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jueves, 10 de junio de 2010

acto verbal


camille


tu cuerpo frío me dispara
nena te vas?
madre te vas?

qué hacer ahora
propia y ajena
enhebrando

músculo y nervio
nudo de manos
curva y pezón

sola te tiemblo

mediodía
el silencio ha caído
vertical
en cada dedo
en cada uña

vena por vena
te lloro amorosamente
un escultor se despide
de su obra


****


fugit amor


corrida del eje
enmudecida

prenda de intercambio

huyendo
sin la cara de mi madre
he amado


****


día a día


día a día
voy perdiendo tu ceja
delicado párpado
mi labio inferior
el verdadero temblor
de tu mentira ponía
mi vida en pie

suave silencio
excava


mi vocal oscurecida
por la fina arena
del tiempo


****


desposada


la desposada y su epopeya de corset:
no supo leer el rostro de los hombres

a la cabeza de su desvestir
anillos de boda
joyas sobre la cama

el amor es un código turbio
con él o sin él ella no se salva

la noche ajena vigilias
ademanes sombríos
vértigo de mujer

otra de otro
sola de sí

con él o sin él ella

desposada
vela y no descorre
su mil doblez



Liliana Piñeiro

lunes, 11 de agosto de 2008

RESEÑA SOBRE CLAUSURA DE LILIÁN CÁMERA




Todos los caminos parten del cuerpo y nos conducen a él.
El cuerpo es el camino.
Edmond Jabés.



La tensión de Clausura se revela cuando lo originario se dobla sobre sí mismo y genera metamorfosis. Cambios de forma: la poesía hace del lenguaje una materia nueva. Y si toda epifanía es gozosa, un cuerpo “resguardado por tinieblas, que se revela por las noches y aletea cerca de la luz” es un cuerpo que convida su placer. De mujer en mujer, se escurre por los pliegues lo que se esperaba y no es. De oveja a loba, tibio es el desasosiego y helado el temblor. Hay ráfagas de niño de mujer de anciano de ladrón y asesino: todo da cuenta cuando se promete, tras el velo, correr el límite.

¿Hay una mirada? ¿hay decepción en ese lobo que observa y ni siquiera come? Estas preguntas intentan un diálogo posible en Pliegue, y es necesario soltar a la niña, que permanece acurrucada en los rincones del rostro.

La belleza de una hoja caída en un sótano da comienzo a Saga, donde el silencio fulgurante de una humanidad perdida forma parte de vampíricas revelaciones. Allí cobra presencia la Amorosa Señora Alicia, observada a través de los espejos en una mirada de presa fascinada, mirada que la recorre y se ofrece como pertenencia. Se apela a la sensibilidad de Maldoror para resguardar los secretos y sólo resta invocar a Ella, la Primera, liviana como un gemido, para que los temblores se calmen o se sucedan en espasmos breves del alma.

En el Repliegue se trata de no perder y convertirse en negra mariposa. La consigna es redoblar el instante, alinear un mundo y batir las alas para quemarse. Desde las impresiones de la infancia, la vida es una fuga hacia delante y un ruego: “no me pierdas”, y en eco desdoblado: “no te pierdas”.

Y si el cuerpo es dueño de su cabalgadura en Corpus, no pide porque puede pedir. Sabiendo que la arena cristalizó los huesos de la ausente, en el Ayer ella se dejó caer se dejó omitir se dejó vaciar y el Hoy se dibuja por lo que no hay. Y si nada en el jardín permanece porque el sol está quebrado y la noche y los días, ¿habrá que ponerse los zapatos y saltar? Pero trasquilar la piel y mudar a loba puede ser una salida, un refugio en la tormenta.

Con una ceremonia de demonios arribamos a Dies Irae. El anhelo de novicias, la sexualidad desbordando las rodillas hincadas, la cruz enclavando los deseos de una letra viril convierten al poema en un largo jadeo. Hay avaricia de araña, redes primorosas de reina cuya furia es voraz: nada se escabulle, la carne es apresada con la urgencia del saqueo. El tejido resultante es inevitablemente cruel: acumula piernas y desvía brazos.

Bienvenido este libro. Si no se escribiera, rescatando el pulso como prueba de vida, en la cavidad de las muñecas algo podría escurrirse, sólo por no temblar. Una y otra vez su poesía nos interpela: qué lluvia lava esta sangre qué lluvia nos adormece. Pero tras el velo la belleza se presenta como una posibilidad redentora: Clausura engarza su pregunta como una gema, y es señuelo de los dioses.



Liliana Piñeiro.


jueves, 17 de abril de 2008

Bafici: La orilla que se abisma


Gracia secreta

Frente a la propuesta estética de películas como “La orilla que se abisma” (Gustavo Fontán- 2008) cabría preguntarse nuevamente qué es el arte. Cuál sería la diferencia, por ejemplo, entre ver un campo de girasoles y contemplarlos en un cuadro de Van Gogh. Evidentemente, algo se agrega: la pulsión de la pincelada, un amarillo fogoso, una vida que se duplica diferente, una manera de mirarla. Un plus que nos emociona porque precisamente es eso: un afecto que arrasa la mirada y la cualifica. Los girasoles desbordan, entonces.
Algo de eso sucede con esta película: nos deja a la orilla de la naturaleza. Y tan pequeños frente al abismo. Fecundo momento en el que todo se aquieta: los enigmas siempre nos detienen.

