de lo humano...
¿Tan apurada estaba? No, en absoluto. Estoy plenamente convencida de que esa brusquedad para deslizarse es propio de ciertas patas...Sobre todo cuando los ejemplares son jóvenes y carecen de entrenamiento.
Y, finalmente, como una prueba irrefutable de su cambio, está la reacción de Washington. ¿No ha notado Ud. que la huele con extrañeza y que su ladrido, al verla aparecer, es diferente a otros ladridos?. Los animales suelen ser particularmente sensibles a las mutaciones, y generalmente reaccionan con desesperación. Así es que Washington se agita y ladra descontroladamente. Yo he intentado calmarlo con la potencia de mis gritos y un golpe (no demasiado cariñoso, debo admitirlo) sobre su hocico, tras lo cual W emite una especie de quejido, confuso y melancólico.
Hasta aquí mi registro, el cual, por supuesto, no pretende ser exhaustivo. Lamentaría mucho que Ud. desechase esta carta sin prestarle la suficiente atención. Lejos de mí está el provocarle algún temor...Yo cumplo con mi deber de buena vecina, es decir, ser absolutamente sincera para con una compañera de condominio que está experimentando tal cambio en su naturaleza.
La vida me ha enseñado que es un signo de madurez asumir nuestra identidad. Ud. sabe: las mínimas diferencias en la cadena evolutiva suelen dar como resultado grandes transformaciones, las cuales se manifiestan a lo largo de varias centurias (algunos llaman a este fenómeno “efecto mariposa”, pero yo preferiría esperar la denominación científica adecuada). Debo decirle que he hablado con varios profesionales sobre este tema y, aunque ellos discrepan ligeramente con algunas conclusiones a las que arribo (tengo entendido que contradecir a los pacientes forma parte del tratamiento) estimo que, secretamente, me admiran... Hay que tener una mente abierta para poder captar estas sutilezas.
Seguiré observándola (disimuladamente, claro, para no incomodarla), y puede Ud. estar segura de que todo indicio que descubra lo registraré con minuciosidad (como es mi costumbre) para luego comunicárselo a la mayor brevedad posible. Estaré así cumpliendo con una misión sagrada: develar el misterio de las mutaciones que, año tras año, se producen a nuestro alrededor, dando origen a nuevas especies en los siglos venideros.

Siempre suya

Una Vecina fiel a la Verdad.



Liliana Piñeiro

lunes, 30 de abril de 2007

CELIBÉ SE PRESENTA .... ¿PARA?


Delirios místicos
Desde el goce hasta la crucifixión
Desde la llaga hasta los huesos de la rodilla
Todo desde la cruz
Celibé

sábado, 28 de abril de 2007

ANÓNIMOS...



(POR DEBAJO DE LA PUERTA)

I

LA VEO DORMIR POR LAS NOCHES…DESNUDA…
DE SU BOCA ABIERTA PEQUEÑAS ANTENAS
ASOMAN SIGILOSAS…







II

¿NO TEME QUE SU GATO AL OLISQUEAR SU ALIENTO
LE BEBA
EL ALMA?...













III

LA PREVENGO:
NO SE QUE ES LA COSA QUE SALE DE SU ESPEJO
(Y SE ARRASTRA…)








IV

PERCIBE LA SOMBRA QUE ACOMPAÑA SUS PASOS
CUANDO SACA LA BASURA
Y MIRA POR DETRÁS DE LOS HOMBROS?













LILIÁN CÁMERA?



domingo, 22 de abril de 2007

MADRE HAY UNA SOLA...



CARTA DE CHARLES BAUDELAIRE A SU MADRE
6 de mayo de 1861

Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás
harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones
terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de
ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún
día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible
verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de
quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.
No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero,
cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te
digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen
numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y
que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.
Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte,
de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde
del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu
entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he
querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado
al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de
respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre,
nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones
sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis
faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho,
hecho por tus imprudencias y por mis faltas.
Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a
acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y
no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy
convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por
matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso
está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte,
sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría,
eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada
resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no
iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la
horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es
cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás.
A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares
que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! »
dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué
sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino;
pero ¿qué hacer para creerlo?
(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa
impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi
enemigo, tal vez por pura estupidez.)
Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas
periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en
orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una
enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez
allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba
a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías
loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las
deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso
resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me
demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú
en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome.
Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la
haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo
que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular,
ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que
tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida.
Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los
cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi
situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un
momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y
que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad;
si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERIA RICO,
fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi
caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha
provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota
y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización
insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado,
etc...
Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad,
necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo.
Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis
penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.

Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de
1844. Una resignación peor que la indignación.
Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa
sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes
tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día
a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con
demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor
contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más
tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De
nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de
una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo
que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me
haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida
que llevo como podré librarme de aquello.
Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee
sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de
salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para
demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho
para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de
Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo
aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah!
Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época
feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti;
tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te
sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo
estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir,
cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.
Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo
cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el
temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás,
tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue
poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus
ojos.
Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo.
Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles
preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por
ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor
del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él;
concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi
bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado.
¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es
posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse
en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre
notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble
existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto,
odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez
una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y
tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría
llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo.
Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento
desgraciado.
Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el
pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas
disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo
que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi
admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te
has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te
pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente
bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los
nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto
de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria
obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda
pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por
verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo.
París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú
calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza.
Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de
conocerla.
Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término
medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil
para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades
imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne
estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra
parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por
último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a
poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de
diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.
Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un
pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado
durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus
manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar
huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los
años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado
ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil
sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así
se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre
presente.
Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo
a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda
comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una
palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu
consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra,
que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse
obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?

En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a
las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina
de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de
los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que
contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de
creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.
Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal
sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre
importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en
el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida.
En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos
meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos
juntos a París.
El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.
Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en
tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único
es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto.
Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o
presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que
decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones
horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud!
No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible
sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir
a nadie más que a ti.
A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella
se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le
ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y
cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario
y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado
siete francos.
Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.
Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes;
así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de
los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de
francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que
decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres,
me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne
trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible
valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser
la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia.
Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un
escándalo y se querrá esperar.
Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido
desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.
No, no te diré adiós, pues espero verte.
Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender.
Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro
un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.
Y te quiero.

Charles

LA PERFECCIÓN NO PUEDE TENER HIJOS


PRIMERA VOZ


¿Quién nos lanza esas criaturas
inocentes?
Mira, ellas están extenuadas, todas
flácidas
En su cuna de tela, con su nombre anudado
en la muñeca.
Esta medallita de plata que ellas
vinieron a buscar de tan lejos.
Algunas tienen los cabellos negros y densos,
otras están calvas.
El color de su piel es rosa, pálido,
moreno o rojo.
Ellas comienzan a recordar sus
diferencias.
Parecen hechas de agua: no tienen
expresión.


Sus facciones duermen, como la luz
en el agua quieta.
Son verdaderos frailes
y monjas con hábitos idénticos.
Las veo como cuerpos celestes que
llueven sobre la tierra.
Estas pequeñas maravillas,
estos ídolos puros
llueve. En la India, en el Africa, las Américas.
Huelen a leche.
Sus talones no fueron tocados
caminan en el aire.
¿Cómo puede ser tan pródiga la nada?
Ese es mi hijo.
Su ojo desorbitado es por esta vaga,
terrible banalidad.
Se vuelve hacia mí como una plantita,
ciega y alegre.
Un grito. Es el tejido del que
Cuelgo.
Me vuelvo un río de leche.
Soy una montaña caliente.

Sylvia Plath
Tres Mujeres

miércoles, 18 de abril de 2007

TABAQUERÍA






No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe
quién es
(Y si supiesen, ¿qué sabrían?),
Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace
blancos los cabellos de los hombres,
Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de
nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la
calle
La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
Descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de
pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber
tantos!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con
tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
Y quién sabe si realizables,
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que
Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para esto,
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero nos despertamos y él es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los
chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú
los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
O diosa griega, concebida como estatua con vida,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué
inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
Me invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena al destierro,
Y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni
creído
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer
nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan
la cola
Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me
perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había
quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Pisoteando la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete con el que tropieza un borracho
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó
en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las
cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del
misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una
indisposición.
Después me reclino en la silla
Y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo
del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la
Tabaquería sonrió.

Fernando Pessoa

Versión de Miguel Ángel Flores