Gracia secreta de
esta mañana.
El cielo es un vapor
dulce.
Los árboles, la brisa, los pájaros,
sienten esta delicia suspendida.
Se sienten ellos dentro de esta sensitiva
dicha íntima y fresca.
Y apenas si se mueven, tiemblan, cantan,
como guardando el sueño perlado de la luz.*

Y entonces, el cine apela a sus recursos: los sonidos que se ensamblan, cierto montaje, el tiempo de una toma. La cámara es una hendija que nos invita a mirar, a escuchar. En un efecto multiplicador, todo canta y los sentidos se afinan. Texturas: de lo sólido a lo evanescente. Del tronco rugoso de un árbol a la niebla que lo esfuma. Del sonido del río a una pequeña variación de color en el cielo. Del temblor de los árboles frente a la tormenta al fugaz encuentro entre una gota de lluvia y su hoja. Una bruma envuelve al hombre y su barca, y lo deja expuesto definitivamente al paisaje...Maravillas de un guión antiguo, que debemos descubrir cada vez.
De la poesía al cine, lo inefable sigue su curso, resistente a toda traducción. Y en eso consiste la felicidad de los bordes: entrever apenas un misterio que nos excede.


Liliana Piñeiro.


* Juan L. Ortiz: "En el aura del sauce".

miércoles, 9 de enero de 2008

HERMANAS DE LA FURIA


Ah, Dionisios! Has abierto en mi pecho un espacio, y soplan vientos divinos...!

Bendíceme. Dame carne rosada para mi paladar, anuda tu cabello al cuello de mis hijos.
En la noche crece la luna y mi cuerpo es la única guía. Echo espuma por la boca mientras expulso mi corazón.

Empújame. No dejes mi pie sin el arco de tu salto. El cielo ha cambiado de lugar y es irresistible este abismo vertiginoso.

Canto y bailo la danza de Sémele. Atrás ha quedado la inocencia virginal, la serena mirada de madre. Mi desnudez es sinuosa como una serpiente y mi cría es de lobo: a dentelladas ocupará su lugar en el mundo.

De la tierra brotada, la vid y sus racimos son ofrenda. La sed urgente embriaga del vino primero.

Hermoso dios: dame tu máscara y tu cuchillo, la matanza será sagrada. Tendrás mi sangre en tu copa, mi fruto en tu bandeja.

Dones de tu cortejo: jubilosa, yo soy una, y soy todas.




A la mañana siguiente


La fresca brisa me despierta mientras la luz va dibujando lentamente formas y colores en el velo oscuro de la noche. Mis hermanas duermen y el monte está silencioso. Es la hora de la quietud, como si algo hubiese sucedido.

Aún paladeo el sabor del vino en mi lengua. Con los ojos entrecerrados busco la cabeza de mi hijo, tendido a mi costado. Pero algo empapa mis dedos, que no avanzan más allá del cuello...

Estremecida, cubro mi boca con el silencio del espanto...¡Sácame, Dionisios, de esta pesadilla...!
Mi niño, mi tierno amor, el tajo ha sido certero. ¿Pero quién...?
Obsceno, el cuchillo asesino ha quedado a su lado, como si de un guardián se tratase. ¡No juegues, Hades, con mi corazón...devuélvemelo! No arranques mis brazos (ya no abrazaré...), mis piernas (no caminaré...). Sólo tengo mis ojos, faros inútiles en tu tiniebla.

Desde el fondo de mi memoria avanza una mano. ¿La mía...? Brilla sudorosa, mientras mi cuerpo se contornea al son de una música desconocida. La pelea es inminente. El león, pronto a atacar, dibuja su zarpazo en el aire.
Alguien arroja el puñal y mi mano lo toma por el mango. El peligro apura la destreza y acierto al cuello. El rugido es final y la bestia cae a mi lado. Salvada, me arrodillo ante ti, mi dios, y bebo la sangre del sacrificio...
La escena se desvanece en ese punto, como si fuera suficiente tanto recuerdo para mi tragedia.


Vano es mi llanto, vano el cubrir de besos el rostro tan amado. El sol duele en el cielo: alumbrar el horror es una misión cruel.
Mis hermanas han huido despavoridas y hemos quedado solos.

Hijo de ojos vacíos: perdóname.

Y tú, mi dios, que te agitas en mi interior con el viento de la locura, derrama tu piedad sobre mi cabeza, bendíceme con tu rayo, disuélveme en la eternidad.


Liliana Piñeiro




domingo, 4 de noviembre de 2007

Francisco "Paco" Urondo: AMOR Y REVOLUCIÓN


Carta abierta (fragmento)

Querida mía, esto que debió ser una conversación
serena o quieta, un reencuentro en un bar, como hacen
los amantes ya desavenidos; un lugar cualquiera bajo el sol,
cobijando del relámpago y el viento, un sitio
en el mundo para recibir una carta o conversar de algo
que, sin duda, siempre quise decirte
secretamente, sin testigos y que ahora se convierte
en una pública confesión, sin ninguna
intimidad. Una oda o una elegía, no
lo sé bien; palabras
con significados ciertos
o melancólicos, que representen nuestro destino
y hablen por nosotros y tiemblen antes de desaparecer.

Trepidaremos ligeramente frente a la sola fachada
del recuerdo, junto a los graznidos
inocentes, los graznidos impensados, los lindos
graznidos, los ásperos y filosos de la realidad.

Quería hablar a solas y solamente de nosotros. Admitir,
abrir la bondad; olvidar
por un momento que el orgullo bate
la mayoría de nuestros ademanes, incluidos
los miserables o los insignificantes. Ah mi viejo amor, hablar
de estas cosas es abrir una mano que hasta ese momento
era un puño; la mano se abre y los pájaros cubren
el cielo y el horizonte; una pluma
cae muy cerca nuestro y con alguna tristeza vemos
que algo se aleja, algo que guardábamos
en la mano cerrada, un pájaro que vuela y cubre
el espacio. Ya no hay razones para crisparse. Se quiere quejar
la mano vacía, quiere oír
y solamente la soledad la arrastra y la conmueve.
Quería poner las cosas en su lugar; hay un espacio
para cada cosa, una palabra para cada temblor, una disculpa
desencadenando toda arbitrariedad: el temor
ha proferido; ha dado aliento a la traición, pábulo
a la maravilla: tristeza
y rencor por un sueño, un gesto cálido y perdido.

Querida mía: soy un hombre que te pierde.

Así, esta carta puede ser muy bien una despedida
o una invitación para que abras ese calor que he conocido
a tu lado; esa promesa; ese amago. Es hora de tomar
decisiones; es una hora sin seducción: estamos a punto de
viajar; será
una partida en la que –a lo mejor- uno se despide del otro;
un viaje
en el que nos despediremos de muchas cosas; empezaremos
de nuevo juntos o alejados: el mar, el cielo
bajo, la condescendencia, el horror y los pozos
del aire y otros peligros
del amor húmedo y sin aire que nos secunda; este horizonte
todavía sin vida, que sólo nos espera
para vivir; esta tormenta
de verano que –por suerte- terminará por perdernos.



La verdad es la única realidad

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos,
aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el ángelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad,
como
la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha
hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse,
a rescatar lo suyo, su
realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

Francisco Urondo.


Cárcel de Villa Devoto, abril de 1973.

sábado, 15 de septiembre de 2007

POESIA DISCORDANTE



El triunfo de la muerte

a Daniel Oesterreicher

mi amor murió y no en batalla
en helado lugar en argentina
sudada por la roña de tanta bala torcida
cuando abrían sus cuerpos los golpeados
y golpeaban sin vencer pateaban
contra el terror la vida
se volteaba
punzando las blancas espadas advirtiendo
la mosca en el hombro austero y asesino
mi amor se alzaba

cebada suerte loca entraña aguijón absurdo
me atan el pensar desamparan

en trelew, la maldita, en una carretera,
en alegre viaje, con viento y abedules,
entre amigos murió, sin ver la Parca.
la muy artera me ha ceñido la cintura
y doblegóme las fuerzas
es una burla atroz: no te hubieras reído

murga de sirenas y no hay batalla
en trelew

¿sin batalla, mi amor, contra el impacto?
¿hubo tu pierna tensa, un empujón, una ventana abierta,
las manos en la cara, un brusco girar,
hacia la banquina desierta? ¿un pestillo arrancado,
el viento en la nuca, una palabra a medias, el vigor
vencido, al filo del futuro? ¿un nudo blanco,
tenaz, contra el vacío? ¿la presión de tu cuerpo,
de golpe la vida entera, sobre el metal más frío,
una trampa, el fin idiota? ¿un miedo animal,
una última batalla, el miedo visceral, mi amor, mi dulce niño?

el tajo es grande y mi alma tan pequeña

(No sabe el mundo la bárbara mueca que le tumba el rostro)





(si venían...)

si venían a traer los panes
los panes eran buenos
y abríamos la boca leve de la fiebre


son dos manos desnudas, tan desnudas

En toda esa saciedad, urge una desgracia.
Deslizado en sábanas pulcrísimas piensa un infeliz.
En dulces nalgas piensa, sólo esa victoria.
De sus leales blancuras surgen animales sin suerte.
Arrancar un sueño para sí, esa violencia.
Atrapa un insecto. Muy cerca de sus ojos lo lastima.
Le quedan reflejos azules, pedazos de ala.

(A mano alzada,1986)


porque sobre glúteos blancos quién liquidaría
su pasado veraz
la breve aguja
vuelven del asceta y el amante
sensitivos

entonces en cuatro patas, a la hora del poniente, a azucarar
los brotes

°°°

refiérase despacio y tono tibio a poco fuera de la silla o taburete
con verbos delicados, que no falle, que se engañe,
que le pisen

(Vida interior de la discordia,1994)


el miedo y la resaca del miedo
engrosan el silencio

heme testigo de un cepo

°°°

ah si tuviera de su lado las órdenes y la miel
qué no valdría
pondría las palabras en hilera
de tres en seis
¡y que caiga la hojalata!
ésta por vegetal y aquélla por ramplona y ésta por danzar y ésa por sierva
así el mundo es vuelto a ser mundo hospitalario

(Bastardos del pensamiento,1997)
Laura Klein

miércoles, 20 de junio de 2007

VIERNES



VIERNES


“El deber del escritor, del poeta, no consiste en irse a encerrar cobardemente en un texto, un libro, una revista de donde nunca más saldrá, sino por el contrario, salir fuera para sacudir, para atacar al espíritu público, de lo contrario ¿para qué sirve? ¿Y por qué ha nacido?

Antonin Artaud.


“La poesía es violencia contra el uso cristalizado de la lengua”

Jacques Lacan.


Cada vez es más firme mi convicción de que ciertos sucesos nos abren a dimensiones insospechadas. La lógica previsible y cotidiana no es compacta: a veces tropezamos con una grieta, para alegría de nuestras fuerzas domesticadas.
Un corte de luz en una institución literaria encendió la chispa. Ante el desconcierto de los poetas, alguien propuso trasladarse a un café cercano, y realizar allí la lectura de poesía programada para ese viernes.
Desde la puerta, el Melody me resultó sospechoso. Las mesas vacías en un bar pequeño, la estética del nombre, en fin...
Después de algunos cabildeos, entramos. La camarera agrupó las mesas con desgano y los poetas se sentaron. Los mayores juntos, algún adolescente en el medio y en otra mesa, el grupo de mediana edad.
Las señoras elegantemente vestidas rodearon a la Poeta Mayor, quien luego de una breve presentación, comenzó su lectura. Desafortunadamente, eligió en primer lugar el prólogo de uno de sus libros, plagado de elogios. Este hecho dejó atónito al resto de los asistentes: ¿quién osaría admitir, ante tantas alabanzas, su aburrimiento?
La camarera iba y venía con los pedidos, apoyando sobre la mesa vasos y tazas con una delicadeza ausente. Alguien le sugirió la posibilidad de bajar la música, hasta entonces apenas un sonido entre las bocinas y el rumor de los autos en la calle.
Pero el sonido subió, revelándose como una auténtica FM con comentarios y publicidad intercalados. Fue entonces que la máquina de café entró en escena. Un ruido insoportable se incorporó al ambiente, y empezaron algunos cuchicheos.
A todo esto, la Poeta Mayor se deleitaba con su propia voz, en un mundo cerrado donde sólo ella estaba. De mala gana cedió su lugar a una chica que leyó, con voz entonada, unos poemas que parecían buenos, si no fuera porque apenas se escuchaban.
La provocación era inocultable. El sonido de la radio había subido dos tonos, y la máquina de café era prendida a intervalos regulares (cada minuto, aproximadamente).
Las caras se iban enrojeciendo. Entre el dueño del bar y la camarera las miradas eran cómplices.
Vino el turno de Javier. “A pesar del contexto irrespetuoso, voy a tratar de hacerme oír”- anticipó de entrada, y su voz se elevó sobre el ruido imperante como una bandera.
Sentí un placer inmenso. “El grito de Artaud” – pensé un segundo.
A partir de ese momento, los hechos se precipitaron. Desde la única mesa ocupada en el fondo se levantó una mujer y se dirigió hacia la puerta, intentando salir. La silla de Javier se lo impidió. El dueño del bar, desencajado y vulgar, se desgañitaba: “¡Señor, señor!”.
Pero la puerta no se abría.¿Sordera, contra-provocación?. Poco importaba. Javier seguía gritando su bello poema, y un aire de triunfo flotaba entre las mesas del Melody.
Recuperando la voz, los poetas se levantaron, desafiantes. Con una velocidad inusitada, se arrojaron sobre el dueño del bar, quien se defendía vociferando...
Algún cenicero voló, quizá una servilleta. Javier se levantó con una sonrisa, en medio de la confusión general.
Entre indignada y divertida, salí a la calle con los otros. Se había producido un acontecimiento. El orden público había sido quebrado, por fin. Llegué a pensar, parafraseando a Lacan, que la poesía también es violencia contra el uso cristalizado... de los bares.
Iluminando la escena, la luna se abría paso en el cielo de noviembre. Algunos de nosotros, Javier a la cabeza, enfilamos hacia una plaza cercana.
Uno a uno leímos los poemas, bajo los árboles de una noche hospitalaria.


Liliana Piñeiro.

jueves, 7 de junio de 2007

ARTAUD: VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD



Introducción

Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno. Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra. Es así como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmación -la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que presunta nobleza, de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado. Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad. Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban. Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad. No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III. Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación. Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh. Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados. En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción. Conozco uno que se rebeló, hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes crápulas y embaucadores patentados al que pertenecía. En lo que me a mí respecta, señor Artaud -me decía- no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba para fundamentar su acusación. No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., como prueba; lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo. Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo. A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien. Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho. En el curso de esas sacudidas orgánicas internas, ha adquirido usted cierta propensión que es testimonio encarnado de un estupro inmundo, que usted cultiva de año en año, cada vez más, porque socialmente hablando, no cae bajo la férula de la ley, pero cae bajo la férula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar. Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro estrangula con su innoble sexualidad. Y ése es, precisamente, el plano en el que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un serafín ni una virgen, porque son precisamente ellos los que han fomentado y alimentado en sus orígenes la gran máquina del pecado. Por otra parte, quizás pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos, el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de la locura que, por otra parte, sólo se origina en el pecado. Y conste que no creo en el pecado católico, pero creo en el crimen erótico del que justamente todos los genios de la tierra, los auténticos alienados de los asilos, se han abstenido, o, en caso contrario, es porque no eran (auténticamente) alienados. ¿Qué se entiende por auténtico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en un sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano. Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar. Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente. Así es como con motivo de la guerra, de una revolución, de un cataclismo social todavía en germen, la conciencia unánime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio. También puede suceder que se le haya incitado a salir de sí misma en ciertos casos individuales resonantes. Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge,y lo hubo en el caso de Van Gogh. Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche. Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes. Así es como las escasas y bien intencionadas voluntades lúcidas que ha tenido que debatirse en la tierra, se ven a sí mismas, en ciertas horas del día o de la noche, profundamente sumidas en auténticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succión, de la formidable opresión tentacular de una especie de magia cívica que no tardará en aparecer abiertamente en las costumbres. Confrontado con esa inmundicia unánime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros análogos ritos psíquicos, como base o puntal, no es índice de ningún delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce bujías para pintar un paisaje al natural;¿pues de qué otro modo habría podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blin. En lo que respecta a la mano asada, se trata de un heroísmo puro y simple; y en cuanto a la oreja cortada no se trata más que de lógica directa, e insisto: a un mundo que tanto de día como de noche, y cada vez más, come lo incomible para dirigir su maléfica voluntad al logro de sus fines, sobre este punto no le queda más remedio que enmudecer.


Post-scriptum


Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno u otra. ¿y dónde está, en este delirio, el lugar del yo humano? Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales. Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó. Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación. Así se produjo en su cuerpo esta sociedad absuelta consagrada santificada y poseída borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno, lo sumergió en una última oleada, y tomando su lugar, lo mató. Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir, ni pensar en vivir, sino como poseído.


El suicidado por la sociedad

Durante mucho tiempo me apasionó la pintura lineal pura hasta que descubrí a Van Gogh, quien pintaba, en lugar de líneas y formas, cosas de la naturaleza inerte como agitadas por convulsiones. E inerte. Como bajo el terrible embate de esa fuerza de inercia a la que todos se refieren con medias palabras, y que nunca ha sido tan oscura como desde que la totalidad de la tierra y de la vida presente se combinaron para esclarecerla. Ahora bien, con mazazos, realmente mazazos los que Van Gogh aplica sin cesar a todas las formas de la naturaleza y a los objetos. Cardados por el punzón de Van Gogh, los paisajes exhiben su carne hostil, el encono de sus entrañas reventadas, que no se sabe, por lo demás, qué fuerza insólita está metamorfoseando. Una exposición de cuadros de Van Gogh es siempre una fecha culminante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la misma historia histórica. Pues no hay hambre, epidemia, erupción volcánica, terremoto, guerra, que aparten las mónadas del aire, que retuerzan el pescuezo a la cara torva de fama fatum, el destino neurótico de las cosas, como una pintura de Van Gogh, -expuesta a la luz del día,colocada directamente ante la vista, el oído, el tacto, el aroma, en los muros de una exposición-, lanzada por fin como nueva a la actualidad cotidiana, puesta otra vez en circulación. En la última exposición en el Palacio de l'Orangerie no se exhibieron todas las telas de gran formato del desventurado pintor. Pero había, entre las que estaban, suficientes desfiles giratorios tachonados con penachos de plantas de carmín, caminos desiertos coronados por un tejo, soles violáceos que giraban sobre parvas de trigo de oro puro, y también el "Tío Tranquilo", y retratos de Van Gogh por Van Gogh, para recordar de que mísera simplicidad de objetos, personas, materiales, elementos, Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación. Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá. No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo. ¿Y de qué se queja la tierra aquí, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos sólo, sin duda, para Van Gogh y, además, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle? Pues hasta entonces nadie como él había convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino. En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, violáceo como los márgenes del rayo. La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago. A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto. Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio. Cuadro soberbio, suntuoso y sereno. Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado. Por eso el tono de la última tela pintada por Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un propósito deliberado. La candela encendida, sobre el sillón de paja verde, pareciera indicar la línea de demarcación luminosa que separa las dos individualidades antagónicas de Van Gogh y Gauguin. El motivo estético de su disputa, podría no ofrecer interés si se lo relatara, pero serviría para señalar una fundamental escisión humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin. Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito. Mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso, carajo que estaba en lo cierto. Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad. No se necesita más que el genio de saber interpretarla. Lo que ningún pintor, antes que el pobre Van Gogh, había hecho, lo que ningún pintor volverá a hacer después de él, pues yo creo que esta vez, hoy mismo, ahora, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la realidad misma, la realidad mística misma, la que está en vías de incorporarse. Así nadie, después de Van Gogh, ha sabido sacudir el gran címbalo, el timbre suprahumano según el orden rechazado que hace sonar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a aguzar suficientemente el oído para advertir la hinchazón de su macareo. De ese modo resuena la luz de la candela, la luz de la candela como la respiración de un cuerpo amante frente al cuerpo de un enfermo dormido. Resuena como una crítica extraña, un juicio profundo y sorprendente, del cual es probable que Van Gogh pueda permitirnos presumir el fallo más tarde, mucho más tarde, el día en que la luz violeta del sillón de paja haya logrado sumergir totalmente el cuadro. Y no se pude dejar de advertir esa cortadura de luz lila que muerde los travesaños del gran sillón torvo, del viejo sillón esparrancado de paja verde, aunque no se la descubra a la primer mirada. Pues el foco está como ubicado en otra parte, y su fuente es extrañamente oscura, como secreto del cual sólo Van Gogh habría conservado la llave. No necesito interrogar a la Gran Plañidera para que me diga de qué supremas obras maestras se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 años, pues no puedo resolverme, después de "Los cuervos", a creer que Van Gogh hubiera pintado un cuadro más. Creo que murió a los 37 años porque había, ay, llegado al término de su fúnebre y lamentable historia de agarrotado por un espíritu maléfico. Pues no fue por sí mismo, por efecto de su propia locura, que Van Gogh abandonó la vida. Fue por la presión, dos días antes de su muerte, de ese espíritu maléfico que se llamaba doctor Gachet, improvisado psiquiatra, causa directa, eficaz y suficiente de esa muerte. Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano he llegado a la firme y sincera convicción de que el doctor Gachet, "psiquiatra", detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio. Es casi imposible ser a la vez médico y hombre honrado, pero es vergonzosamente imposible ser psiquiatra sin estar al mismo tiempo marcado a fuego por la más indiscutible insanía: la de no poder luchar contra ese viejo reflejo atávico de la turba que convierte a cualquier hombre de ciencia aprisionado en la turba, en una especie de enemigo nato e innato de todo genio. La medicina ha nacido del mal, si no ha nacido de la enfermedad, y si, por el contrario, ha provocado y creado por completo la enfermedad para darse una razón de ser; pero la psiquiatría ha nacido de la turba plebeya de los seres que han querido conservar el mal de la fuente de la enfermedad, y que han arrancado así de su propia nada una especie de guardia suizo para liquidar en su base el impulso de rebelión reivindicatoria que está en el origen de todo genio. En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida. El doctor Gachet no le decía a Van Gogh que estaba allí para rectificar su pintura (como le oí decir al doctor Gastón Ferdière, médico-jefe del asilo de Rodez, que estaba allí para rectificar mi poesía), pero lo enviaba a pintar al natural, a sepultarse en un paisaje para evitarle la tortura de pensar. Ahora bien, tan pronto como Van Gogh volvía la cabeza, el doctor Gachet le cerraba el conmutador del pensamiento. Como sin querer la cosa, pero mediante uno de esos despectivos e insignificantes fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgués de la tierra ha inscripto la antigua fuerza mágica de un pensamiento cien veces reprimido. Al hacer esto no solamente el doctor Gachet impedía los daños del problema, sino la siembre azufrada, el tormento del punzón que gira en la garganta del único paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh suspendido sobre el abismo del aliento, pintaba. Pues Van Gogh era una sensibilidad terrible. Para convencerse no hay más que echar una mirada a su rostro siempre como jadeante, y, desde cierto ángulo, también hechizante, de carnicero. Como el del antiguo carnicero tranquilizado, y ahora retirado de los negocios, ese rostro en sombras me persigue. Van Gogh se representó a sí mismo en gran número de telas, y por bien iluminadas que estuvieran siempre tuve la penosa impresión de que les habían hecho mentir acerca de la luz, que habían quitado a Van Gogh una luz indispensable para cavar y trazar su camino dentro de sí. Y ese camino, no era sin duda el doctor Gachet el capacitado para indicárselo. Pero como ya dije, en todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo. Y no ignoro que el doctor Gachet ha dejado en la historia, con relación a Van Gogh, que él atendía, y que terminó por suicidarse en su casa, la impresión de haber sido su último amigo en la tierra, algo así como un consolador providencial. Sin embargo creo más que nunca que es el doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el día que se suicidó en Auvers-sur-Oise, debe, repito, el haber dejado la vida, pues Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de lucidez superior, que les permite, en cualquier circunstancia, ver más allá, infinita y peligrosamente más allá de lo real inmediato y aparente de los hechos. Quiero decir, más allá de la conciencia que la conciencia ordinariamente conserva de los hechos. En el fondo de sus ojos, como depilados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin descanso a una de esas operaciones de alquimia sombría que toman a la naturaleza por objeto y al cuerpo humano por marmita o crisol. Y sé que según el doctor Gachet esas cosas a Van Gogh lo fatigaban. Lo que no era en el doctor el resultado de una simple preocupación médica, sino la manifestación de celos tan conscientes como inconfesados. Porque Van Gogh había alcanzado ese estado de iluminación en el cual el pensamiento en desorden refluye ante las descargas invasoras de la materia, en el cual el pensar ya no es consumirse, y ni siquiera es, y en el cual no queda más que reunir cuerpos, mejor dicho ACUMULAR CUERPOS. No es el mundo de lo astral sino el de la creación directa el que se recupera de ese modo, más allá de la conciencia y del cerebro. Y jamás vi que un cuerpo sin cerebro se fatigara por paneles inertes. Paneles de lo inerte son esos puentes, esos girasoles, esos tejos, esas recolecciones de olivas, esas siegas de heno. Ya no se mueven. Están congelados. Pero quién podría soñarlos más duros bajo el tajo seco que pone al descubierto su impenetrable estremecimiento. No, doctor Gachet, un panel nunca ha fatigado a nadie. Son energías frenéticas en reposo, que no determinan agitación. Yo estoy como el pobre Van Gogh; también he dejado de pensar, pero dirijo, cada día de más cerca, formidables ebulliciones internas, y sería digno de verse que un médico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigo. Alguien debía a Van Gogh cierta suma de dinero, y a propósito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hacía mala sangre desde varios días atrás. Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad maléfica, consciente, inteligente y concertada. Cosa que los psiquiatras no creen jamás. Cosa que los genios creen siempre. Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene interés en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud. También Van Gogh creía estar embrujado y lo decía. En lo que a mí respecta creo firmemente que lo estuvo, y un día diré dónde y cómo sucedió. El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra encontrarían su libertad. Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. "Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas". "Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas". "Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida". "Pero no, señor Van Gogh, vamos, convénzase usted, todo es pura casualidad; y además no está bien querer examinar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor Fulano de Tal, es una excelente persona; su espíritu de persecución lo lleva a usted a creer que él practica la magia en secreto". "Le han prometido pagarle esa suma y se la pagarán. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad". Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse. Sobrevienen días en que el corazón siente tan terriblemente la falta de salida, que lo sorprende, como un mazazo en la cabeza, la idea de que ya no podrá ir adelante. Pues fue precisamente después de una conversación con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada pasara, entró en su cuarto y se suicidó. Yo mismo he estado 9 años en un asilo de alienados y nunca tuve la obsesión del suicidio, pero sé que cada conversación con un psiquiatra, por la mañana a la hora de la visita, me hacía surgir el deseo de ahorcarme, al comprender que no podría degollarlo. Y Théo era quizás muy bueno para su hermano, desde el punto de vista material, pero eso no le impedía considerarlo un delirante, un iluminado, un alucinado, y se obstinaba, en lugar de acompañarlo en su delirio, en calmarlo. Que después haya muerto de pesar, no cambia en nada la cosa. Lo que a Van Gogh le importaba más en el mundo era su idea de pintor, su terrible idea fanática, apocalíptica de iluminado. El mundo debía someterse al mandato de su propia matriz, retomar su ritmo comprimido, antipsíquico de festival secreto en lugar público y, delante de todos, volver a ser puesto en el crisol sobrecalentado. Eso quiere decir que el Apocalipsis, la consumación de un Apocalipsis se incuba en este momento en las telas del viejo Van Gogh martirizado, y que la tierra tiene necesidad de él para lanzar coces con pies y cabeza. No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno. Y para salir del infierno prefiero las naturalezas de ese convulsionario tranquilo, a las hormigueantes composiciones de Breughel el viejo o de Jerónimo Bosch que frente a él no son más que artistas, allí donde Van Gogh no es sino un pobre ignorante empeñado en no engañarse. Pero cómo hacer comprender a un sabio que hay algo definitivamente desordenado en el cálculo diferencial, la teoría de los quanta o las obscenas y tan torpemente litúrgicas ordalías de la precisión de los equinoccios, frente a ese edredón de un rosa de camarones que Van Gogh hace espumar tan suavemente en el lugar elegido de su cama, frente a la pequeña insurrección de un verde Veronés o de un azul que empapa esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-sur-Oise se incorpora después del trabajo, frente también a ese sol atornillado detrás del ángulo gris del campanario del pueblo, en punta, allá en el fondo de esa enorme masa de tierra que, en el primer plano de la música, busca la ola donde congelarse.

O VIO PROFE,

O VIO PROTO,

O VIO LOTO,

O THETÉ.

¡Para qué describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripción intentada por quienquiera que sea podrá equipararse a la simple alineación de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a propósito de la obra que describe la impresión de la más desconcertante autenticidad.
Antonin Artaud

martes, 1 de mayo de 2007

VARIACIONES KAFKIANAS


VARIACIÓN KAFKIANA





Buenos Aires, un día de Invierno del Siglo XXI


Mi estimada Señorita Gregoria:
Ud. me conoce, nos hemos cruzado a veces en los ascensores. Yo la recuerdo perfectamente porque Ud. me ha provocado una especial simpatía. Y es en virtud de este sentimiento que me atrevo a escribirle.
En principio, debo decirle que su nombre me provoca una vaga inquietud. Creo haberlo escuchado antes, posiblemente asociado a alguna experiencia de transformación...Pero como mi memoria es más bien escasa, he decidido no dedicarle a esta impresión más tiempo que el necesario.
Soy una persona franca. En los tiempos que corren, la sinceridad puede considerarse una virtud, aunque llevada a sus extremos algunos la ven como un defecto. En mi caso, va acompañada por un impulso piadoso, producto quizá de una educación religiosa ya lejana (no soy muy joven, como podrá apreciar) .
Debo confesarle que le he escrito algunas pequeñas misivas anteriormente, con el objeto de advertirle...Su tono ha sido más bien poético, tomando en cuenta a Rilke, para quien la belleza nos permitiría soportar cierto grado de lo terrible...Parafraseando a una de nuestras mejores poetas místicas, podríamos decir que la poesía sería el andamio de la Verdad.
Pero no quiero aburrirla con mis disquisiciones. El motivo de esta carta es decirle, directa y francamente, que Ud. está mutando. Es un fenómeno que he observado varias veces en mi vida, y ésta parece ser una más.
Tomé la decisión de decírselo porque, como ha sucedido en otras ocasiones, los mutantes son incapaces de ver los cambios que se van produciendo en su propio cuerpo, mientras que sus allegados disimulan frecuentemente sus impresiones, con el objeto de no provocarles pánico o fastidio, ambas reacciones totalmente justificadas en este tipo de casos. (Seguramente conoce Ud. aquella fábula del Rey desnudo al que los súbditos alababan sus vestidos...).
A continuación, paso a detallarle los signos que he registrado hasta el momento, como claros indicadores de su mutación.
Cierta mañana de mayo, he advertido algo que otros calificarían (eufemísticamente, claro) de “ojos hinchados”, propios del despertar reciente. Sin embargo, yo advierto que sus globos oculares pugnan por avanzar sobre la cara, elevándose interiormente, y produciendo un efecto de promontorio debajo del párpado inferior. Es obvio que su crecimiento va avanzando bajo la piel.
Asimismo, hace aproximadamente unos quince días, ha cambiado Ud. su peinado. Posiblemente tenga un peluquero piadoso, decidido a disimular tras un nuevo look esa especie de antenas con las que Ud. se orienta en la calle tan bien, últimamente. Le puedo asegurar que ha hecho milagros: su cabello luce prolijo como siempre. Nada se eleva sobre él, afeando su contorno...
Más o menos desde esa fecha, he notado el uso frecuente que Ud. hace de ciertos abrigos largos (algunos llegan incluso más allá de la rodilla) que la gente suele llamar “tapados”. Sería demasiado fácil pensar que esto se debe a las bajas temperaturas. Pero a mí no me engaña: Ud.“tapa”con ellos la caparazón algo rígida que va cubriendo su cuerpo. Al bajar del ascensor, cierto crujido debajo del mismo, la delató.
Sé también, por experiencia, la utilidad de dicha prenda para ocultar las alas incipientes...Y su caso, seguramente, no es la excepción. ¿Por qué habría Ud. de darle otro uso sino éste?
Cabe señalar aquí que sus movimientos también fueron objeto de mi atención. Camina Ud. ligeramente más rápido que lo habitual...Ayer mismo, al salir del edificio, casi se lleva por delante al encargado, quien disimuló su terror al ver una cara cada vez más alejada de lo humano...
¿Tan apurada estaba? No, en absoluto. Estoy plenamente convencida de que esa brusquedad para deslizarse es propio de ciertas patas...Sobre todo cuando los ejemplares son jóvenes y carecen de entrenamiento.
Y, finalmente, como una prueba irrefutable de su cambio, está la reacción de Washington. ¿No ha notado Ud. que la huele con extrañeza y que su ladrido, al verla aparecer, es diferente a otros ladridos?. Los animales suelen ser particularmente sensibles a las mutaciones, y generalmente reaccionan con desesperación. Así es que Washington se agita y ladra descontroladamente. Yo he intentado calmarlo con la potencia de mis gritos y un golpe (no demasiado cariñoso, debo admitirlo) sobre su hocico, tras lo cual W emite una especie de quejido, confuso y melancólico.
Hasta aquí mi registro, el cual, por supuesto, no pretende ser exhaustivo. Lamentaría mucho que Ud. desechase esta carta sin prestarle la suficiente atención. Lejos de mí está el provocarle algún temor...Yo cumplo con mi deber de buena vecina, es decir, ser absolutamente sincera para con una compañera de condominio que está experimentando tal cambio en su naturaleza.
La vida me ha enseñado que es un signo de madurez asumir nuestra identidad. Ud. sabe: las mínimas diferencias en la cadena evolutiva suelen dar como resultado grandes transformaciones, las cuales se manifiestan a lo largo de varias centurias (algunos llaman a este fenómeno “efecto mariposa”, pero yo preferiría esperar la denominación científica adecuada). Debo decirle que he hablado con varios profesionales sobre este tema y, aunque ellos discrepan ligeramente con algunas conclusiones a las que arribo (tengo entendido que contradecir a los pacientes forma parte del tratamiento) estimo que, secretamente, me admiran... Hay que tener una mente abierta para poder captar estas sutilezas.
Seguiré observándola (disimuladamente, claro, para no incomodarla), y puede Ud. estar segura de que todo indicio que descubra lo registraré con minuciosidad (como es mi costumbre) para luego comunicárselo a la mayor brevedad posible. Estaré así cumpliendo con una misión sagrada: develar el misterio de las mutaciones que, año tras año, se producen a nuestro alrededor, dando origen a nuevas especies en los siglos venideros.

Siempre suya

Una Vecina fiel a la Verdad.



Liliana Piñeiro

lunes, 12 de marzo de 2007

PAUL CELAN: POESÍA DE MUERTE


Herido por la muerte y apenas cicatrizado, el siglo veinte nos ha dado el poeta de su tragedia. ¿Era imposible la poesía después de Auschwitz? Paul Celan desmiente a Theodor Adorno en el idioma de los asesinos. En un único movimiento, el poeta soporta un "cuerpo a cuerpo" con la lengua alemana y la redime, posibilitando "que la escritura poética advenga, es decir, sea un acontecimiento que la marque" (Derrida). Nombra y hace silencio, en medio de la "hierba, escrita separadamente".
En "Fuga de muerte" voces en contrapunto dan cuenta de la crueldad del verdugo y la degradación de sus semejantes. Entre el poder del Uno y el plural de sus víctimas estalla la muerte. El cabello de sus mujeres es metáfora de tragedia. Con música de violines la masacre es refinada: la mayor espiritualidad acompaña la mayor atrocidad.
"Negra leche del amanecer te bebemos por la noche / te bebemos al mediodía y de mañana te bebemos por la tarde / te bebemos y bebemos / un hombre vive en la casa tu dorada cabellera Margarita / tu cabellera cenicienta Sulamita él juega con serpientes / Grita tocad más dulcemente a la muerte la muerte es un maestro de Alemania /Grita tocad más gravemente los violines luego ascenderéis como humo en el aire / luego tendréis una fosa en las nubes allí no hay estrechez "
A partir de este poema, el poeta se da a sí mismo un nombre. Firma como testigo de una generación espantada, que guarda en su retina los cadáveres apilados frente a los hornos, el humo de un fuego innombrable.
Celan conocía ocho idiomas y tradujo a grandes poetas, entre ellos a Ossip Mandelstam, cuyo poema "El Siglo" recorre dolorosamente la medida de su época. ¿Es en el entrecruzamiento de lenguas donde pudo apreciar el peso de cada palabra, rescatar su condición paradojal? "El tránsito a través de contradicciones, y ya no más a través de imágenes por entero encadenadas, es una manera de movilidad particular de su poesía" (Beda Allemann)
"Habla / No separes el No del Sí/ Dale a tu palabra también el sentido: /dale las sombras."
A medida que avanza la obscuridad, se oye la respiración. Enigma que aparece y desaparece, agonía de palabras y resurrección. Cada poema es una muerte de la cifra con la que pretendemos aprehenderlo y una invitación a reinterpretarlo. "Crear una obra es dar un nuevo cuerpo a la lengua" (Derrida)
"Estar, a la sombra de la cicatriz en el aire / Por-nada-y-por-nadie-estar / Irreconocido por ti solo /Con todo lo que dentro tiene espacio / también sin habla."
Desde su enmudecimiento, el poeta nos convoca a "habitar en el habla". "Dice lo sagrado en la época de la noche del mundo" (Heidegger). Celan construye su poesía con los restos, las cenizas de los hornos crematorios y les da otra vida en la escritura. Así, puede decirse que los muertos de Auschwitz laten en cada palabra. Nos respiran en la cara.


Liliana Piñeiro